El tren que el Cantábrico merece: un grito colectivo desde Euzkadi, Cantabria, Asturias y Galicia
Si hay algo que une a las gentes del Cantábrico, más allá de la brisa salada y el verde que no se acaba, es esa sensación de que Madrid nos mira como quien hojea un libro viejo: con desdén, como si fuéramos un apéndice prescindible de la península. El ferrocarril, ese invento que debería ser sinónimo de progreso y cohesión, es aquí una metáfora de abandono. En un conversatorio reciente con Sergio Sanzo, asturiano de pura cepa, y Xabier Grandío, gallego con la claridad de quien conoce su tierra, desgranamos la deuda histórica del Estado con el norte. No es solo una cuestión de raíles oxidados o trenes que parecen sacados de una película de Berlanga; es una cuestión de dignidad. Asturias, Galicia, Cantabria, el País Vasco... merecemos un corredor del Cantábrico que no sea un PowerPoint eterno, sino una realidad palpable. Un ferrocarril que nos conecte como cercanías, como media distancia, como larga distancia. Un ferrocarril que sea nuestro.
Cercanías: el pulso diario que no llega
Empecemos por lo básico, por el pan nuestro de cada día: las cercanías. Sergio, desde Asturias, lo clava con esa mezcla de indignación y sentido común que tanto escasea. En el triángulo Gijón-Oviedo-Avilés, el tren es un chiste malo. Frecuencias que parecen pensadas para que nadie las use, material rodante que cruje como si llevara un siglo en servicio y tiempos de viaje que hacen que el coche, aunque sea caro y contamine, termine siendo la opción por descarte. ¿Quién se sube a un tren que tarda 45 minutos en hacer 30 kilómetros? Y no hablemos de las cuencas mineras, donde el ferrocarril es casi un mito, una reliquia que conecta más con el pasado industrial que con las necesidades de hoy. Sergio lo dice sin rodeos: queremos trenes que sirvan a la gente, que permitan a un estudiante ir de Mieres a Oviedo sin perder medio día, que den a los trabajadores de Avilés una alternativa real al atasco matutino.
Xabier, desde Galicia, no se queda atrás. En Eixo Atlántico, las cercanías son una promesa incumplida que nunca se materializa. Los trenes son escasos, los horarios un rompecabezas y la integración con autobuses o transporte urbano, una utopía. ¿Cómo es posible que un trayecto entre Ferrol y Ribadeo tarde más del doble en tren que en coche particular? Xabier lo tiene claro: no queremos trenes para postureo, queremos un servicio público que funcione, que conecte las ciudades gallegas con sus periferias, que permita a un vecino de Ferrol ir a Santiago sin planificar el viaje como si fuera a la Luna. Y no es solo una cuestión de comodidad; es una cuestión de justicia social. El tren de cercanías es el derecho de las personas a moverse sin depender de un coche que no todos pueden permitirse.
Yo, desde mi rincón, lo veo igual: las cercanías en el Cantábrico no son un lujo, son una necesidad. Queremos trenes que unan Oviedo con Llanes, Vigo con Ourense, Santander con Bilbao, con frecuencias que respeten los ritmos de la vida real. Queremos que el ferrocarril sea el latido de nuestros territorios, no un recuerdo de lo que pudo ser.
Media y larga distancia: un corredor que no llega
Si las cercanías son el pulso, los trenes de media y larga distancia son las arterias que deberían bombear vida entre nuestras regiones y más allá. Pero aquí, el diagnóstico es aún más sombrío. El corredor del Cantábrico, ese proyecto del que se habla desde los tiempos de Fraga, sigue siendo un espejismo. Sergio lo resume con una frase que duele por su verdad: «Feve es un tren de juguete». Vías de ancho métrico, velocidades que no superan las de una bicicleta bien engrasada y una infraestructura que se cae a pedazos con cada temporal. ¿Es esto lo que merecemos? Un viaje de Gijón a Santander que dura más que un vuelo a Londres. Un trayecto de Oviedo a Ferrol que parece una expedición transcontinental.
Xabier, desde Galicia, pone el dedo en la llaga: la media distancia entre Ferrol y Oviedo es un desastre. Los trenes son lentos, las conexiones escasas y los precios, un insulto para quien no tiene otra opción. ¿Dónde está la modernización prometida? ¿Dónde están los trenes que deberían unir Galicia con Asturias en menos de tres horas? Y no hablemos de la larga distancia. Ir de Vigo a Oporto es una odisea que requiere más paciencia que un monje tibetano. Xabier lo dice con claridad: queremos trenes que compitan con el avión, que hagan que un viaje a Bilbao o Barcelona no sea una aventura épica.
Yo añado mi granito de arena: el corredor del Cantábrico no es solo una línea en un mapa, es una deuda histórica. Mientras el AVE cruza la meseta a 300 km/h, nosotros seguimos con trenes que parecen pedir permiso para avanzar. Queremos un corredor que conecte Bilbao, Santander, Gijón, Avilés, Ferrol y Vigo con trenes modernos, rápidos y fiables. Queremos media distancia que no nos obligue a mirar el reloj cada cinco minutos y larga distancia que nos saque del aislamiento, que nos lleve a Madrid, a Lisboa, a Europa, sin sentir que estamos pidiendo un milagro.
Un norte unido por los raíles
Lo que Sergio, Xabier y yo compartimos no es solo una queja; es una visión. El ferrocarril en el Cantábrico no es solo un medio de transporte, es un símbolo de igualdad. Es la posibilidad de que un asturiano de Cangas del Narcea, un gallego de Lugo o un cántabro de Torrelavega vivan con la misma dignidad que un madrileño o un barcelonés. Es la oportunidad de revitalizar nuestras economías, de atraer turismo, de impulsar el comercio, de dar vida a nuestras universidades y nuestras industrias. Pero, sobre todo, es una cuestión de justicia. El norte no puede seguir siendo el patio trasero del Estado.
No queremos más promesas vacías, ni planes quinquenales que se olvidan en un cajón. Queremos que Renfe, que Feve, que el Ministerio de Transportes escuchen a las gentes del Cantábrico. Queremos que entiendan que no estamos pidiendo favores, sino exigiendo derechos. Como dice Sergio, el tren es el futuro de Asturias. Como dice Xabier, el tren es el alma de Galicia. Y como digo yo, el tren es la columna vertebral del Cantábrico. Porque, al final, el norte no se conforma, no se calla, no se rinde. El norte se mueve. Y lo hará, con o sin raíles, pero mejor si los ponemos nosotros.