Historiador
Aberri eta Amerri eguna

Gracias, sobremanera, a madres, hermanas e hijas que levantaron un país dominado por hombres.

12/04/2020

Desde que en 1932 comenzó la celebración del día patrio, el Aberri Eguna ha conocido todo tipo de vicisitudes. Prohibido durante algún año de la Segunda República, perseguido durante el franquismo, apaleado durante la Transición, su celebración responde a esa necesidad humana de manifestar los nexos de unión entre una comunidad y su espacio, como escribió la reciente nobel Olga Tokarczuk sobre Antaño, «ese lugar ubicado en el centro del universo».

En esta ocasión, sin embargo, no son imponderables políticos los que enlatan la fiesta, como las porras de los maderos, las balas de los guardias civiles o las referencias a Brassens («en la fiesta nacional yo me quedo en la cama igual») de quienes dicen no ser nacionalistas porque su patria es de mayor tamaño. Pez grande, pez chico. En esta ocasión, un virus ha hecho estragos en la comunicación comunitaria y nos ha relegado a la retaguardia. Nos sentimos, pero apenas nos vemos.

Sabemos, sin embargo, que estamos acotados en un territorio entre el Atturri y el Ebro, asidos a una tierra colmada en algunos rincones, árida en otros. En Irati y en la Bardena. Que se arroga indolente frente al Cantábrico, con sus incursiones en Ogoño, en Matxitxako. Una tierra agujereada, en Gallarta, en Arditurri, esquilmada en Santurtzi o en Laudio. Ensalzada hacia el firmamento en el Txamantxoia, Gorbea o Larrun. Forjada de sílex y de acero, de uva, manzana y cebada.

Uno no elige donde nace, pero nacimos o llegamos a este rincón plagado de sonidos lejanos y cercanos y cobijamos entre sus recodos a los nuestros. Construimos una comunidad de la que absorbimos sus mitos, sus leyendas, sus crónicas, sus héroes y también sus verdugos. Ni más ni menos que otras vecinas. Me viene al sentimiento aquella letra que entonaba Pablo Milanés: «No es perfecta, mas se acerca a lo que yo simplemente soñé».

Y en esta tierra de Antaño, los sueños tienen tanta fuerza que han servido para mover muchas voluntades y generar tantos compromisos que su mención me eriza la piel. Jóvenes y no tan jóvenes como esa generación del 58 que bautizó Alfonso Etxegarai, versó Eustakio Mendizabal y noveló Txillardegi. Esa otra que afligió a Lauaxeta, que terminó a Julián Zugazagoitia, que mandó al exilio a Polixene Trabudua.

Benito Lertxundi cantaba hace dos o tres generaciones aquello de «Bizitzaren gauzak ederrenak dizkugute zapaldu» (nos han pisoteado los aspectos más hermosos de la vida). Aunque cierto, la pretensión no ha salido airosa en ese nuestro también Antaño. A pesar de las calamidades. Algunas, de una magnitud imposible de descifrar. Como las pestes que nos diezmaron en tres ocasiones, hasta dejarnos exhaustos, muertos a los muertos, moribundos a los vivos.

Como la del cólera que endulzó García Márquez en una de las más bellas historias de amor jamás contada, pero que, en nuestra vieja Gasteiz, como en el presente, rompió corazones, amargó familias y sentenció el futuro durante décadas. Como la del vómito negro que se llevó por delante centenares de jóvenes enviados a Cuba a defender el honor de una monarquía pestilente.

Como la de aquellas donostiarras vejadas y violadas por las tropas «salvadoras» del duque de Wellington que sobrevivieron para aspirar su último aliento, agostadas por una pandemia de tifus. Como aquellos niños, sin más conciencia de su entorno que la cercanía de los pasillos, cortinas y sábanas del sanatorio de Gorliz, que nos dejaron sin aliento, con las mejillas saturadas de humedad, desde sus ataúdes blanquecinos pintados con las trazas malditas de la tuberculosis.

Nicolasa Aguirrezabala, que secuestraron de su Mutriku natal, para llevarla lejos, hasta Zaragoza, donde la juzgaron hace poco más de 80 años, para dar escarmiento. Y la condenaron frente a un pelotón de ocho soldados de los que cinco dispararon a la pared. Pero las balas de tres de ellos sirvieron para mandarla al olvido. Su confesor nos dejó su testimonio. Un testimonio que ahonda en el desasosiego: «¡Qué lejos me han traído para matarme! ¡Ay ama, qué lejos estás!».

En los desgraciados años primerizos del levantisco siglo XX, miles de jóvenes de nuestro país continental fueron lanzados al matadero, como animales para el consumo. Dicen que fallecieron más de 6.000, una tercera parte de nuestra juventud. Jean-Baptiste Haissaguerre fue uno de ellos. En su epitafio, Mort pour la France. Sus madres, sus hermanas sobrevivieron la tierra, nuestra tierra.

Más lejos en el tiempo, cerca de los fríos polares, hace ya tanto tiempo que la memoria se difumina entre la niebla de Laga y de Laida, toda una generación de arrantzales pereció entre los hielos de Terranova. Fue una catástrofe que sumió a nuestra costa cantábrica en una larga noche, donde la negritud del horizonte apenas tenía prisa por dar paso a la claridad.

Me enlutan acontecimientos terribles. Los ecos de aquellos miles de defensores de la independencia navarra enterrados en las faldas de Erreniega, los centenares de niños y mujeres deportados por los revolucionarios franceses, desde Sara, Azkaine. Los judíos de Biarritz, los resistentes de Hendaia convertidos en polvo en los campos de exterminio de Dachau o Auschwitz.

Los apaleados, fusilados en las huelgas de aquel final de siglo que había conocido dos guerras dinásticas. En La Arboleda, en Triano, en la Orconera. En esos jóvenes que perdieron la vida cuando ejercían el servicio militar en guerra coloniales, en Siria, Indochina, Argelia, Corea… y también en el Rif.

Tiempos despiadados. Pero nuestra condición humana siempre guarda la esperanza. Xalbador eta Ihidoi cantaban: «Baina hala ere hemen girade, arbasok utzitako lurarren artatzaile sutsu eta leialak» (aquí seguimos, guardianes apasionados y leales de la tierra que nos dejaron nuestros ancestros). En esas estamos. Gracias, sobremanera, a madres, hermanas e hijas que levantaron un país dominado por hombres. Por eso, en esa deuda infinita, el Aberri Eguna nos conmueve. El Amerri Eguna, en femenino, nos estremece.

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