Josu Iraeta

España, un barco a la deriva

En los últimos días se observa en el ambiente social y político lo que podría definirse como síntesis o corolario efectivo del postfranquismo. Una situación que se dice superada desde décadas, pero que el día a día se empeña en mostrar que no es cierto.

Un observador medianamente acostumbrado a la sana costumbre de unir mesura a la objetividad sabe que por increíble que en otras latitudes pudiera parecer, en el contexto político del Estado español, la virulencia que propicia la convulsa e interesante situación actual viene motivada por el cese de la actividad armada de ETA, y la sentencia de la Gran Sala del Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) de 21 de octubre de 2013 sobre llamada «Doctrina Parot».

Las derivaciones que a partir de esta nueva realidad están escenificando unos y otros muestran el temor al cambio, a perder posiciones ya consideradas de «raigambre» y se mueven, mucho, y lo hacen con todo lo que tienen para evitarlo.

En esta interesante coyuntura, a quienes llevamos mucho tiempo caminando por los ingratos paisajes que sufren todos los pueblos que buscan el ejercicio de su libre determinación, hace que instintivamente situemos nuestra vieja brújula en coordenadas ya de antes conocidas, así conseguimos no mezclar adversarios y enemigos. Siempre es importante.

Es así como a lo largo del tiempo hemos aprendido que el esfuerzo tranquilo pero perseverante que siempre debe acom- pañar a los recursos de la argumentación en ocasiones cede el paso a una fascinante densidad sentimental, en la que lo verídico puede ser sustituido por la superior impresión de lo auténtico. Son situaciones delicadas.

Con mucho coste, pero algunos hemos llegado al día de hoy con la cautela de quien sabe que es vecino de España, un país sin rumbo. Otros lo han hecho con la alegría de quien disfruta de las virtudes calóricas e iluminadoras de un incendio que aun no siendo propio reconforta y alumbra como nunca.

Unos hemos aprendido de los riesgos de las frías tinieblas, otros, nerviosos y asustados, cantan la aurora que contiene todo crepúsculo...

También los hay quienes tratando de ganar tiempo al tiempo están obligados a rectificar, intentando actualizar su discurso, buscando evitar caer en ese espantoso final colectivo, que no es otro que el precio a pagar por el largo amancebamiento político. Otros hemos sabido percibir las trampas que desde ese mundo nos han ido presentando.

No es difícil comprender la existencia de diferentes, también antagónicas razones, profundas todas ellas, en el debate sobre la reforma de los Estatutos y la Constitución. En el ser del debate, lo políticamente cierto reside en establecer si de lo que estamos hablando es de desarrollar un proceso más o menos profundo de actualización de la Constitución, o por el contrario el objetivo es maquillar el régimen.

Ya centrados en el núcleo del debate, este no puede presentarse como los intereses de las fuerzas políticas españolas lo están exponiendo, porque es falso. La falsedad reside en que se sitúan en un lado los «demócratas» que creen posible y necesaria una modificación de la Constitución, poniendo en el otro a los «tradicionalistas» que consideran ese texto decididamente intangible.

Esto es una trampa. El debate debe darse entre, por un lado, quienes consideran que existe una nación española como pluralidad de ciudadanos, ante un texto que es modificable solo por ellos, y por otro, quienes concluimos que la situación actual ha caducado definitivamente y es necesario dar paso a una pluralidad de naciones que, en el ejercicio de una soberanía sin interferencias externas, deciden su propio modelo organizativo.

No se trata pues de un debate entre reformistas e inmovilistas, es otra situación muy distinta. Debe darse curso a la palabra, medir las razones, argumentar con serenidad. En estas circunstancias es poco recomendable y escasamente inteligente manipular emocionalmente a la opinión pública, con la utilización narcótica de un tremendo y exacerbado apoyo mediático.

Lo verdaderamente democrático es una situación en que se presente a los ciudadanos claramente lo que se pretende, respetando su derecho a conocer las intenciones de todos, también la de quienes pretendemos con toda legitimidad ejercer el derecho natural a decidir nuestro futuro.

En el Estado español, nadie puede negar la realidad, somos pueblos diferentes, separados en distintos Estados y cuya unificación nacional resulta verdaderamente compleja. La evidencia está en que todos tenemos cami- nos por recorrer que nos deben conducir al éxito.

Ese éxito no es utópico. No es necesario remontarse excesivamente en el tiempo, existen claras realidades que sirven de ejemplo, basta mirar con envidia, cómo el 24 de mayo de 1993, Eritrea consiguió su independencia mediante consulta popular, logrando por tanto modificar sus fronteras. Sin olvidar que en un horizonte no lejano, seremos testigos de cómo en Escocia, Quebec y Cataluña un referendum abrirá camino a su futuro. Y es que nadie debiera olvidar que, una jaula, aunque fuera de oro -que no lo es- es eso, una jaula.

Es evidente que para algunos es más gratificante utilizar -como hasta hoy- la puesta en práctica de legislaciones que apestan a moho caciquil, más propias de tiempos que se dicen superados. Se acabó, la degradación progresiva se está adueñando del sistema, hemos llegado donde ninguna democracia debiera llegar.

El Gobierno del PP, no sabe ni quiere gobernar, solo busca el enfrentamiento. No tiene un proyecto político ni para los vascos, ni para los españoles. Buscan un final con vencedores y vencidos, recuperando así el discurso del fascista Francisco Franco. Los españoles viajan en un barco a la deriva patroneado por el PP, pero los vascos -sépanlo- no estaremos a bordo.

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