José María Pérez Bustero
Escritor

Dogma franquista en la sede del PSOE

Al PSOE le sobrevino un problema. Ya no tenía el delante la lucha armada de ETA, pues había declarado el fin de la misma el 19 de julio del 2014. Y por tanto no tenía el «enemigo interno» al que utilizar para centrar la atención y la aversión de las gentes, y que dejaba en la penumbra otros sucesos graves. Pero se estaba produciendo otra hecho: el renacer del movimiento de autoafirmación catalán.

Últimamente observamos que el PSOE sale casi a diario en la portada de los medios de comunicación, con su secretario general a la cabeza. Cabe hacerse una pregunta simple: ¿cuándo y con qué objetivos nació este partido? Y la respuesta es que el PSOE fue creado en mayo de 1879, y se marcó como objetivos lograr una sociedad libre, igualitaria, en paz. Con ese bagaje sobrevivió en la dictadura de Primo de Rivera y de Franco, y se creció en la transición. Y esa doctrina interna fue ratificada en el congreso de Suresnes en 1974, que confirmó el rechazo al centralismo y la opción por el federalismo asimétrico. Pero al llegar al Gobierno del Estado el año 1982 se notó un gran cambio en los líderes socialistas. Fueron rumiando el dogma franquista: la «unidad de España».

Y hoy día siguen agarrados a ese mandamiento. «El PSOE defiende la unidad de España y de los españoles», dijo en abril de este año Guillermo Fernández Vara, secretario general del PSOE en Extremadura. «El PSOE defenderá la unidad de España le pese a quien le pese» afirmó –también en abril– Luis Tudanca, secretario general del PSOE en Castilla y León. Y Pedro Sánchez tenía dicho en febrero, desde Santander: «Trabajar por la unidad de España es unir a los españoles».

Ante esas declaraciones, es imprescindible recomendar a esos dirigentes socialistas que abran un libro de historia. Y se darán cuenta que la unidad de España no es una elección que han adoptado y ratificado las diferentes zonas y gentes de la Península Ibérica, sino que es un hecho impuesto. ¿Por quién? Por personajes que se creían sus propietarios y ejercían como tales. Vamos a marcar tres fases.

En primer lugar, a los «Reyes Católicos». Dichos reyes unieron los reinos de Castilla y los de Aragón-Cataluña. No porque estructuraron conjuntamente ambos territorios sino como secuela de casarse. «Yo aporto Castilla y sus tierras. Tú Aragón y Cataluña». Seguidamente, en el año 1483 comenzaron la conquista del reino musulmán de Al Andalus, y en 1492, tras 18 meses de asedio, tomaron la ciudad de Granada. Un paso más, el año 1512, el monarca por entonces viudo Fernando se anexionó con las armas el reino de Navarra. Con ello «España» quedó bajo una monarquía. No se trataba, por tanto, de una serie de tierras acopladas entre sí. Su único punto de coincidencia era estar sometidas a los mismos monarcas.

Un paso todavía más nefasto todavía se dio en el siglo XVIII. Tras una guerra de 12 años disputándose la corona de España entre monarcas austríacos y franceses, los nuevos reyes, «Borbones», pusieron bajo el Consejo de Castilla todas las tierras, excepto los territorios vascos (partidarios suyos en dicha guerra). ¿Cómo reaccionaron las gentes ante el centralismo de su gobierno? Se sintieron manipuladas, sometidas, frustradas. Y la crispación resultante dio lugar en el siglo XIX a las guerras carlistas que, entre otros motivos, defendían los fueros de cada tierra frente al antojo de los «borbones».

Y la tercera y tremenda imposición tuvo lugar en el siglo XX. La dictadura franquista –con su lema «Una grande y libre»– expandió la terrible mentira de que «no hay diferencias, ni derechos, sino es el gobierno central quien impera». Como hecho inicial y significativo cabe citar que Lluis Companys, que personificaba otra visión de España por haber sido presidente de la Generalitat de Cataluña desde 1934, se vio obligado a exiliarse, pero fue capturado por la Gestapo, y entregado al gobierno franquista. Y éste le hizo un consejo de guerra, y lo mandó fusilar en el castillo de Montjuic el 15 de octubre de 1940.

Teniendo esa trayectoria delante, ¿qué hizo el PSOE al llegar al gobierno? Muy sencillo: en vez de analizar aquella estructura impuesta, la aceptó como simple herencia. Con un retoque: reparto de autonomías por una y otra parte. Las autonomías, creadas por la república en 1932, habían sido anuladas por el gobierno franquista, e institucionalizadas de nuevo el año 1978. Así que el PSOE, asumió como solución ese reparto de donativos a las diferentes zonas. Monarcas católicos, austrias, borbones continuaron siendo los verdaderos úteros de la actual «España».

Pero al PSOE le sobrevino un problema. Ya no tenía el delante la lucha armada de ETA, pues había declarado el fin de la misma el 19 de julio del 2014. Y por tanto no tenía el «enemigo interno» al que utilizar para centrar la atención y la aversión de las gentes, y que dejaba en la penumbra otros sucesos graves. Pero se estaba produciendo otra hecho: el renacer del movimiento de autoafirmación catalán. Hasta el punto de que el diez de octubre del 2017 el Parlamento de Cataluña declaró la independencia de Cataluña como República Independiente.

¡Ya tenía el PSOE un «enemigo interno» nuevo al que utilizar! Así que en modo alguno se puso a examinar aquel emerger de la conciencia catalana, sino que el 2 de noviembre de 2017 metió en la cárcel a Oriol Junqueras y 7 consellers. Y bajo esa imputación comenzó el juicio el 12 de febrero de 2019 acusándolos de rebelión, sedición, malversación de fondos. O sea que, junto a aquella herencia política de la unidad de España, siguieron con otra que va cosida a ella: la herencia penal. Las cárceles. El sótano de esa unidad de España.

Y hablando de cárceles, hay que tener en cuenta que la Constitución Española de 1978 proclama simple y llanamente que la rehabilitación y sólo la rehabilitación es la única justificación del Derecho Penitenciario. Muy bien. ¿Pero esas personas están presas con el objetivo de rehabilitarlas? Vamos a darle la vuelta a ese vocablo «rehabilitación» bajo otra perspectiva. En sentido contrario al actual. Es decir, sopesemos la posibilidad de meter en prisión, en un antro, o desván o incineradora el concepto de «España unida». Y rehabilitar la percepción auténtica de la península. Es decir, liberar a las zonas y a las gentes de un gobierno central. Y llevarles la vista a su propia realidad y apetencias. Dicho de otro modo: hacerlas conscientes de lo que son y de sus posibilidades de autodecisión. Y que el «gobierno central» sea simplemente un órgano que pasa encargos de una a otra tierra. Limitado a un simple rol de coordinador.

De momento, y mientras sigan en la cárcel los presos catalanes, además de 209 hombres y mujeres del movimiento vasco de liberación, cabe deducir que la Unidad de España continúa anegada en cárcel y en exilio.

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