Silvia Gómez González
Agente de Igualdad

El beso de Leire y Amaia

Durante los últimos días hemos conocido el nuevo mural del artista LKN, que representa un beso en los labios entre Leire Martínez y Amaia Montero, vocalistas de La Oreja de Van Gogh, bajo el título Deseo de cosas imposibles.

Si bien algunos medios lo tildan de «un reencuentro imposible, convertido en arte urbano», a mí me parece que lo que esta obra esconde no es un deseo de reencuentro entre las dos artistas.

¿Por qué un beso en los labios? 

Parece que el autor pretende hacer algún tipo de referencia al "Beso Fraternal Socialista", del muro de Berlín, esa obra tan conocida y referenciada por distintos artistas posteriormente, en la que Leonid Brézhnev, secretario general de la URSS y Erich Honecker, secretario general de Alemania Oriental, se besan en la boca en un ritual protocolario que en su contexto original simbolizaba la alianza, la fraternidad y la lealtad.

En este sentido, se podría pensar que la obra de LNK busca reflejar lo que muchas personas esperaban ver tras la polémica que ha sacudido a la banda: una alianza entre las dos cantantes. Sin embargo, profundizando sobre esta aparente intención, encontramos una mirada poco reflexionada por la sociedad actual que responde a un patrón cultural histórico: la erotización de las relaciones entre mujeres desde una perspectiva masculina y heterosexual.

Si nos fijamos bien en la imagen, en contraposición con otras obras que también referencian el “Beso Fraternal”, las cantantes solo llevan una camisa blanca que les cubre lo justo. Sus piernas están descubiertas y van descalzas, como si se encontraran en la más imperturbable intimidad de una casa compartida, fundiéndose en un beso apasionado, mostrando un afecto propio de amantes.

Al mostrar a Leire y Amaia de esta manera, la obra no parece reflejar un vínculo auténtico ni la posible alianza y sororidad entre ellas, sino que transforma ese gesto en algo sexualizado. Es como si su relación existiera solo para ser miradas y deseadas por quien observa, en lugar de mostrar una amistad, colaboración, afecto o empatía mutua entre ellas. Este tipo de representación no es casualidad, ya que, desde el siglo XVIII hasta hoy, la literatura, la pornografía y la cultura visual han sexualizado los besos y relaciones entre mujeres para la fantasía masculina, borrando la realidad del lesbianismo y reduciendo sus experiencias a un espectáculo erótico. Como señala Lillian Faderman (1981), estas representaciones trataban a las mujeres atractivas como un objeto de deseo masculino, como si ser lesbiana fuera un juego o una performance, y no una orientación sexual real que no se elige. 

La lucha feminista y lésbica, especialmente desde los años 70, ha denunciado esta fetichización: colectivos de mujeres lesbianas han trabajado para que sus relaciones sexo-afectivas no sean invisibilizadas ni transformadas en entretenimiento heterosexual. En este sentido, el mural de LNK reproduce patrones culturales que las lesbianas han luchado por desmontar durante décadas. Al representar a las artistas de esta manera, aunque la obra juega con la fantasía del reencuentro, la sexualiza de manera innecesaria.

Bajo este enfoque, la obra puede analizarse a partir de lo que plantea Simone de Beauvoir (1949) en El segundo sexo: la mujer ha sido históricamente construida como “el Otro” frente al hombre, y no como un sujeto con voluntad y autonomía propia, sino como un objeto definido por la mirada masculina. Así pues, su reconocimiento y representación depende de cómo ellos las ven y las interpretan, determinando qué es lo deseable o lo que merece atención. Por tanto, el mural no muestra a dos talentosas artistas reconciliadas y empoderadas tras lo ocurrido, sino dos figuras sexualizadas, moldeadas por una mirada que las transforma en objeto de deseo antes que en sujetos activos de su arte. Cualquier fan se imaginaría ese gesto de otra manera, con las cantantes tomadas de la mano, compartiendo un micrófono y celebrando juntas su arte y su conexión. El mural puede parecer provocador, pero, en definitiva, lo que parece un homenaje o un gesto de reconciliación termina siendo una representación que reproduce los mismos estereotipos que el feminismo y el movimiento lésbico llevan décadas cuestionando.

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