Antonio Alvarez-Solís
Periodista

El cinismo como ofensa

«¿Es violencia una huelga enérgica o una desobediencia civil masiva? No. Una huelga o una desobediencia civil significativa constituyen un modo de lenguaje cuando el poder ejerce una política no apta para la supervivencia digna de la mayoría social. Entonces ¿por qué esas huelgas y esas desobediencias son dificultadas, rodeadas de violencia oficial, forzadas a la renuncia de medios de expresión, satanizadas doctrinalmente hasta obligarlas a derivaciones radicales?»

Anota Ferrater Mora que Juliano el Apóstata establecía una distinción entre los verdaderos cínicos, a quienes hay que imitar por su recta vida moral, y los falsos cínicos, a los que hay que combatir por sus falacias y embrollos. Los grandes cínicos, desde Antístenes a Diógenes, predicaron la desnudez del pensamiento honrado; los otros se limitaron al insolente descaro. Pues ya situada, poco más o menos, la base escolar del cinismo veamos en cual de las dos categorías de cínicos situamos a doña María Dolores de Cospedal. Oigámosla en su alocución a los alevines de Nuevas Generaciones del PP reunidos en Toledo durante su XI Congreso. La Sra. Cospedal ha pedido «a aquellos que están tratando todos los días de inculcar violencia y agresividad» a los jóvenes, que les fomenten «la capacidad de pensar por ellos mismos, de decidir y expresarse libremente, pero no incitarles a la violencia».


Empecemos la tarea hermenéutica para analizar estas declaraciones a fin de saber qué hay en el fondo de este discurso de la Sra. Cospedal ¿Hay cinismo del bueno o hay cinismo del malo? La Sra. Cospedal ha añadido que es lógico que muchos jóvenes sufran una frustración evidente dadas las carencias que han de enfrentar. «Quieren trabajar y no encuentran empleo», añadió dolorosamente la secretaria general del PP. Pero «incitar a la violencia no vale para nada» ¿Entonces que es lo que vale? Subraya la dirigente que vale la rebeldía, el inconformismo, las ganas de superarse, la lucha por emanciparse… Ahora bien, «la violencia e incitar a la violencia no vale para nada».


Ya estamos llegando a Pénjamo. El resumen que puede extraerse de lo ya trascrito es que los jóvenes deben dirigir correctas instancias al Poder, súplicas a la superioridad; mostrar sus llagas sociales al Sr. Rajoy, por ejemplo, y decirle con tristeza: «Vea, vea señor presidente, que mal más grande». Pero con corrección, pues además un afiliado al PP sabe que el Sr. Rajoy, a imitación de su ancestro ideológico, que mantenía encendida durante la noche su lucecita del Pardo, ha prometido que viene ya el crecimiento. Será un amanecer magnífico para los supervivientes. Luego, se trata de ser un superviviente ejemplar. Los chicos de Nuevas Generaciones tienen, sea dicho de paso, una probabilidad muy alta de alcanzar con fruto esa supervivencia; es más, de lograrla brillantemente.


La cuestión, según los que hoy ocupan el Gobierno, es esperar sin violencia ¿Esa propuesta es cínica? ¿Y si es cínica, a qué clase de cinismo pertenece? ¿Estamos ante un cinismo reprobable? Parece que es evidente. La Sra. Cospedal debiera saber que solamente la violencia ha hecho avanzar la historia para las masas ¿Y por qué esa tremenda cosa? La respuesta surge de la más elemental exigencia lógica. Las clases dominantes de un Sistema nunca ceden su cruel poder si no se les empuja a salir de él, aunque lo tengan en minoría social. Es cínicamente falso que una mayoría popular que emplee sólo la palabra para alcanzar el futuro acceda a un mundo nuevo. ¿Quiere esto decir que uno haga apología de la violencia? Ni mucho menos. Lo único que uno trata es de establecer qué es violencia o qué no es violencia. Por ejemplo ¿es violencia una huelga enérgica o una desobediencia civil masiva? No. Una huelga o una desobediencia civil significativa constituyen un modo de lenguaje cuando el poder ejerce una política no apta para la supervivencia digna de la mayoría social. Entonces ¿por qué esas huelgas y esas desobediencias son dificultadas, rodeadas de violencia oficial, forzadas a la renuncia de medios de expresión, satanizadas doctrinalmente hasta obligarlas a derivaciones radicales? Parece claro que la reacción violenta del que pretende, si es que la hay, sucede a la acción violenta del que niega lo pretendido, teniendo en cuenta que el que pretende es ya mayoría social ¿Es violento que un pueblo requiera una consulta sobre su libertad? Pues, no. Es violento negar esa consulta, expresión máxima de la democracia. Por ejemplo.


¿Queda claro un silogismo tan sencillo? Pues si queda claro hemos de concluir que el cinismo de la Sra. Cospedal, al ensalzar la petición pacífica de las cosas cuando sabe que ese tipo de petición no es jamás atendida, es un cinismo ofensivo, desafiante, hiriente. Nada, pues, de admirar a la Sra. Cospedal como dama que, metida en un barril, predica la verdad ante una violencia que rechaza por inicua.


Y aquí debemos enganchar alguna consideración más sobre la violencia. Los jóvenes de hoy, como los restantes ciudadanos, no predican la violencia por cosas adjetivas. Esos jóvenes solicitan nada menos que un cambio de sociedad, que preferirían pacífico. Saben que la sociedad neoliberal es la culminación de un fascismo que hasta ahora era solamente un consorte suburbial de la burguesía antañona.


Ahora ese fascismo, repleto de violencia, con sangre e injusticia, dirige una tierra que ha vuelto inhabitable. Ese fascismo abre fuego cuando alguien postula la revolución de las cosas, que no quiere ser una revolución del choque sino de la sucesión. Los rebeldes franquistas, que asolaron bárbaramente el país, no permitieron que España viviera pacíficamente su revolución republicana, hecha de talento, voluntad y votos, sino que entraron con furia y destrucción por una realidad que pretendía que los españoles fueran otra cosa que grito, bayonetas y tristeza rural. Esos rebeldes no admitieron la realidad alcanzada por la palabra y las urnas. Declararon blasfemas las leyes e infame la palabra como herramienta de la razón. En esos rebeldes tiene sus raíces el partido que habita la Sra. Cospedal y que ahora apela a la obediencia constitucional, a la palabra inútil como única arma admisible, a la protesta inane de la juventud invitada al tomismo político, cuyas páginas severamente legales son marcadas para su consulta con policías, guardias civiles y jueces ¿Y eso va a cambiar aunque las urnas reventasen de sufragios contrarios? Esas urnas serían declaradas recipientes terroristas. De eso se quejan los jóvenes que no van a Toledo porque no quieren participar en el recuerdo del fascismo ni, ante la cerrada y terca realidad política, en la inutilidad de la palabra como única fuente de derecho nuevo


¿Usted, Sra. Cospedal, cree realmente que en el mundo actual funciona de verdad la libertad pensamiento como camino para cambiar el Sistema, la fuerza de la razón para crear nuevos esquemas, el peso de la ciudadanía que sufre para lograr una mínima confortabilidad, incluso la voluntad pequeña del necesitado que clama? No; usted no lo cree, porque el fondo del alma está habitado por aquellas emociones  indeclinables en que Platón halló la verdad y la justicia, el bien y la medida. En usted ha de funcionar ese fondo aunque practique con cinismo un catecismo de mantilla rica y breviario manipulado.


En ese fondo en que clama la exigencia moral reside el indeclinable mandato de la justicia que ustedes soslayan mediante unas normas con las que tejen la espesa red con que inmovilizar la libertad. Normas que han brotado de una violencia inicial y que luego se multiplican en mil normas más para juzgar los hechos libres como una forma de terrorismo. Frente a ello sólo queda la revolución para la paz. La santa ira.


S u cinismo, Sra. Cospedal, es deslumbrante. Habla usted del orden desde el más colosal desorden, de justicia desde la más aleatoria legalidad, de paz desde un horizonte plagado de amenazas, del horror a la pobreza mientras la fabrican de modo masivo y cotidiano, desde la esperanza para los que tienen hambre inaplazable, desde la libertad en un Estado plagado de máquina policial, desde el balcón del civismo a una multitud con el alma militarizada… Eso es cinismo del perverso, según Juliano el Apóstata.

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