Antonio Alvarez-Solís

El príncipe que todo lo aprendió en los libros

¿Cómo es posible que los periódicos, los de aquí y los de allá; las televisiones, las de aquí y las de allá, dediquen espacios preferentes para hablar del viaje del Sr. Rivera a Venezuela?

Es un viaje patético que demuestra que la política grande no se puede dejar en manos de muchachos que no saben qué hacer con sus palabras carentes de eco; palabras sin inteligencia que únicamente sirven de alfombra ornamental a los zapatones del poder. Cuando el Sr. Rivera se reunió con los señores Zapatero y García-Margallo –curiosa mezcla de espumas– para preparar su viaje a Caracas, adquirió una imagen de irrelevante becario en busca urgente de alguna tesis sustancial que mantener ante un público español que supuestamente permanecía expectante. Pero solo logró producir un ruido de palabras huecas surgidas de su tambor de hojalata. Todo lo que dijo se escapó «como agua entre las manos». Quiso enfrentarse a Maduro como el «Príncipe» de Benavente se enfrentó al Ogro. Y pensó también, supongo, como en la infantil escena: «Nada me asusta. Sé que he de someterme a muy duras pruebas. Todo he de arrostrarlo. Yo sé que me espera la felicidad». En tiempo de mis abuelos se cruzaba el océano para hacer noblemente las Américas con esfuerzo admirable y discreción profunda; al parecer, ahora se cruza el charco para ganar allá votos ruines aquí, en las Españas. En este sentido medite el Sr. Albert Rivera si no es él, precisamente él, quien está embolsando ahora, con un discurso licencioso y burdo, con una actividad de corrupción política, la ultrajante ayuda de venezolanos con un pasado torvo tantas veces, cosa que no han hecho en modo alguno los acosados líderes de Podemos que, todo sea dicho, han sido exonerados tres veces ya por el Tribunal Supremo español de haber percibido ayuda financiera corrupta por parte del Gobierno bolivariano. ¿Quién es, pues, en definitiva el corrupto cierto?

Y ahora vayamos a los dislates, al menos los principales, del líder de Ciudadanos y a la confusión de confusiones que enturbia su cabeza. Por ejemplo: ¿Quién es usted, Sr. Rivera, para decir a los que durante más de doscientos años han esquilmado al pueblo llano y, principalmente, a la población indígena de Venezuela, que «cuenten con España» para su liberación? Ni el rey, ni el desmantelado jefe del Gobierno en funciones, ni la Mesa del Parlamento, se han atrevido a protagonizar tamaño disparate. Solo un chiquillo con raíz franquista en su pensamiento se atreve a desconocer la democracia hasta el punto de alzar una voz radicalmente autoritaria que convierte a España en propiedad personal.

Es más ¿con qué españoles cuenta usted, Sr. Rivera, para definir lo que es un proceder democrático en Venezuela o en cualquier otro sitio? Seguramente con aquellos que siguen pensando, como usted clamó en Caracas, que el modelo político a seguir por los venezolanos es el de la Transición española con sus «cesiones, generosidad y diálogo». Pero, vamos a ver: ¿quién le explicó a usted ese cuento de las perfecciones logradas tras la muerte del Genocida, que no han conducido a España más que a ser el protagonista europeo de la desigualdad social, el número uno en corrupción y el marco más evidente de un desmantelamiento laboral que nos ha llevado a que el 29% de los españoles esté en riesgo de pobreza y exclusión?

La Transición fue una maniobra siniestra que imposibilitó la instauración de las verdaderas libertades –¿o acaso no siguen siendo eliminadas las libertades residuales con herramientas como la ley mordaza?–, que permitió los «desagües» del Estado como cauce de cien tropelías de cariz fascista –aún están por analizar, utilizando el concepto de derechos humanos, la acción asesina de Vitoria, el crimen de Atocha…–, que malvendió sospechosamente gran parte de su infraestructura industrial –recordemos la política, aún por juzgar, de Miguel Boyer– que arruinó el resurgimiento de una vieja tradición sindical –con ese pesar se fue al otro mundo la honrada figura de Marcelino Camacho–, que destruyó el republicanismo del Partido Comunista mediante la mano de Santiago Carrillo, que dejó el verdadero poder a los pies de unas fuerzas armadas que acabaron por despedazar la majestad de la Corona con la sublevación del 23F…

¡Usted qué sabe de la Transición! A usted, Sr. Rivera, le leyeron un catecismo parroquial y familiar, adaptado a las necesidades del negocio, que ahora luce ante un pueblo venezolano al que no dejaron respirar durante siglos sus caciques, que quieren volver a la vieja verbena del dinero con que crearon su propia y nutritiva deuda exterior mediante la expatriación desvergonzada de sus beneficios. Sí, Sr. Rivera, usted ha decidido hacer del pregón del «sufrimiento» de quienes fomentaron la vejación laboral, una fiesta irresponsable; de los que evitaron cualquier esfuerzo en su turno para convertir a Venezuela en una estructura rica y honesta, poblada de una ciudadanía insertada en la modernidad. Usted no sabe nada de nada porque le leyeron una historia falsificada desde el principio.

Sr. Rivera, usted ha afirmado, frente a un mundo que sufre dolores increíbles, «que si no hay derechos humanos no hay democracia». Y lo ha dicho frente a una nube de ricos y aspirantes a serlo nada más llegar desde España, asomada al drama terrible del Mediterráneo y donde veinte personas tienen tanto dinero como el 30% de la población. ¿Dónde están escondidos los furtivos derechos humanos en una España en donde el 41% de sus habitantes no puede irse de vacaciones fuera de casa –o sea, ahí mismo– ni una sola semana? Ya ve usted, Sr. Rivera, que no me pongo dramático y hablo de las vacaciones casi con un alma capitalista, que Dios absuelva. Pues bien, venido de España usted habló como si fuera a liberar con su discurso a un país que se ha quedado sin combustible, recurso fundamental de Venezuela –eso sí, mediante la manipulación norteamericana del petróleo–, que anda sin alimentos –ni con modo de traerlos desde el interior por falta de transporte–, que es, pese a todo, una «dictadura» que permite las elecciones libres en el marco de una prensa controlada, bajo la presión del Comando Sur norteamericano, con restricciones para su comercio exterior de materias primas…

Hala, Sr. Rivera, a ponerse el turbante de Lawrence de Arabia y a cabalgar por las tierras árabes para enfrentarse esta vez al rey sunita y al sultán turco, como entonces. Hay que proteger a los sirios, a los irakíes, a los kurdos, a los palestinos, porque sin derechos humanos, como usted ha subrayado, no hay democracia, aunque usted, la verdad sea dicha, ha ido a Caracas no «a hacer distinciones entre los que están a favor del régimen (el régimen era la palabra preferida de Franco ¡ay, ese subconsciente!) y los que no», sino a dar de comer al hambriento, que debe ser la primera preocupación de un cristiano. Y usted ha ido a visitar a cristianos, no a niños musulmanes que buscan entre las ruinas producidas por los «mercados» ni a moderados adultos creyentes en Alá. Usted estaba destinado a la aventura paulina de salvar a los venezolanos, facilitarles papel higiénico y constitucional restaurar y, si es posible, conseguir un acta por Lugo. Así que me uno a su grito al marcharse de Caracas: ¡Viva España! y ¡Viva Venezuela! Y los feos que hagan los «recaos» de noche.

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