Julen Goñi

Discursos

Hoy, con la estúpida creencia de que la libertad consiste en utilizar las redes sociales para expresar lo que pensamos, estamos descubriendo ante el poder el discurso real de los dominados, permitiéndole que elabore estrategias para su desarticulación.

La derecha nunca ha sido muy favorable a dar razones de lo que defiende; le ha sido suficiente con la fuerza. Además, como su visión del mundo es la que representa sus intereses, y tiene todos los resortes del poder bajo control, acudir a la razón lo interpreta como síntoma de debilidad. Lo preocupante es que con esa actitud consigue acaparar voluntades de personas que, por su situación económico-social, deberían verla como lo que realmente es: su enemiga. Ante esta situación, la izquierda ha actuado con mucha torpeza, pensando que tener razón es sinónimo de ganar la voluntad de esas personas y, por tanto, de lograr el poder político dentro del marco de democracia burguesa en el que están inmersos la mayoría de los países del mundo. Nada más lejos de la realidad.

Cualquier debate político tiene unas características en el ámbito del discurso que se repiten con asombrosa regularidad. Si quisiéramos simbolizar el contenido de esos discursos, descubriríamos que tanto los de la derecha como los de la izquierda siguen unos patrones que son independientes del contenido de dichos discursos. Los de la derecha están constituidos por enunciados declarativos (afirmativos o negativos) que no forman parte de argumentaciones, sino que se manifiestan como verdaderos, no a través de su contenido, sino aludiendo al emisor de esos enunciados, al que se considera portador de verdad por naturaleza. Este tipo de discurso es, curiosamente, el mismo que utilizan las religiones. Efectivamente, las religiones afirman mandatos, prohibiciones, reglas de conducta, realidades... que pasan a ser verdades, no porque su contenido esté demostrado como tal, sino por quién es el emisor (la casta sacerdotal que dice representar a la divinidad). La derecha política, como señalaba, hace lo mismo: da por supuesta la verdad de su discurso por ser ella la que lo expresa. Esto explica la arrogancia con la que hablan. Por otra parte, esta economía argumentativa tiene una ventaja estratégica indudable, cual es, que las disensiones en su seno son mucho más difíciles de generarse y, en todo caso, no serán disensiones de fondo sino de protagonismo, oportunidad o matiz.

La izquierda, por el contrario, elabora un discurso argumentativo causal, es decir, busca justificar lo que afirma acudiendo a las causas de aquello que afirma. Se comprenderá con facilidad que descubrir las causas de la realidad, tanto física como social, es mucho más complicado que la simple afirmación de algo, sobre todo cuando se carece de la creencia en alguna realidad supramundana o mundana que lo explique todo. Además, como las causas pueden ser múltiples, que se dé disensión es mucho más fácil. Por ese motivo, tenemos una izquierda atomizada, que sociológicamente debería ser abrumadoramente mayoritaria, y una derecha que, aunque aparezca parcialmente dividida, le une el objetivo común de defender lo que hay, es decir, sus intereses. Quizás todo tenga que ver con un cierto complejo de inferioridad que constriñe a la izquierda (esa idea inconsciente de que el poder es algo que no le corresponde), complejo que la historia se encarga de favorecer.

Pero, además, la izquierda, con ese empeño de convencer a la derecha mediante argumentos, manifiesta el contenido de su pensar, y lo hace con una transparencia que para sí quisieran los investigadores que intentan sonsacar información al enemigo preso. Es decir, que frente a lo que ha sido la enseñanza de la historia en cuanto a la relación entre el poder y los subordinados (que tan bien recoge James C. Scott en su obra "Los dominados y el arte de la resistencia"), la izquierda actual actúa con una inocencia que ni Rousseau llegó a alcanzar. Como señala Scott en la obra citada, los dominados han tenido, a lo largo de toda la historia, un doble discurso: el público, que venía a ser como una representación teatral, y el oculto, el que verdaderamente expresaba su visión de la realidad social, y que se manifestaba a través de chistes, libelos, canciones, anónimos, cuentos, etc. A este último le acompañaban inseparablemente acciones de resistencia, como podían ser los robos, la quema de cosechas o la venta clandestina, entre otras. Y era un discurso eminentemente oral, en parte por la carencia de cultura en muchas personas pertenecientes a la clase de los dominados, pero, sobre todo, por ser el mejor medio para mantener el secreto ante los ojos de los dominadores. En el secreto, en suma, ha residido la defensa de los dominados.

Hoy, con la estúpida creencia de que la libertad consiste en utilizar las redes sociales para expresar lo que pensamos, estamos descubriendo ante el poder el discurso real de los dominados, permitiéndole que elabore estrategias para su desarticulación.

Ante esta perspectiva, parece lógico que la izquierda deba replantearse su modelo discursivo y asumir que en el plano dialéctico-comunicativo le interesa ser oscura y teatral con la derecha arrogante, y argumentativa y diáfana con quienes representa políticamente.

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