Carmen Anaut y Jesús Valencia

Eskerrik asko, Zimarro

Para quienes descendían del autobús, tras una noche larga y mal dormida, resultaba gratificante encontrarse con el saludo madrugador de aquel hombre solidario.

Lo llegamos a conocer personalmente. Como es fácil de suponer, fue en una concentración a favor de nuestros presos políticos y de la mano de un amigo común, padre de un encarcelado. Teníamos ganas de saludarle y darle un abrazo que le trasmitiera el respeto y reconocimiento que le profesábamos. Habíamos escuchado muchas referencias suyas y todas ellas elogiosas.  

La impresión que nos produjo aquel encuentro se correspondía con la imagen que de él nos habíamos forjado. Sólo un hombre de pueblo consciente y comprometido podía protagonizar la epopeya, humilde y admirable, que Zimarro estaba ejecutando. En las horas tempranas de cada sábado de todas las semanas del año, aquel hombre llano llegaba con puntualidad a la cita que él mismo se había impuesto. La dispersión la habían diseñado gentes ruines; pero esperar la llegada del autobús que transportaba a los familiares desde Euskal Herria era decisión suya. Y así desde aquel 1987, fecha en la que la sañuda política penitenciaria había aventado a nuestros presos hasta la cárcel de Sevilla.

Para quienes descendían del autobús, tras una noche larga y mal dormida, resultaba gratificante encontrarse con el saludo madrugador de aquel hombre solidario. Eso es, al menos, lo que relatan cuantos se beneficiaron de aquel gesto amigo. No les hacía grandes ofertas pues no era una persona de grandes recursos. Su espera fiel y su disponibilidad para lo que hiciera falta eran suficientes. Cuando lo políticamente correcto es despojar a nuestro presos de su perfil político, Zimarro les reconoció siempre aquella identidad; cuando una absurda higiene democrática pide alejarse de los familiares de los presos, él se enorgulleció de ser su amigo; cuando se nos trata como turba de apestosos, el solía viajar a Euskal Herria para dejarse contaminar de la dignidad que encontraba en nuestros entornos; cuando el internacionalismo corre el riesgo de diluirse en beneficencias cosméticas, él se reafirmaba en sus convicciones de auténtico revolucionario.

Querido Zimarro, nuestro pueblo cultiva una sensibilidad que muchas veces se le niega. Los presos, sus familiares y mucha gente de bien agradecimos en vida tu solidaridad; la recordaremos siempre como un ejemplo a imitar. Eskerrik asko.

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