Antonio Alvarez-Solís
Periodista

El ciudadano hueco

El autor remarca la falta de reflexión por parte del Gobierno español y sus terminales mediáticas tras los resultados electorales de Catalunya, y su «reflejo pavloviano» de tomárselo a burla con palabras como «fiasco» o «ridículo». Celebra el vertiginoso crecimiento de un soberanismo catalán que requiere un liderazgo compartido y compromisos explícitos para alcanzar sus metas. Si CiU no juega a un nacionalismo soberano encima de la mesa y a la connivencia con Madrid por debajo de ella, vaticina que las «alegrías» de Rajoy se desactivarán en breve.

Yo empiezo a dudar si bajo la piel de una serie de españoles, entre ellos no pocos escritores y periodistas, se aloja una verdadera estructura intelectual. Las últimas elecciones de Catalunya han reavivado en mi tal sospecha. Lo que se dice en tantos y tantos emails y columnas me empuja al desánimo. Una de las palabras de más frecuente empleo es la de «ridículo», aplicada al fracaso del Sr. Mas en su intención de lograr una mayoría absoluta mediante la reunión de una masa crítica para impulsar un Estado catalán. «Ridículo» es el sentimiento que se suscita cuando algo o alguien «mueve a risa por su rareza o extravagancia». La posibilidad del ridículo es lo que más teme el español. Cuando un español cae en la calle lo primero que hace no es cerciorarse si se ha roto la cadera sino comprobar si se está riendo el vecino del segundo. Y en este caso la risa española ha surgido a borbotones al sufrir un visible accidente electoral el Sr. Mas, aunque siga siendo líder del parlamento de Catalunya y su descalabro no resulte óbice para que la Cámara catalana se haya ampliado hacia la izquierda y el separatismo. Este hábito tan español, que funciona como un reflejo pauloviano, ha culminado en el Sr. Rajoy, que se ha referido al tropiezo del Sr. Mas como un «fiasco», palabra derivada del italiano y que equivale a algo así como conseguir «un mal éxito», de cuya contradicción se deriva la burla correspondiente.

Lo que impresiona más profundamente es que ante una situación tan embarazosa para los patriotas españoles y su Gobierno, como es el crecimiento vertiginoso del soberanismo catalán, los españoles no acierten a realizar, una vez más, una reflexión seria sobre el panorama político y tomen a burla el patinazo, repito que muy relativo, del Sr. Mas. Quienes hemos vivido y vivimos aún la política catalana nos temíamos sin muchas dudas este resultado electoral dada la desconfianza que los auténticos soberanistas catalanes, hoy comandados por el Sr. Junqueras, han tenido siempre acerca de Convergencia y su apéndice caudal Unió Democrática de Catalunya. En cierta manera esta desconfianza equivale a la que muchos soberanistas vascos tienen acerca del inconcreto nacionalismo que encabeza el Sr. Urkullu, lo que también le restó sufragios, pero el líder del PNV evitó en lo posible verbalidades excesivamente acusadas y personalismos recalentados a pesar de la incitante presencia en la calle de la izquierda abertzale. Los auténticos aspirantes a la libertad nacional vasca o catalana saben que el verdadero timón para gobernar sus aspiraciones está hoy en poder de Esquerra Republicana de Catalunya o de EH Bildu, pero rechazan un liderazgo autoritario, como ha subrayado en sus inteligentes y primeras declaraciones el  secretario general de Esquerra, Sr. Junqueras, que ha resumido su análisis en estas dos cimentadas conclusiones: que Convergencia «se ha equivocado en plantear al Sr. Mas como único líder» y que el president «ha perdido escaños porque no ha sido suficientemente explícito» acerca del programa social de Convergencia. Ahí, en estas dos cosas, ha de encontrarse la clave para enfocar los resultados de estas elecciones catalanas. Los catalanes y los vascos admiten mal a los seres mesiánicos y a los dirigentes poco claros, que juegan con el nacionalismo para prolongar una odiada estructura neoliberal. Los tiempos experimentan un rápido corrimiento hacia el rojo, como dicen los astrónomos, y los ciudadanos ya no soportan el expolio de su dignidad moral y de su seguridad económica.

Parece muy razonable pensar que los votos perdidos por Convergencia han ido a parar, al menos en número sustancioso por lo que respecta al sufragio joven, a Esquerra Republicana, con lo que la izquierda real, base en esta época del nacionalismo popular, se ha robustecido y puede proyectarse sobre el futuro como una fuerza innovadora del sistema social. Los nacionalismos epidérmicamente culturales y sin voluntad revolucionaria en lo económico y lo social marchan hacia su quiebra definitiva. Son nacionalismos tributarios al sistema imperante y denotan siempre un visible y escandaloso proteccionismo en beneficio de los poderes dominantes. Son nacionalismos de Estado. Como ejemplos relevantes de lo que afirmo está el nacionalismo español o el gran y radical nacionalismo norteamericano.

Tras las elecciones del pasado domingo se abre, pues, una puerta a otro modelo de funcionamiento político y social. Ocurre, sin embargo, que las masas soberanistas, que son las verdaderas protagonistas de ese nacionalismo que hoy aflora con fuerza en Catalunya, han de ser conscientes de que emprenden un camino duro y fatigoso que exige la permanente acción pública y una clara previsión de la sociedad que se desea. Los que decidan combatir en el marco de ese nacionalismo han de tener muy en cuenta que se trata de edificar una sociedad en que la posesión nacional de los bienes esenciales -como la banca, las energías, la administración del suelo, la educación y la sanidad, las asistencias sociales...- ha de primar sobre la doctrina que mantiene con una hiriente terquedad que esos bienes han de permanecer, para ser eficaces, en manos de una minoría crecientemente piramidalizada. Quien gobierna los sectores estratégicos, gobierna el mundo. Digo todo esto porque los partidos nacionalistas que están uncidos al neoliberalismo suelen arruinar, mediante la fatiga que genera la larga expectativa de las soluciones sociales, las esperanzas populares en una vida hecha de proximidades, con una moral activa y práctica y con un control político cercano. Nacionalismo y bienestar popular se certifican mutuamente. Quizá en el fondo a esta exigencia de claridad sobre cuestiones básicas que han de convoyarse por el soberanismo nacionalista catalán se refería el Sr. Junqueras cuando decía que la relativa derrota del Sr. Mas se debía a que el president no había sido «suficientemente explícito». Pero ¿podía serlo el Sr. Mas? Veremos como resuelve las relaciones con el nacionalismo sin careta que representan Esquerra y otras formaciones soberanistas. Por parte de estos partidos hay, según se aprecia en sus declaraciones, una decidida voluntad de aunar fuerzas aunque conlleven compromisos propios de toda época de transición. Las bases del nacionalismo soberanista han de persistir firmes en su decisión de alcanzar el final del camino.

Lo positivo en estos momentos es que la cámara catalana va a contar casi con dos tercios de diputados imbuídos de la necesidad de abrir una senda nacional catalana para abordar sus problemas, crecientemente complicados en el marco del Estado español. Las alegrías del PP de Catalunya y de sus irrisorios aliados quedarán desactivadas en un periodo breve de tiempo si Convergencia no insiste en jugar a nacionalismo soberano encima de la mesa y a connivencia con Madrid debajo de ella. Lo que parece indiscutible es que el Sr. Rajoy y su gente han de enfrentarse a partir de hoy a una situación muy compleja y contradictoria. Posiblemente esto último se adivina en las declaraciones más prudentes del Sr. Rajoy cuando advierte de su voluntad de atender económicamente a Catalunya obviando el gran suceso nacionalista catalán ¿Se empieza a hablar de precio? Se lleva ya mucho tiempo discutiéndolo. Pero el resultado de las elecciones está ahí y no parece que una manipulación urdida en la sombra pueda desactivar la gran esperanza catalana. Por último, va a ser muy difícil que el Sr. Rajoy pueda apagar ese fuego que alimentó en la vieja España del simplismo patriótico. Y queda la cuestión de una Europa expectante ante el nuevo aldabonazo nacionalista.

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