ETA se ha comido mi programa electoral
Las elecciones del 29-N han pillado a la derecha cavernaria con el pie cambiado. Quién lo iba a decir: después de tanto pedir el adelanto, ahora se revuelven sudorosos en sus asientos y se aflojan la corbata porque las calles de medio mundo se han levantado en el nombre de la vivienda, los salarios, las pensiones y el derecho a llenar el plato hasta fin de mes. Los consultores de los partidos reaccionarios, acantonados en sus despachos de oro, le dan vueltas al tarro para revertir la situación. Eureka, ya está, ya lo tengo, dice un asesor en Madrid. Hablaremos de ETA. Aplausos. Palmaditas en el hombro. Eres un genio, Peláez, cómo no se nos había ocurrido antes.
Basta una llamada de cortesía a las redacciones para que la maquinaria de prensa se ponga en marcha. Las huestes de Pedrojota, bregadas en los atentados del 11-M, husmean en Wallapop en busca de casetes de la Orquesta Mondragón. A falta de mejores indicios, los becarios escrutan las papeletas de EH Bildu con un brillo incandescente en las pupilas. Señor director, una candidata de las Vascongadas estuvo seis años en el maco por hacer reuniones políticas, pero el Supremo tuvo que anular la sentencia por culpa de Estrasburgo. El señor director se pasa la lengua por el colmillo y le arrea una colleja al principiante. ¿A quién coño le importa lo que diga un tribunal de derechos humanos? ¿No ves que nuestros suscriptores son medio ababoles?
«Todos son terroristas», publica el periódico "El Hispano". «Algunos comen bebés crudos para desayunar», añade el digital "OK Mercenario". En el programa de Anarrosa, una plural mesa de invitados analiza la expansión de la violencia revolucionaria en las provincias traidoras. «Hacen prácticas de tiro en Petilla de Aragón», apunta una tertuliana. «No tengo pruebas, pero tampoco dudas», añade con cierto aire de suficiencia. La noticia corre como la pólvora y los dirigentes del Pepé aprovechan la atmósfera de delirio para increpar a los acampados de Sol: «Terroristas, que sois todos unos terroristas de la ETA, de los GRAPO y de Hamás».
La muchachada de Madrid, imberbe pero sanguinaria, se parece remotamente a los bachilleres franceses que andan aterrorizando a la población y golpeando con sus cabezas las porras de los gendarmes. En Lens, una granada de los antidisturbios le ha reventado la mano a un muchacho de 15 años. Es la prueba definitiva de que los estudiantes europeos recogen con entusiasmo el legado de los Mártires de Al-Aqsa. Y qué decir de la chavalería italiana, profesionales del desorden, dignos herederos de las Brigadas Rojas, que han celebrado el No Meloni Day con un lema explosivo: «Dinero para la educación, no para la guerra». ¿Se puede ser más despiadado?
En esas que la Ertzaintza arresta a dos jóvenes de Irun con «material muy sensible» sobre agentes de la Guardia Civil. El abogado de los detenidos explica que se trata de información pública reunida con ánimo de destapar a un infiltrado. Pero el juez dice nanay y abre las puertas de la prisión, repitiendo como un eco la palabra terrorismo. Orismo. Ismo. Unos días después, un periódico conservador de Madrid accede a la información y explica que los datos sobre guardias civiles no son «especialmente sensibles», sino «genéricos». Qué más da. Lo importante es que dos jóvenes que acudieron por su propio pie a la comisaría duermen en una celda porque la Audiencia Nacional cree que podrían fugarse.
Algunos partidos andan con las encuestas al cuello, así que gesticulan en plena precampaña con discursos tremendistas: ETA vuelve, quizá nunca se fue. «Ni un paso atrás», dice el PNV entre advertencias contra la nostalgia violenta. «Ni un paso atrás», repiten las juventudes del PSE. Mientras tanto, un diario de la caverna española formula una hipótesis bastante más seductora: el PNV sobreactúa porque cree que ha encontrado una baza electoral contra EH Bildu. Parece que el comodín del terrorismo, estrategia trasnochada del cocidito madrileño, ha acampado también en tierras vascas. El viejo PNV que denunciaba la estrategia judicial del «todo es ETA» ya no está entre nosotros.
La cantinela de ETA regresa de forma oportunista diez años después del montaje de Altsasu, que llevó a la cárcel a ocho chavales con falsas acusaciones de terrorismo. ¿Por qué la derechísima se refugia una y otra vez en el bulo del terror? Por el mismo motivo que atiza el pánico moral del securitarismo y la xenofobia: para construir un consenso autoritario en contra de los movimientos de emancipación social y nacional. Acampados violentos. Huelgas violentas. Independentistas violentos. Todos somos violentos, excepto los agentes que ejecutan desahucios a porrazos, apalean a antifascistas y mutilan a estudiantes sin la mínima reprobación.
Igual que el perro que se come los deberes del alumno, ETA se come el programa electoral de los partidos que no tienen otra cosa que ofrecer. Así es como un terrorismo que no existe termina ocupando el espacio político y mediático que correspondería a la crisis de la vivienda, a la amenaza contra las pensiones, a la privatización de los servicios públicos y al encarecimiento de la vida. Mirad fijamente el dudoso regreso de una ETA invisible para que no tengáis que ver a una familia con seis hijos arrancada de su casa por la Ertzaintza en Gasteiz. Hablemos de «objetivos» y de «zulos» para no hablar de los obsequios fiscales a los ricos, del SMI vasco o de las pensiones mínimas.
«Que te vote Txapote», berreaban los energúmenos del PP antes de quedarse con un palmo de narices en las elecciones de 2023. «El responsable de este atentado es la banda terrorista ETA», dijo Ángel Acebes sobre el 11-M antes de que su partido fuera barrido en las urnas en 2004. ETA, ETA, ETA, dicen los decidores como un arma de repetición contra una EH Bildu que no ha dejado de crecer. Se nos gastó el truco de tanto usarlo. Es lo malo de tratar a los electores como si fueran niños. Que los niños, a fin de cuentas, hacen mucho ruido, pero no votan.