Mario Zubiaga
Profesor de la EHU

Intxorta reloaded

Ya lo dijo Mark Twain, «la historia no se repite, pero rima». Mal que le pese a Marx, los procesos históricos no se repiten, ni siquiera como farsa. Menos mal. Las farsas pueden convertirse fácilmente en tragedia, sobre todo en España. La historia rima porque la continua reconstrucción del pasado busca prefigurar el futuro a nuestro gusto –este artículo es una muestra–, y eso obliga a diseñar los proyectos políticos de forma que resuenen, no necesariamente con lo ocurrido, sino con la lectura que hoy hacemos de nuestra historia pasada. La lectura más halagüeña. La historia rima porque los arquetipos o, en terminología del politólogo Jaume López, nuestras cosmovisiones son bastante estables y nos ubican cerca de las opciones políticas que mejor las reflejan: los que tienden al individualismo racional y los que se sienten más cómodos en comunidad, los sectarios y los tolerantes, los valientes y los más prudentes se ubican en parecidas opciones políticas a lo largo del tiempo. Es decir, los jeltzales o los abertzales de izquierdas de ayer y de hoy comparten cosmovisiones y eso hace que las opciones estratégicas de cada partido coincidan a pesar de los años transcurridos. Y, finalmente, nuestra historia rima porque ochenta años no son nada en la historia de un pueblo y las guerras civiles son acontecimientos suficientemente traumáticos como para que su recuerdo condicione nuestro presente. Apenas han pasado dos generaciones.

No estamos en los años 30 del XX, pero la deriva global y sus ecos estatales nos colocan de nuevo ante la amenaza autoritaria. Entonces era de naturaleza bélica, presta a eliminar físicamente al enemigo político porque la alternativa ideológica existía y era realmente amenazadora para el statu quo. Hoy no hay tal cosa. Rusia comparte ideología iliberal con los fascistoides occidentales y, la alternativa viable más radical es una socialdemocracia avanzada de impulso público-comunitario, no leninista. Y si lo es, en todo caso se parece más a una Nueva Política Económica (NEP) adaptada a los tiempos que a una colectivización revolucionaria. Así que menos lobos. Aquí el extremismo solo existe de un lado: el de la ultraderecha y los intereses capitalistas que, en el fondo, este neofascismo defiende.

En esta tesitura, aunque el futuro no está escrito, todo indica que los neo franquistas herederos del 36 pueden alcanzar el poder. Por ahora no parece que lleguen con las armas de matar, sí con las de recortar derechos, quizás con las de ilegalizar y encarcelar. En esta tesitura crítica repasemos lo que ocurrió en circunstancias pasadas similares para saber cómo resuena hoy la rima histórica y qué partitura desea tocar cada partido.

En aquellas primeras horas de julio del 36, algunos sectores del PNV dudaron si sumarse o no al golpe –iglesia obliga–, pero los jeltzales optaron finalmente por mantenerse fieles a la república y conformar un gobierno democrático en clave «de país». Tras la caída de Bilbao, mientras parte de los gudaris se inclinó por la contención de daños en Santoña, otros perseveraron en la lucha antifascista en Asturias, Cataluña o la Francia ocupada. Las izquierdas no llegaron a superar sus cuitas internas –estalinistas, trotskistas y anarquistas a la gresca–, y el fascismo, más organizado y mejor acompañado, ganó la guerra. 

Pues bien, en pleno siglo XXI los antifascistas debemos encarar una versión atenuada, pero no menos peligrosa, de aquella cruzada. Y como entonces, los arquetipos mandan. En primer lugar, nos podemos encontrar con la tentación jeltzale de repetir aquel «momento Comunión» de los años 20, de las primeras horas del 36 y del fallido pacto del 37. Ahora se trataría de implementar una estrategia de «apaciguamiento» del neofascismo que busque aminorar las previsibles consecuencias negativas que en términos de autogobierno pueda tener una entente PP-Vox. A esa opción conservadora –ahora la llaman «portuguesa»–, se sumaría un PSOE post-sanchista con la excusa de parar a la ultraderecha. Se añade además el incentivo de arrinconar a una izquierda abertzale con vocación de gobernar. Al parecer, esa oferta de apoyo más o menos externo a un presunto PP moderado está ya manejándose en algunos cenáculos. 

Por su parte, el soberanismo de izquierdas puede encontrarse ante un «momento Aberri», remedando el que sufrió la facción independentista en la dictadura de Primo de Rivera. Un momento que luego repitieron los gudaris que siguieron luchando tras Santoña y más allá. Es decir, se puede encontrar hoy ante una situación en la que el retorno de las políticas represivas de la mano de un eventual gobierno PP-Vox le conduzcan a una “vuelta al monte” no querida, obligada por la necesidad de responder en parámetros protestatarios. Evidentemente, el dilema no es del 79, pero desde el maquis y limitándose a las políticas de resistencia es difícil acceder al gobierno. 

Finalmente, el resto de las izquierdas, incluidos los socialistas, si no abrazan la solución portuguesa, se enfrenta una vez más a lo que denominamos “momento POUM”. Es decir, como en el 37, caer en la tentación de la lucha fratricida, el faccionalismo y la incapacidad de alcanzar acuerdos programáticos y estratégicos. Es dudoso que una victoria neofascista sea catártica para la reconstrucción de la izquierda.

La enseñanza de la guerra civil, y, sobre todo, de la larga posguerra, deberían ser suficientes para entender que el autoritarismo no se domina imitándolo o asumiendo su agenda, siquiera parcialmente. Tampoco desde la sola lucha callejera y el debilitamiento del compromiso institucional soberanista. Ese es el escenario que la ultraderecha busca. Y mucho menos, buscando la pureza ideológica izquierdista y la lucha por el monopolio de la coherencia antifascista. Estrategias parecidas fueron las que llevaron a la derrota en el 39. Al contrario, a este autoritarismo de hoy hay que hacerle frente como lo hizo el gobierno vasco de Agirre. Un paradigma de cómo se puede hacer frente al fascismo manteniendo al tiempo altos estándares democráticos. Un hecho excepcional en aquella época. Nuestra coyuntura histórica es mejor, sin duda, y conviene aprovecharla. La derrota de entonces no tiene por qué repetirse. Más allá del blindaje de los derechos adquiridos, es posible avanzar en democratización, en políticas progresistas y de profundización del autogobierno. Hoy la mejor defensa ante el neofascismo es una respuesta democrática integral, en la calle y en las instituciones. La correlación de fuerzas en nuestro país lo hace posible.

Por todo ello, no caigamos en las tentaciones que nos ofrece la historia. Toca no anticipar la derrota, no templar gaitas fascistas, no lanzarse al maquis, no buscar el enemigo en casa y, sobre todo, acordar una línea de defensa como la que en los Intxortas paró al fascismo en el 37 y permitió que el gobierno vasco sobreviviera un tiempo como Estado cuasi-soberano. Gudaris de misa diaria, gudaris laicos y milicianos en la misma trinchera de mínimos. Y el requeté que atacó el frente de Elgeta que no vuelva nunca a Nafarroa. 

En nuestro pequeño país se está jugando una pugna global y el autoritarismo no va a frenarse con planteamientos supuestamente «alejados de ambos extremos», sino con una agenda democrática firme y clara. Si hay que rimar con la historia, que sea en consonante: dignidad rima con libertad, igualdad y fraternidad.

Recherche