Josu Iraeta

Del arte de Curro Cúchares a la práctica política

Es cierto que no siempre se acierta pero, quienes por diversas razones –más o menos confesables– deciden adelantar una «contienda» electoral, lo hacen fundamentalmente por dos razones;  porque la información de la que disponen  determina que beneficia a sus intereses, o por el contrario, porque perjudica los de  sus adversarios.

Sin pretender adelantar el contenido del debate -si es que hay alguno- el cruce de mensajes situará tanto a la sociedad como a la clase política, ante una conocida realidad y en sus justos términos. Es decir, como hace una, dos o tres décadas, pero con una variante; que estará trufado de omisiones selectivas.

Desde las diferentes ópticas, por supuesto, ajenas a la candidatura -con o sin Otegi- que defenderá tanto el derecho a decidir como el ejercicio de la soberanía, activarán el eco de la violencia, y las élites económicas y tecnócratas pondrán su «prestigio» al servicio de la unidad española, contra quienes desestabilizan las instituciones.  

Antes citaba que se apreciarán omisiones selectivas y de estas, la más importante, la de mayor trascendencia, es la que vienen ignorando desde hace más de cinco años, y no sólo en Madrid.

Todos, vascos y españoles, han podido apreciar que a sus dirigentes les ha cambiado hasta el color de la cara, y es debido a que no tienen capacidad para metabolizar el hecho de que  hace cinco años, ETA decidiera abandonar la práctica de la lucha armada.  

Su estrechez mental no es capaz de asimilar que todo aquello que suponga derivar un conflicto armado a los cauces de la confrontación democrática, de forma unilateral, supone en sí mismo una aportación que denota profundas convicciones e inteligencia política. Máxime, cuando a pesar de las evidentes contradicciones que la nueva situación genera, mantienen los objetivos primigenios.

Dicho así, de una tacada y en un solo párrafo, pudiera parecer que se pretende simplificar la realidad de una situación, que de hecho es difícil, y compleja, muy compleja. No es este el caso.

Lamentablemente  una decisión de tal calado nunca es ajena -no puede serlo-  a los profundos cambios de estrategia que genera en las partes en conflicto. Desde una óptica se pretende capitalizar la madurez del cambio de estrategia, mientras que de la otra, se pretende lo mismo, pero, ignorando su responsabilidad y poniendo el foco en las víctimas a las que se aproxima.

No hablarán de otra cosa, quieren centrar el debate sobre la esperada inestabilidad institucional. Continúan activando el cambalache que supone la adopción de resoluciones judiciales en función de motivos de conveniencia política.
 
Y es que la memoria elige lo que olvida, tal y como el presidente del gobierno español, exhibe con frecuencia.

Cuando dos comunidades diferenciadas y antagónicas reivindican sus derechos políticos, el conflicto se resuelve, -con frecuencia–  por medio de la partición. Entre otros, son ejemplos válidos el de Chipre, de la antigua Yugoslavia o la ex Unión Soviética, para recordar que esa es la tendencia natural

El precio –siempre lo hay– es la renuncia a la inviolabilidad constitucional. Presentar propuestas de reforma de La Constitución, porque de otra manera, cualquier solución que se presente como victoria de una de las partes sobre la otra, estará condenada al fracaso.

He leído y escuchado muchas veces a dirigentes de organizaciones políticas nacionalistas, también recientemente al Sr.Urkullu en la capital castellana, afirmar que su objetivo es la libertad de Euskal Herria.
      
Es evidente que  no todos los nacionalistas vascos compartimos la misma definición de lo que significa ser libre.

Para quienes pretendemos una Euskal Herria libre, la libertad no tiene más que una definición. No quiere decir una libertad limitada, condicionada a los intereses de otra nación. Una libertad compatible con la autoridad de un Parlamento extranjero, sino la libertad absoluta, el control soberano de  nuestro propio destino.

Tampoco quiere decir la libertad de una clase sino la libertad de un pueblo. No quiere decir la libertad de un fragmento, sino la libertad de toda Euskal Herria, de cada metro de tierra vasca.

La historia nos demuestra que para lo que decimos pretender hemos de elegir el camino correcto. La gente, nuestra sociedad, lleva décadas siendo «adiestrada» de forma que sus convicciones teóricas se enfrentan con la realidad de sus intereses.
     
En vez de sacrificio y generosidad, de ofrecer y dar, nos enseñan la manera de ganarlo todo. Y ganar no sólo una vida digna, también la amistad  –y no del adversario que es deseable-  sino también del enemigo.

Este adiestramiento equívoco –que viene desde nuestros antecesores– hace que quienes logran gestionar las instituciones, dirijan sus miradas a Madrid, educándonos en depender de las Cortes Españolas.

Qué duda cabe que de todo esto también hemos obtenido enseñanzas positivas. Hoy podemos denunciar el fraude de quienes conciben el ser abertzale, como algo casi material. La nacionalidad como algo que se puede negociar, como si de una renta contributiva se tratara.
       
Pero el ser abertzale, el nacionalismo, no es «eso». Eso que se define en un estatuto y garantiza los intereses mutuos de los concordantes. El nacionalismo es otra cosa.

Soy consciente de que el contenido de estas reflexiones, puede sonar o parecer arcaico, pero cuanto más nos alejemos de estos principios, más difícil será aproximarnos a lo que queremos.

Situados en esta encrucijada que se repite desde décadas, producto y consecuencia del cinismo y la indecencia política, no me produce la ceguera suficiente como para poner en duda  que si una nación puede conseguir su libertad sin derramar una gota de sangre, es así como debiera hacerlo.
     
Es por todo eso, que utilizar medios pacíficos, fuerza moral, derechos reconocidos internacionalmente, unido todo ello a la inequívoca voluntad de la mayoría de la sociedad vasca, “tiene que ser suficiente”.

Tengo una pregunta que alguien deberá responder: La inexperta y corrupta democracia española, ¿tiene la solidez mostrada por los gobiernos británicos, para afrontar la necesaria «nueva transición»?

Muchas incógnitas, muchos intereses y mucho sufrimiento. Y es que, como decía mi amigo «El Viejo» -fervoroso defensor del arte de Curro Cúchares-  en la política, como en el amor y el toreo, la verdad siempre está en la corta distancia. El resto es «trasteo», son adornos.

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