Nora Vázquez
Jurista y sanitaria

El peso de la espera en la sanidad pública

Las listas de espera en Osakidetza no son solo números en un informe, áridos y distantes; son un murmullo que persiste, un eco que reverbera en los hogares, que resuena en los pasillos de hospitales de paredes blancas y aire viciado, donde el tiempo parece haberse detenido en una espera infinita. Según el Ministerio de Sanidad, a junio de 2024, la espera media para una operación en Euskadi es de 61 días, y para una consulta con el especialista, 49. En Gipuzkoa, donde 32.000 personas aguardan un diagnóstico y 8.500 un quirófano −cifras oficiales de julio de 2024−, esos días se convierten en un calendario de ausencias, en una cuenta atrás que no encuentra su fin. Hay quienes cargan meses con un dolor sin nombre, una mujer que espera seis meses para ver al oftalmólogo, un hombre que teme que su corazón se rinda antes de los 90 días que le han dado para cardiología. Son cuerpos en suspenso, vidas que se resquebrajan en un silencio que oprime.

El periplo del paciente comienza en el ambulatorio, ese rincón de luces tenues y sillas gastadas donde la administrativa, con ojos exhaustos de haber visto demasiadas historias, entrega una cita para dentro de tres días, o seis, o más, según el barrio o la ciudad. Luego aparece el médico de cabecera, hombre o mujer de bata blanca, que escucha con el tiempo en contra, anota síntomas y deriva a pruebas. Después, la espera al especialista: 80 días en Gipuzkoa para consultas externas, un plazo que en traumatología −con 5.819 personas en lista− se alarga como una sentencia. Y si hay que operar, otros 50 días de media, aunque los quirófanos, con sus 4.984 camas en la red pública y 221 en UCI, no siempre dan abasto. En otros territorios, el paisaje varía: Madrid opera en 65 días según datos regionales de agosto de 2024, Extremadura en 181 a junio de 2024, tiempo sigue siendo un lujo que no todos pueden permitirse.

Al otro lado del cristal, los sanitarios enfrentan una lucha sin cuartel. En ese hospital, una enfermera llega al alba, con el café temblando en la mano y el peso de la noche en los hombros. Junto a ella, un celador empuja camillas con gesto callado, un médico repasa historiales con la urgencia de quien sabe que el día no tendrá fin. La jornada es un torbellino: 20 pacientes en cuatro horas, urgencias que se cuelan sin aviso, un ordenador que falla como un mal presagio. Osakidetza cuenta con 35.556 trabajadores −dato de 2018, el último disponible−, pero faltan manos: 52 especialidades médicas y tres de enfermería en déficit, según el Gobierno Vasco. En 2025 se jubilarán 234 médicos y 167 enfermeros, y el relevo no llega para una población que envejece y demanda más. Los sanitarios preparan quirófanos, sostienen esperanzas, consuelan miedos, y sienten que el sistema los traiciona tanto como a quienes cuidan. Las guardias son eternas, las bajas no se cubren, y las agresiones −como la del 23 de enero de 2025 en Basurto− se han vuelto un ruido de fondo que nadie acalla.

El problema no es solo de números, sino de alma. La sanidad pública, ese pilar del bienestar que debería ser refugio, se tambalea bajo el peso de una gestión que no alcanza. Hay servicios que maman del dinero público y no rinden cuentas: empresas privadas que absorben derivaciones, pero las listas no menguan. Hay contratos opacos, algunos que prometen innovación y entregan poco, burocracias que engullen recursos mientras los pacientes cuentan días y los sanitarios, horas de sueño. Es un desvío silencioso, una hemorragia que nadie detiene.

Sin embargo, hay soluciones que asoman, tímidas pero posibles. Reforzar la plantilla es urgente: no basta con promesas de oposiciones si los sueldos no compiten con los de Europa. Hacen falta incentivos, formación acelerada, contratos dignos. Y transparencia: auditar cada euro que se va a la privada, exigir resultados, devolver esos fondos a lo público. Tecnología también: sistemas de triaje digital que agilicen citas, quirófanos robotizados que multipliquen las manos de los cirujanos. En Cataluña han reducido esperas con unidades móviles de diagnóstico; aquí podrían probarse. En Navarra, la colaboración entre centros públicos ha mantenido las consultas externas en 49 días, la cifra más baja del Estado. En Euskadi, podrían probarse estas fórmulas: unidades móviles en zonas rurales, consultas de alta resolución en hospitales como Cruces o Donostia, quirófanos vespertinos y una plataforma digital que coordine citas y evite duplicidades.

Y escuchar: dar voz a los pacientes, que no sean solo números, y a los sanitarios, que no sean solo máquinas.

Porque esto no es un balance contable, es una herida humana. Cada día de espera es un pedazo de vida que se escapa: una madre que no juega con sus hijos, un anciano que no pasea, una enfermera que llora en el coche al salir del turno que la ha exprimido hasta el tuétano. En los laboratorios, un técnico de análisis clínicos escruta muestras con el corazón en vilo, sabiendo que cada retraso es una verdad que no llega; en rehabilitación, un fisioterapeuta lucha contra el tiempo mientras los músculos de un paciente se marchitan, vencidos por una espera que no perdona. Un técnico de radiología ajusta máquinas con la certeza de que cada imagen tardía es un diagnóstico que se desvanece. Esas heridas no brotan en la carne, pero desgarran el espíritu, y quienes las padecen −pacientes y sanitarios por igual− cargan con una losa demasiado pesada.

La sanidad pública no es un lujo, es una promesa de dignidad, y cuando falla, falla el pacto mismo de una sociedad. En esas listas de 23.157 personas para quirófanos y 128.753 para consultas en Euskadi, hay algo más que estadísticas: hay un grito sordo, una súplica por recuperar el tiempo perdido.


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