¿Alfombra roja ante el fascismo? Rotundamente no
Al igual que ha ocurrido con la movilización social ante el genocidio que el Reich Sionista está perpetrando contra el pueblo palestino, si algo han demostrado las protestas de la juventud vasca ante los ataques neofascistas contra la democracia y nuestro pueblo realizados en Gasteiz e Iruña es que la sociedad vasca está −también en este tema− a años luz de sus instituciones y representantes públicos.
Mientras la Ertzaintza dirigida por Bingen Zupiria y la Policía Nacional del torturador intelectual Marlaska escoltan y protegen a las hordas fascistas y las Delegaciones del Gobierno del PSOE permiten que organizaciones fascistas monten sus incursiones y numeritos con total impunidad, miles de ciudadanos huérfanos de la protección del estado se ven obligados a hacer frente a la bestia fascista con sus propios y escasos medios jugándose su propia integridad física, detenciones y multas bajo la ley mordaza (esa que el PSOE prometió eliminar).
Fascistas protegidos por los cuerpos policiales, la ciudadanía abandonada a su suerte y los y las activistas antifascistas represaliados por esos mismos cuerpos de policía. Una anomalía democrática que para colmo nuestros gobernantes justifican con impresentables discursos criminalizadores con un único objetivo: ocultar la incapacidad y falta de voluntad de las instituciones para combatir a las organizaciones fascistas que llevan campando a su aire a lo largo y ancho de la geografía española cuando no recibiendo subvenciones y parabienes públicos desde hace 50 años.
Así, el consejero de Seguridad del Gobierno Vasco Bingen Zupiria, haciendo gala de un peligroso y malintencionado sarcasmo se ha despachado a gusto afirmando en referencia a la razzia falangista que «no hay que preocuparse por una manifestación convocada por una fuerza política que lo justo alcanza los 5.000 votos». Obviando no solo que en apenas ocho años la ultraderecha española ha pasado de no obtener un solo diputado en las elecciones generales de 2015 a ocupar 33 escaños en el congreso, que en la propia comunidad autónoma de la cual el señor Zupiria es Consejero de Seguridad viven 30.469 fascistas que votaron a Vox en las elecciones generales de 2023, (un buen puñado de ellos además agusanando la Ertzaintza que él dirige sin que al parecer le preocupe ni un poco) sino también −y esto es mucho peor− que en 1936 la Falange también era un partido residual (de hecho no obtuvo ni un solo diputado en las elecciones a cortes generales), lo cual no fue impedimento alguno para que apenas unos meses después los falangistas llenasen las cunetas con miles y miles de cadáveres de civiles inocentes. Hay que ser muy irresponsable e insensato para restar importancia al auge actual del fascismo con argumentos así de simplistas, con el único fin de intentar, por un lado, ocultar la a todas luces tremenda chapuza policial de la Ertzaintza en Gasteiz y de paso dar borra mediática a su rival político. Definitivamente, a alguien en el PNV se le ha ido la olla para considerar que jugar con el fuego fascista es una buena idea.
En otro tono, EH Bildu en una posición incómoda debido a que el PSOE, su socio en Madrid, Nafarroa e Iruña es también responsable directo del desaguisado, ¿O es que las señoras Marisol Garmendia y Alicia Echeverria, Delegadas del Gobierno de Madrid en Euskadi y Navarra no podían haber hecho más (o mejor dicho, haber hecho algo) para evitar las incursiones fascistas en Gasteiz e Iruña? Y el hecho de que una buena parte de esa juventud antifascista que valientemente ha puesto pie en pared contra el fascismo forme parte de su base social y electoral ha optado por dirigirse a la ciudadanía de la mano del señor Asiron, alcalde de Iruñea con un discurso llamando a «la convivencia» y «a no caer en provocaciones». Un discurso responsable – lo cual es de agradecer tratándose de un cargo público−, pero excesivamente buenista y creo que contraproducente en el combate ideológico contra el fascismo.
¿Convivencia con quién, con aquellos que otra vez volverían a llenar las cunetas de cadáveres, comenzando gustosamente por el del propio alcalde abertzale de Iruñea? ¿No caer en provocaciones? ¿Y qué hacemos, quedarnos en el sofá viendo series en la tele mientras las hordas fascistas campan a sus anchas por nuestras ciudades, prendiendo fuego a sedes políticas, sociales y culturales y apaleando «rojos de mierda, putos vascos, feminazis, moros y maricones» ante la inacción cuando no complicidad de los cuerpos policiales de todos los colores?
Quizás si las brigadas antidisturbios del señor Marlaska, el señor Zupiria o la señora López Antelo (si, en el Gobierno de Navarra también hay consejería de Interior y la Policía Foral también tiene brigada antidisturbios) pusiesen el mismo empeño en aporrear, gasear y detener a fascistas que el que demuestran cuando intervienen contra trabajadores, activistas climáticos, antidesahucios, antirracistas, independentistas, estudiantes o feministas esas llamadas a «no caer en provocaciones» tendrían algo de sentido, pero mientras las policías actúen como actúan, es inevitable que una ciudadanía harta de muchas cosas y apaleada una y otra vez no esté dispuesta a ofrecer la otra mejilla.
Si ustedes quieren evitar que las calles ardan y que nuestros jóvenes tengan que salir a la calle a levantar barricadas contra organizaciones criminales fascistas defendiendo una mierda de democracia que para colmo les está expulsando de la sociedad a patadas, la receta no es criminalizar a esa juventud sino que ustedes cumplan con su obligación como gobernantes de un estado democrático: depuren el sistema de policías y jueces fascistas, detengan, juzguen y encarcelen a los dirigentes ultraderechistas y sus voceras mediáticos, ilegalicen sus partidos, asociaciones y fundaciones, corten sus fuentes de financiación, expropien sus sedes, cierren sus chiringuitos en internet y prohíban sus movilizaciones. Y por favor, no nos vengan de nuevo con gilipolleces como que «eso no es tan fácil», en este país todos hemos visto como contra las fuerzas de izquierda independentista se han prohibido miles de movilizaciones, ilegalizado partidos, asociaciones y colectivos, clausurado periódicos, revistas y radios, encarcelado a cientos de dirigentes políticos, embargado sedes y cuentas bancarias y juzgado a artistas o ciudadanos por una simple canción o un simple tuit así que a otro perro con ese hueso.
Por desgracia, en Euskal Herria no ha hecho más que empezar lo que ya lleva años sucediendo en el resto del estado. Habrá nuevas incursiones y razzias fascistas españolas y al igual que ha ocurrido con la respuesta al Genocidio en Palestina, a la vista está que los gobiernos del PSOE y el PNV no van a activar medidas institucionales contra el fascismo si no hay una presión social que les obligue a ello. A estas alturas resulta evidente que sostener a toda costa a un PSOE muy tocado para que el combo fascista PP/Vox no llegue a la Moncloa, con estar bien no es suficiente para frenar el avance ultraderechista. Los y las jóvenes que en Gasteiz e Iruña plantaron cara al fascismo son conscientes de que la movilización social también es indispensable para parar los pies al fascismo y por ello se han echado a las calles con mayor o menor acierto.
Cierto es que las barricadas siempre han sido motivo de preocupación, inquietud y polémica y que en ocasiones incluso son innecesarias (¿Iruña, 30 octubre?), pero no es menos cierto que gran parte de los derechos humanos y civiles que hoy consideramos básicos, irrenunciables e indestructibles (craso error esto último con la derecha a las puertas) como el sufragio universal, los derechos laborales, el derecho al divorcio y al aborto, la educación y sanidad universal, los derechos de la comunidad LGTBI, etc., que ganaron nuestros padres, madres, abuelos y abuelas soportando una represión política, policial y judicial bestial no se ganaron precisamente sin recurrir a las barricadas. Seamos, pues, rigurosos con el cuándo, el cómo y por qué a la hora de analizar las protestas ciudadanas.
Las protestas juveniles que hemos visto las pasadas semanas no son solo acciones antifascistas, sino también una interpelación a toda la sociedad democrática −y eso es lo que escuece a algunos, no cuatro contenedores cruzados en la calzada− ¿O es que el combate contra el fascismo compete solo a nuestros y nuestras jóvenes? Si les dejamos solos y solas en esa batalla, no nos rasguemos luego las vestiduras por como la llevan a cabo.
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