Diálogo entre dos jubiladas aparcadas en una residencia concertada
«¡Hoy no hay ley!».
«Si no hay ley, no hay conciencia».
«La conciencia es un perro que te ladra y aúlla».
«¿Y no se calla?».
«¡No, nunca!».
«¡Pues mátalo! ¡Agárrele del pescuezo con tus propias manos y aprieta hasta que se calle!».
«¡Ya lo he hecho!».
«¿Y?».
«¡Sigue gruñendo!».
«Esto que me estás contando del perro y de la conciencia solo pasa en los cuentos y en las novelas. Hoy no hay ley, y si ni hay ley, ni hay conciencia, los asesinos y las asesinas son impunes, incluso si hacen, como hacen ahora, asesinatos en masa o genocidios. Tienen el privilegio de la impunidad. Saben que son unos seres superiores, unos seres privilegiados. Por ejemplo: tienen el privilegio de vetar y esquivar todos los tribunales».
«¿Te refieres al derecho de veto que tienen los cuatro matones en la ONU?».
«¿Cómo lo sabes?».
«Leo».
«¿A quién?».
«A Luigi Ferrajoli y sus dos tratados, uno es: ‘La construcción de la democracia, teoría del garantismo constitucional’».
«¿Y el otro?».
«‘Por una Constitución de la Tierra, la humanidad en la encrucijada’».
«¡Pues no los leas!».
«También he leído una novela».
«¿Cuál?».
«De Adania Shibli, "Un detalle menor". Al protagonista, un oficial del ejército israelí, le acompaña un perro día y noche, le ladra, le aúlla y le gruñe desde el alba».
«Y ¿por qué no lo mata?».
«Porque la autora del libro no quiere».
«¿Quieres decirme que la conciencia ladra, aúlla, muerde, gruñe y remuerde durante toda la novela, o sea durante toda la vida?».
«Sí».
«¡Qué inocente eres! Eso pasa solo en las novelas. Ahora no hay ley. Le han puesto una mordaza. La ley mordaza amordaza la ley. Y si no hay ley − y no la hay −, no hay conciencia. Y si no hay conciencia, colapsa todo: la natalidad, la humanidad, el clima, el estado de bienestar, la justicia, la sanidad, la enseñanza, la solidaridad, la libertad y la igualdad. Han matado la conciencia, han matado al perro».
«¡Muerto el perro, muerta la rabia!».
«¿La paz de los muertos?».
«¡Hoy estás tú guerrera, eh!».
«Es que aún no me ha cambiado los pañales».
«¡A mí, sí, gracias a Dios!».
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