Julio Urdin Elizaga
Escritor

El campo de sentido de una realidad

No se puede negar a la tumba ser real o al menos el estar-ahí de su existir. Transfiriendo en parte el sentido de las opciones propuestas por un filósofo como Simon Blackburn al campo de la acción en una visión ciertamente cartesiana del «área del discurso y la convicción» por él mismo propuesta, cabría adoptar, como al menos así ha aparentado ser, una o varias actitudes opcionales frente a aquella. Una, la eliminitavista; otra más cercana, la del realismo; una más, considerada como constructivista; y, finalmente, la última por él denominada como quietista. 

En el primer grupo estarían quienes niegan por mor de la legitimación de los hechos una vez acaecidos su continuidad, propugnando su eliminación. En el segundo, más problemático, al parecer, a la hora de acceder al mismo, propugnaría la numantina defensa mediante una sosegada reflexión en torno a las medidas a considerar en el caso que nos trae. En el tercero, adoptado por la decisión concursal de dar una salida mirando hacia el futuro, se encontrarían quienes argumentando desde sus particulares visiones proponen la reforma constructiva del mismo. Y, por último, los cuartos, agrupando a la mayoría del pensamiento conservador instalado en la quimera de creerse desde siempre naturalmente pertenecientes a la élite del poder, con la anterior trofónica alcaldía (la de Maya) y cierta plataforma denominada de defensa patrimonial en cabeza, defendiendo el no hacer nada por respeto a la historia, a la estética, a la creencia y, sobre todo, a cierta deriva personal. 

No todas se tienen por qué dar en su prístina pureza pudiendo entremezclarse unas con otras en diferente y progresiva gradación. Al fin y al cabo lo real se constituye, filosóficamente hablando, en el efecto positivo que obra independientemente del pensamiento y de quien lo piensa (pues no en vano, llevado al extremo, el físico y filósofo Bernard d'Espagnat no duda definir al realismo como «la idea de que de una manera u otra debe existir algo que no depende ni de las capacidades cognitivas del hombre ni de lo que se decide medir a la vez que influye en el resultado de nuestras mediciones. A este algo es lo que llamo, al igual que el hombre de la calle, realidad independiente o, más brevemente, realidad»). Diríase, tal vez equivocadamente, ser la cosa en sí misma que adjetivada obra contra lo ilusorio, la posibilidad o futurible primando lo actual, la abstracción y lo nominal. Puesto que siendo real la «palabra» bien pudiera parecer engañosa, ya me dirán ustedes cuál habrá de ser el procedimiento para facilitar un mayor entendimiento entre las partes, situación agravada por una declarada ausencia de voluntad de conciliación en cada una de ellas siendo como es, que la realidad, para el quietismo imperante, se reduce a acatar el mero hecho acaecido y consumado. Y este algo, al parecer, es la cuestión que en la filosofía de Gabriel se contempla bajo la denominación de «campo de sentido», como ya tuvimos ocasión de tratar con anterioridad. («Los campos de sentido son el ámbito de aparición [de existencia] de los objetos», en glosario de la obra del autor alemán, Sentido y existencia). 

Una salida al contencioso requiere lo que es el atributo imprescindible de todo realismo: en expresión de Blackburn, hacer las cosas bien («hazlo bien, nos dirá, y luego habla de la verdad, la ontología, la realidad, los hechos...»). 

Añadiendo: «Justificar algo ante los iguales de uno no es necesariamente lo mismo que hacerlo bien. Conseguir que, se trate de lo que se trate –ciencia, historia, derecho, política o ética –, las personas ante quienes necesitamos justificarnos miren en la dirección debida y solo acepten algo cuando es probable que sea verdadero, es un trabajo político. Al igual que todo trabajo político, necesita esmerada protección». 

Y puesto que ya se sabe que política y poder dependen de un principio de autoridad en el mejor de los casos al menos por la mayoría aceptado, quizás no estaría de más, siguiendo al mencionado filósofo preguntarse por «¿cuál es la fuente de autoridad de una norma específica contra [el] creer?», a sabiendas de que lo que se juega en este contencioso no es una empírica cuestión mensurable sino todo un mundo de apasionadas creencias influenciadas por la terna poder-riqueza-sexo, tal y como es contemplado por Bernard Williams en el modo egoísta de percepción de un sofista como Trasímaco cualquiera. (Es de sobra conocido que lo importante en la filosofía del griego era, ni más ni menos, su defensa de la justicia siempre y en todo lugar supeditada al interés del poderoso. Cuestión de candente actualidad debido a recientes sentencias ejemplarizantes, y que en opinión de Ferrater Mora hace que sea digno representante del «realismo» tanto en política como en psicología, aunque si bien matizado por el hecho, tal y como es constatado por este filósofo español de origen catalán, de que «este realismo sea a veces la manifestación de un pesimismo sobre la naturaleza humana, la cual practica frecuentemente la injusticia; proclamando, además, que se trata de la justicia»). 

Así el campo de sentido de una realidad como esta del Monumento a los Caídos parece remitirnos a un absoluto cuyo precedente teocrático busca el perdón en forma de indulgencia. Quiénes en definitiva piden su supervivencia y el derecho a «existir» del mismo, del modo en que lo hacen, así también demuestran un fuerte desprecio al imprescindible cese de hostilidades previo a todo armisticio. Esta actitud viene representada fundamentalmente por la dialéctica argumentación mantenida entre «eliminativistas» y «quietistas». La realidad cotidiana que nos concierne, afectándonos directamente, sin embargo, poco tiene que ver con estas cuestiones. Resulta ser bastante más austera y hasta discreta en su necesidad inmediata, pero no por ello deja de estar influenciada por unos hechos y acontecimientos que dejaran huella física en la trama y entorno cercano. También como no podía ser de otra forma en el espíritu con el que asumimos la presencia de una doble ausencia en que consiste ser la mencionada Tumba: de los que estuvieron y de los que no dejaron estar. 


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