José Díaz
Licenciado con Honores en Política Internacional por la Universidad de Stirling (Reino Unido)

El 80 aniversario de la victoria del Ejército Rojo sobre la Alemania nazi

Con motivo del 80 aniversario de la victoria de la Unión Soviética sobre la Alemania nazi, cabe destacar el papel central y decisivo que desempeñó el Ejército Rojo en la derrota del Tercer Reich y la liberación de Europa del nazismo. Sus campañas, especialmente en Stalingrado, Kursk y Berlín, no solo cambiaron el curso de la Segunda Guerra Mundial, sino que también pusieron fin a uno de los regímenes más brutales de la historia moderna. Más allá del éxito militar, estas victorias representaron actos de salvación para millones de personas que sufrían bajo el yugo del nazismo. Si bien las narrativas occidentales suelen enfatizar las contribuciones de las fuerzas aliadas en el Frente Occidental, la escala y la importancia del esfuerzo del Ejército Rojo en el Frente Oriental exigen su reconocimiento como piedra angular de la liberación de Europa.

Cuando la Alemania nazi invadió la Unión Soviética en junio de 1941 bajo la Operación Barbarroja, el régimen de Adolf Hitler desató una campaña de brutalidad sin precedentes. El Frente Oriental se convirtió rápidamente en el escenario de guerra más grande y sangriento de la historia de la humanidad. Fue aquí donde se produjeron más del 80% de las bajas militares alemanas, y fue aquí donde se decidió el destino de Europa. La Unión Soviética, inicialmente sorprendida, se reagrupó y montó una defensa que se convertiría en una contraofensiva implacable que se prolongó durante cuatro años.

El papel del Ejército Rojo en la contención del avance nazi no fue meramente defensivo, sino transformador. Al absorber y repeler todo el poderío militar de la Wehrmacht, las fuerzas soviéticas negaron a Alemania la capacidad de mantener la iniciativa estratégica. Esto creó las condiciones para los eventuales desembarcos aliados en Europa Occidental. Sin el Ejército Rojo, que contuvo y diezmó las divisiones nazis en el Este, el desembarco de Normandía y la liberación de Francia podrían no haber sido posibles.

Entre los enfrentamientos más emblemáticos de la historia militar, la Batalla de Stalingrado (agosto de 1942-febrero de 1943) marcó el punto de inflexión de la Segunda Guerra Mundial. La derrota nazi en Stalingrado destrozó el mito de la invencibilidad alemana y marcó el inicio de un cambio estratégico a favor de los Aliados. Con más de dos millones de bajas combinadas, la magnitud de la batalla fue asombrosa. Las fuerzas soviéticas, bajo el mando del mariscal Gueorgui Zhúkov y el general Vasily Chuikov, ejecutaron una brillante operación de cerco −la Operación Urano− que atrapó y finalmente obligó a la rendición del Sexto Ejército del general Friedrich Paulus.

La importancia de Stalingrado fue tanto simbólica como práctica. Simbólicamente, representó la resiliencia del pueblo soviético y el comienzo del inexorable declive de la Alemania nazi. En la práctica, puso fin a las ambiciones de Hitler y abrió el camino para las ofensivas soviéticas en Europa del Este. También marcó una victoria psicológica: el soldado soviético, previamente subestimado por la ideología nazi, había demostrado ser capaz de derrotar a las fuerzas del Tercer Reich.

Tras Stalingrado, el Ejército Rojo continuó aprovechando su ventaja. La Batalla de Kursk (julio-agosto de 1943), la mayor batalla de tanques de la historia, fue el último intento de la Alemania nazi por recuperar la iniciativa en el Frente Oriental. El alto mando soviético, tras obtener los planes alemanes mediante operaciones de inteligencia, construyó formidables redes defensivas que debilitaron la punta de lanza de la ofensiva alemana.

Con más de 6.000 tanques y miles de aviones en combate, Kursk demostró la sofisticación tecnológica y operativa del Ejército Rojo. La posterior contraofensiva soviética obligó a los alemanes a retirarse a lo largo de un amplio frente. Kursk no solo detuvo el avance nazi, sino que alteró irreversiblemente el equilibrio estratégico, permitiendo a la Unión Soviética comenzar la liberación de los territorios ocupados.

Para abril de 1945, el Ejército Rojo se había abierto paso a través de Europa del Este y se encontraba a las puertas de Berlín. La Batalla de Berlín (abril-mayo de 1945) culminó con la captura de la capital alemana, el suicidio de Adolf Hitler y la rendición incondicional del Tercer Reich. Más de dos millones de soldados soviéticos participaron en la ofensiva, que implicó feroces combates urbanos y enormes bajas.

La toma de Berlín fue más que un logro militar; fue el acto definitivo de liberación. A medida que las fuerzas soviéticas arrasaban la ciudad, desmantelaron el último bastión del nazismo y liberaron a innumerables prisioneros de los campos de concentración y trabajos forzados. La destrucción de la Alemania nazi fue una necesidad moral y humanitaria inequívoca, una necesidad que el Ejército Rojo cumplió a un coste inmenso.

La victoria soviética tuvo un coste humano asombroso. Se estima que unos 27 millones de ciudadanos soviéticos, incluyendo civiles y soldados, perecieron durante la guerra. Estos sacrificios subrayan la magnitud de la contribución soviética a la victoria aliada. Mientras otras potencias aliadas lucharon con valentía y desempeñaron papeles esenciales, en particular en bombardeos estratégicos, guerra naval y operaciones terrestres posteriores a 1944, la Unión Soviética cargó con la peor parte del conflicto y asestó los golpes decisivos.

Para los millones de judíos, eslavos, disidentes políticos y otros grupos perseguidos atrapados bajo el régimen nazi, la llegada del Ejército Rojo fue literalmente la salvación. La liberación de Auschwitz y otros campos de exterminio reveló al mundo los verdaderos horrores del Holocausto. Las tropas soviéticas, a menudo víctimas de atrocidades incomprensibles, se convirtieron en testigos involuntarios y documentadores de los crímenes nazis.

Las victorias del Ejército Rojo en Stalingrado, Kursk y Berlín no fueron simplemente triunfos en el campo de batalla; fueron los acontecimientos cruciales que propiciaron el colapso de la tiranía nazi en Europa. A pesar de las tensiones posteriores propias de la Guerra Fría, la realidad histórica sigue siendo que, sin el esfuerzo bélico masivo e inquebrantable de la Unión Soviética, la Alemania nazi podría haber perdurado mucho más tiempo, con consecuencias aún más graves para la humanidad.

Para apreciar plenamente la liberación de Europa del nazismo, hay que mirar hacia el este, a las ciudades y campos donde los soldados soviéticos detuvieron y revirtieron la marea del fascismo. Su victoria no fue solo un logro estratégico, sino un imperativo moral cumplido: una liberación lograda mediante la resiliencia, el sacrificio y la determinación absoluta del Ejército Rojo y del pueblo soviético.


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