Nora Vázquez
Jurista y sanitaria

«Adi(bidez)»

Mira la fila que da la vuelta a la manzana en esa calle arbolada. Es sábado por la mañana. Hay unas cuarenta personas, la mayoría rondando los treinta y pocos. Llevan abrigos de buen corte, bufandas gruesas, zapatillas impecables, bolsos de firma y en la mano un café humeante de estilo americano. Charlan en voz baja, miran sus teléfonos, sonríen a medias. Si pasas rápido, si solo miras por encima del hombro mientras caminas hacia cualquier recado, parece la cola para comprar la entrada del último festival, o quizá la inauguración de una panadería artesanal de esas que venden hogazas de masa madre a precio de oro. El arquetipo irrefutable de una ciudad viva, efervescente, llena de profesionales dinámicos que consumen y disfrutan de la mañana del fin de semana.

Observa bien. Presta atención a lo que ocurre en esa acera. 

Nadie está esperando para comprar cruasanes. Es la jornada de puertas abiertas de un piso de alquiler de 55 metros cuadrados, interior, sin ascensor. Fíjate en las manos de la chica del abrigo de paño: aprieta una carpeta de plástico azul hasta que los nudillos se le ponen blancos. Dentro lleva sus tres últimas nóminas, la declaración de la renta, un aval bancario, la fotocopia del carnet de identidad de sus padres jubilados y una carta de presentación redactada en un tono tan humillante que anoche lloró de rabia al escribirla. Fíjate en el chico de las zapatillas caras: está repasando mentalmente qué gastos básicos puede recortar el próximo mes si le exigen pagar un año por adelantado. No son una muestra de modernidad. Son los participantes de una subasta silenciosa y desesperada. 

A los seres humanos nos encantan los ejemplos porque son profundamente tranquilizadores. Obsesionados con encontrar la anécdota que valide nuestras teorías sobre el mundo, sobre la economía, sobre los demás. Un ejemplo es una pastilla que nos tragamos sin masticar para no tener que digerir la realidad, que suele ser una comida pesada, indigesta y llena de espinas. 

He llegado a la conclusión de que cuando alguien en una tribuna política, en un consejo de administración o en la mesa de un bar de copas dice «pongamos un ejemplo», casi siempre está a punto de cometer un crimen de guante blanco. Porque el ejemplo coge a una persona de carne, hueso y terror, le arranca todo lo que la hace humana y la convierte en una simple viñeta. 

Convierte a la mujer de la carpeta azul en un «caso práctico de la alta demanda inmobiliaria». Convierte al anciano que hace cola en el ambulatorio a las seis de la mañana en un «síntoma del colapso sanitario». Convierte a la madre que hace malabares con dos trabajos precarios y no duerme en un «modelo de resiliencia». Qué forma tan sofisticada de apartar la mirada. Qué manera tan pulcra de lavarse las manos. 

El problema de vivir escudriñando el entorno para encontrar el ejemplo perfecto es que la atención se nos va al foco equivocado. Nos quedamos en la utilidad de la escena, en el contorno de la figura, y nos perdemos por completo la catástrofe que ocurre en el centro del encuadre. El ejemplo es estático, es una mariposa clavada con un alfiler en un corcho. La atención, en cambio, es un acto de movimiento. Es soltar el alfiler y ver a la mariposa debatirse. 

Porque mientras catalogamos meticulosamente el desastre, nos eximimos de combatirlo. Si la precariedad es solo una ilustración teórica en un debate, nadie tiene que bajar a mancharse las manos. Hemos convertido nuestras ciudades en inmensos laboratorios forenses: somos brillantes diagnosticando la velocidad a la que arde la viga, pero absolutamente inútiles para sofocar el incendio. Y es justo en esa grieta al arrancar la aséptica etiqueta del «caso de estudio», donde se abre la única vía transitable para la reacción. El camino no se traza asintiendo dócilmente frente a una estadística, sino permitiendo que la crudeza nos atropelle hasta despertar el instinto de autodefensa. Hay que abandonar la comodidad de la grada, dejar de tomar apuntes y empezar, de una vez por todas, a apretar las manos y tener los pies bien preparados. 

Solía creer que entender lo que nos rodea era una cuestión de acumular datos, de tener la ilustración adecuada para cada argumento. Pero el mundo solo se comprende cuando dejas de intentar clasificarlo. La atención es una disciplina severa y agotadora. Te exige mirar la cola del alquiler y no ver un fenómeno macroeconómico, sino el pánico sordo de una generación a la que le han robado el suelo que pisa. Te exige mirar a la que atiende de forma mecánica y no pensar «es una muestra de la alienación laboral», sino preguntarte qué fantasmas comunes le muerden la nuca cuando llega a su portal. Te exige observar al hombre de sesenta y tantos con un traje cruzado, un traje de buen corte, pero comprado en 2008, que apura un café solo en la barra de una cafetería de especialidad que acaba de abrir en su calle. Fíjate en cómo le tiembla ligeramente el pulso al sostener la taza, en cómo intenta alargar una conversación intrascendente con el camarero porque esa es, con toda probabilidad, la única voz humana que va a escuchar en todo el martes. 

La atención es peligrosa. Por eso la evitamos metódicamente. Si solo vemos ejemplos, podemos seguir caminando tranquilos hacia la boca del metro. Si prestamos atención, corremos el riesgo de tener que hacer algo al respecto. Aunque solo sea sentir una punzada de pura y llana compasión. Y nadie quiere ir por la calle con el estómago encogido. 

Esa es la trampa del lenguaje y de la costumbre. Miramos mucho, pero atendemos muy poco. Nos pasamos el tiempo buscando el molde perfecto donde encajar nuestras ideas, sin darnos cuenta de que la vida es aquello que desborda el molde por todos lados, manchando la mesa, ensuciando las estadísticas, bidez bide... 

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