Militante Antikapitalistak Euskal Herria
Europa, un gigante con pies de barro

Así que es tiempo de miradas amplias, de no caer en la miopía habitual que termine por poner un simple parche a modo de solución cortoplacista, y de que desde ópticas a largo plazo realmente se apueste por entrar en un ciclo de construcción de procesos emancipatorios.

04/04/2020

Por enésima vez la Unión Europea deja, a las primeras de cambio, en evidencia su debilidad a la hora de mostrarse como un sujeto político sólido; incapaz de ser un marco de decisión unitario donde dar soluciones conjuntas a la crisis sanitaria, social y económica que nos asola. La UE muestra la fotografía de un paraje desolador donde la Unión se lava las manos a lo Poncio Pilatos, mientras sus provincias reculan hacia posiciones de unilateralidad. Una crisis humanitaria en forma de pandemia, que pone de manifiesto que la prioridad para la Unión Europea es salvaguardar el poder financiero y económico, frente al interés común de sus ciudadanos.

Más allá de algunos discursos buenistas formulados desde la izquierda reformista, embriagada por la quimera del bienestar europeo, es fundamental comprender que la idea de la UE, ya desde sus primeros pasos, estuvo enfocada hacia una unión meramente económica. Simplemente con retrotraernos a sus comienzos como identidad supranacional, observamos como todos sus impulsos iban dirigidos a facilitar modelos ultraliberales que pusieran en el centro de la acción política al capital en vez de a las personas. Iniciativas embrionarias como el Benelux, la Comunidad Europea del Carbón, o la Euratom, no fueron organismos que precisamente se caracterizasen por tratar de poner los recursos al servicio de la gente.

Por lo tanto, no es de extrañar que una estructura de la magnitud de la Unión, forjada sobre unos pilares que priorizan ante todo el lucro económico, se tambalee siempre que dicho beneficio se encuentre en una situación de riesgo; no es nada nuevo, ni nada que no hayamos visto ya antes a lo largo de estos últimos años. Ejemplos como la crisis de 2008, el caso griego, el Brexit, o ahora la problemática sanitaria, demuestran que esa proyección llamada Europa y destinada a ser el paradigma de los derechos sociales y civiles, se diluye en una mezcolanza de ceguera política, avaricia económica y ruindad humana.

Esta vez no tenía por qué ser distinta la cosa y en cuanto se empezaron a apreciar los primeros conatos de crisis, cada país miembro comenzó a mirarse al ombligo tratando de salvar su pellejo sin importarles un ápice el devenir del resto. Con lo que, si ya teníamos una Europa plagada de euroescépticos y eurófobos, ahora el escenario es perfecto para aquellos que tan bien rapiñan en el tablero del miedo y la paranoia. No olvidemos que Europa ya estaba sufriendo un ascenso de la extrema derecha que no se daba desde el segundo tercio del siglo pasado, habiendo logrado espacios relevantes en la mayoría de parlamentos europeos.

Un caótico cóctel de ingredientes que harán que Europa se dirija hacia un escenario mucho menos tolerante, mucho menos solidario, y seguramente mucho menos democrático. Un espacio donde el control sobre la movilidad de la población aumente de manera exponencial, donde vuelva a hablarse de fronteras, y donde los hipernacionalismos y populismos de derechas campen a sus anchas. Poco les ha faltado a personajes de la talla de Orban, aprovechando la gestión de la crisis, para darle una vuelta de tuerca a su concepción autocrática de la política. Debemos asumir que el reforzamiento de la idea del Estado-nación vendrá irremediablemente acompañada de menos unión, y cada vez de menos Europa.

Así que es tiempo de miradas amplias, de no caer en la miopía habitual que termine por poner un simple parche a modo de solución cortoplacista, y de que desde ópticas a largo plazo realmente se apueste por entrar en un ciclo de construcción de procesos emancipatorios que acaben de manera concluyente con el verdadero virus de esta sociedad, que no es otro que el sistema capitalista. Un capitalismo que, al igual que el Covid-19, se extiende por todo el planeta, llegando a todos sus rincones, y dejando un reguero de muerte a su paso frente al ojo que todo lo ve pero que nunca hace nada.

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