Carta al señor Rufián

Gracias a Dios, señor Rufian, usted no será nunca jefe de gobierno ni fraile contemplativo. Usted será siempre el «anxaneta» de una torre humana coronada por la cuatribarrada con la estrella solitaria.

02/09/2019

Fue costumbre entre los ancianos de edad avanzada –si son, como se dice en catalán, «lletraferits» o heridos de letra; es decir, escritores– dejar algunas cartas de últimos días a quienes estiman a fin de seguir vivos en ellos o donar parte de lo que creen saber. Entiendo tal cosa como la elegancia del muriente. Así haré de aquí en adelante. Y por usted empiezo, señor Rufián.

Cuando tuvieron lugar las sesiones del Parlamento de Madrid correspondientes al 24 y 25 de estos idus de julio, por extensión de buen augurio –buen augurio es que el disparate no tenga porvenir–, me sorprendió usted muy confortablemente con su sucinto discurso, apenas unas palabras por razones reglamentarias, pronunciado entre el secano arbustivo de la política actual. Sus pocas palabras pesaban acogedoramente y sus ojos y manos se conjuntaban para extraer algún acorde brillante del desvencijado piano político español ante el que hubo de hacer usted alguna música. Al acabar hizo entrega a los señores Sánchez e Iglesias de sendos ejemplares de un libro de cuentos infantiles que escribió para sus hijos el líder de Esquerra Republicana, señor Oriol Junqueras, dedicado desde hace tiempo a conservar nuestra libertad desde su celda de preso político. Espero hacerme con ese libro.

Señor Rufián lo que escribo en esta carta es evidentemente tendencioso, lo reconozco. Pero de acuerdo con el diccionario de la RAE tendencioso expresa «tendencia hacia determinados fines o doctrinas». Y yo tengo una irreprimible tendencia hacia la República como fin y hacia lo tendencioso como ideología republicana. Le subrayo esto que acabo de escribir porque «me conozco» la cartilla de nuestros triunfales adversarios, que tienden a guillotinarnos con arma de doble filo. Al declarar lo dicho le diré que me pareció espléndido eso que rebotó usted como buen pelotari político al señor Rivera cuando éste se refirió con sorna decaída de aprendiz a la «banda» que pudieran formar los partidos que apoyaron al señor Sánchez –¡banda, banda…! ¿En que «banda» estaría pensando el señor Rivera cuando expidió tal bobada?–. Llegado su turno usted se refirió a los aliados ideológicos del líder conservante como componentes de un «comando» –sí, sí: «comando»–. Tal contestación me recordó el «Verso a verso/ golpe a golpe», con que cantaba Serrat a don Antonio Machado.

Gracias a Dios, señor Rufian, usted no será nunca jefe de gobierno ni fraile contemplativo. Usted será siempre el «anxaneta» de una torre humana coronada por la cuatribarrada con la estrella solitaria. Quizá yo me exceda en mis sueños e invada indebidamente su sombra, pero se debe eso a que quise también culminar una de esas torres, mas no tuve la personalidad suficiente. Luché muchos años con mi alma a cuestas por los caminos de la Catalunya profunda con mi Josep Pla en el bolsillo y mi comunismo del PCC en la cabeza, desde el que en cierta emocionada ocasión y al lado de mi inolvidable Federica Montseny –que me había invitado a una asamblea libertaria en las Cocheras de Sans– logré que me escucharan los cenetistas y acudieran a las urnas –dejando provisionalmente de lado el honrado «no votes, porque si votas eliges amo»– para sentar a cuatro «peceros» en nuestro Parlament. Creo que fueron cuatro. Luego, ya encaminado, anduve tras Federica y junto a una magnífica joven republicana vasca, sembrando el aire de la Castilla de izquierdas –¡que hubo, que hubo!– de palabras como las que usted va puliendo con éxito notable. Como decía don Manuel –Azaña, claro– a «orilla del Henares sembré a vena loca».

Estamos casi donde estábamos cuando murió el genocida. Y digo casi porque ahora los republicanos, al menos los de Esquerra, simplemente van a la cárcel, pero siguen vivos y con esperanza, gracias a Dios. Usted, señor Rufián, es joven y aún verá que la izquierda no siempre pierde, sobre todo si se llena de un lozano 14 de abril. Cuando yo tenía seis años gané un premio de rapsoda en los Hermanos Maristas, al recitar con amplio empleo de gestos una poesía cuyo comienzo decía: «Mariposa vagorosa/ rica en tintes y donaire/ ¿qué haces tú de rosa en rosa?/ ¿de que vives en el aire?» Oí que mi padre susurraba a mi madre: «A este niño hay que cambiarle de colegio». Pues ya ve usted, Rufián, a los noventa años sigo de pie y viviendo del aire. La batalla será larga, pero usted verá un fin apropiado a lo que piensa. Porque los que van de rosa en rosa crecen tanto en número que ya no tienen rosal para todos. Usted siga ahí con sus ojos muy abiertos, pues como avisan los jugadores de ruleta pudieran levantarle un «muerto», que es como se llama a esa ladina maniobra de cobrar de costadillo la ficha premiada del vecino. Los del Partido Socialista Obrero Español son maestros en esa maniobra. Sobre todo teniendo a favor al «croupier». Los otros, los que se sientan en las alturas del hemiciclo son más fáciles de controlar porque van siempre vestidos de Hernán Cortes. Llegará el final y merendaremos.

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