Antonio Alvarez-Solís
Periodista

El patriotismo de los piojos

Media docena de datos, fundamentalmente económicos, para poner el basamento primario al comentario que sigue. Porque «primum vivere deinde philosophari».

Sesenta y dos personas reúnen en este planeta una riqueza valorada en un billón setecientos sesenta mil millones de dólares. Poseen un cuarenta y cuatro por ciento más de riqueza que hace cinco años. Los super-ricos tienen 7.600 billones de dólares en paraísos fiscales. Por el contrario, el aumento de la productividad  neta del trabajo, una base importante de esas fortunas, no ha tenido ni mucho menos reflejo equivalente en el salario medio, de lo que son principales muestras Estados Unidos y, ahora, China. Una de cada nueve personas se va mortalmente hambrienta a la cama en un mundo donde un tercio de los alimentos son destruidos sobre todo por no envilecer los precios de estas materias estratégicas.

Ahora, toca a España. Veinte personas acopian en España 115.100 millones de dólares. Somos el segundo país de Europa donde más ha crecido la desigualdad social. El patrimonio  de la minoría poderosa se incrementó en un 15% durante el año 2015, mientras la «riqueza» del 99% más pobre cayó un 15%. En España el 85% del esfuerzo fiscal recae sobre las familias --IVA, impuestos indirectos, tasas-- en tanto la fiscalidad sobre el patrimonio, la riqueza o el capital es casi nula. La inversión española en la Unión Europea menguó en un 15% durante el último ejercicio, cuando la inversión en paraísos fiscales, que no es productiva, creció en un 2000%. Este último tipo de inversión creó 296 puestos de trabajo, frente a los 58.000 que fueron creados en Latinoamérica mediante las especulaciones financieras españolas. Finalmente, en tanto las remuneraciones de los altos ejecutivos de las empresas del IBEX35 han crecido en un 80% el salario de los trabajadores cayó un 1,5%. Dato para le reflexión en estos días que podría formarse un gobierno de izquierda (recemos los creyentes y los agnósticos a Santa Rita): en tanto que en 2007 había 10,7 millones de ciudadanos (echémosle nobleza al lenguaje) en situación de pobreza y exclusión, en 2014 aparecían en tal contabilidad 13,4 millones de personas, equivalente al 29,2 por ciento de la población.

Frente a todo ello el Sr. Rajoy aspiraba patéticamente a una nueva legislatura para no malograr, según clama una y otra vez, las mejoras económicas conseguidas en los dos últimos años. Por su parte el gran patrón del empresariado, Sr. Rosell, solicita con urgencia un gobierno estable –evidentemente del Partido Popular– que «avance en las reformas emprendidas y acometa otras nuevas y necesarias.» Sin temor a mención equivocada el Sr. Rosell habla de vigilar y disminuir  aún más los salarios, de suprimir la vigencia de los convenios colectivos,  de reforzar el «orden público» para conservar la estabilidad –¿de qué partido será la estabilidad?–, de agilizar el despido, de reforzar el soporte gubernamental a las grandes corporaciones económicas que viven de la sed o la oscuridad del pueblo, de sostener con fondos públicos unos bancos prácticamente en crisis, de sustraer medios a la seguridad social para enfrentar una deuda incontrolable, de recortar agónicamente el llamado «Estado del bienestar»… En fin, una dinámica que me recuerda los famosos planes de desarrollo de Franco, de los cuales sólo sobrevivió, si la memoria no me es infiel, una fábrica de tetinas para biberones.

En fin, todo esto es sabido, menos por unos millones de españoles que creen que el diablo se entretiene destrozando la gran obra redentora de un empresariado inocente y de unos políticos que han convertido la corrupción en Sistema y la estadística en un lenguaje «global». Todo ello exaltado por un periodismo que ha amortizado sus organismos de ética y que esparce una cínica información sobre las virtudes de unos dirigentes sociales que realmente han divido el poder entre unos parlamentos de papel pintado y unos organismos internacionales encargados de dar el brochazo final a leyes, disposiciones e iniciativas que han convertido las soberanías nacionales en un carnaval infame. Desde la Casa Blanca –protagonista preferente de la tragedia neofascista que vivimos– y desde los organismos globales el llamado pensamiento libre se ha convertido en una salmodia de delincuentes.

Lo que me asombra es que partidos con la posibilidad de denunciar –al menos de denunciar– el patíbulo en que nos desangra el neocapitalismo, que ha limpiado ya de «desleales» su propia retaguardia –¿dónde están aquellos capitalistas norteamericanos del pragmatismo que convirtieron el dinero en una fuente de ética?–; lo que me asombra en cierta manera, repito, es que los partidos que han recogido la antorcha de la democracia en una calle recuperada para la sociedad, sean ahora tan reticentes en edificar una unidad clara y contundente que nos lleve al menos hacia un intento de libertad. Unos partidos que debieran estar anudados desde el principio con una calle que sufre una dramática orfandad de poder. Si el estudio de la historia no estuviera tan degradado habría líderes que denunciarían el invento letal de la Transición como herramienta para retroceder nuestra existencia hasta el siglo de la Restauración. Una Restauración ahora sin Cánovas, sin Sagastas, sin la elegancia de formas que tuvo la nacida en el último tercio del XIX. Una Restauración sin «legitimidad» monárquica, como nacida de un muerto, y con líderes que llegan desde geografías morales hechas de sueños bastardos.

Pienso si no sería la hora de los ancianos, que conservan la memoria de una República que deslumbró a sus padres. Observo la riada de juventud en el nuevo Parlamento que amedrenta a los “mercados” e imagino que en ese Parlamento falta el partido de la Ancianidad Republicana que sirva de argamasa para unir a la generación de jóvenes que, según ciertas señoras de la vieja España, llegan a los escaños repletos de piojos. Necesitamos restaurar la República amortizada en el congelador político para no seguir comiendo de lata. Y en ese punto escucho la voz marginada de muchos ancianos consignados en la ruralía canónica o que consumen su indignación en encuentros marginales. Ancianos en los que vive la memoria vital de muchos muertos. Ancianos que sirvan para que los demás sirvan ¿Sueño es éste que ahora sueño? Pues quizá sí. Pero los sueños no pueden ser pervertidos por los mercados.

Sí, es hora de escarbar en la estadística hasta dar con las cifras reales de un sufrimiento pasmado. España no puede ser Rajoy, ni Felipe González, ni el resucitado Alfonso Guerra, ni José María Aznar, ni la turba de mediocres que buscan, y hallan, cotufas en el golfo. España no puede redimirse con un tricornio o una mitra y la limosna de un banquero. España ha luchado varias veces por llegar a la tierra prometida, pero ¡maldita sea!, cuando la avista baja la bolsa, hecha de suspiros caribeños. Ahora toca que los piojos ocupen sus escaños Ahora toca que los jóvenes ocupen sus escaños y reclamen la libertad de todos aunque lleguen vestidos como los que tomaron la Bastilla. Pero, por los clavos de Cristo, no dejen en esta ocasión que vuelvan a cerrarse las aguas cuando, dispuestos a transitar por el milagro, por fin podemos redimir a los a piojos de su cautividad constitucional.

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