José Ignacio Camiruaga Mieza

La demolición en acto

Una conocida teoría sociológica explica cómo es posible transformar una idea inicialmente rechazada y considerada inaceptable para la colectividad en una idea primero aceptada y luego incluso legalizada.

En otras palabras: comportamientos que antes se consideraban inadmisibles hoy pueden considerarse normales e incluso fomentarse como norma general.

En esto pienso cuando trato de evaluar la idea y la práctica de la política actual. Un alcalde apasionado y con una larga trayectoria decía que hacer política significa ocuparse de las personas por el bien de todos. Inconscientemente, expresaba un principio ético que no es nada evidente en estos tiempos.

El filósofo Immanuel Kant lo resumía así: «La humanidad, como cada persona individual, debe ser tratada como un fin y nunca como un medio, teniendo siempre presente que el valor de cada individuo es el deber supremo de la acción humana». El concepto, lo repito, es desesperadamente incompatible con las orientaciones actuales.

Hoy estamos asediados por una pandilla de criminales en serie que nos gobiernan o pretenden hacerlo: el fin último de sus locuras, lo hemos intuido, no es el destino magnífico y progresista de la humanidad.

Putin se compromete a «terminar el trabajo» en Ucrania y masacra cínicamente a civiles en nombre de la Gran Rusia; Netanyahu, tras la horrible matanza de Hamás, decide, con el silencio cobarde y vergonzoso de los gobiernos europeos, que el exterminio del pueblo palestino es una necesidad: evita situaciones judiciales poco agradables y prepara el cómodo resort estadounidense.

Lo que nos dice que las cosas van rematadamente mal o de mal en peor es la irrupción del trumpismo, que está destrozando el valor y la dignidad de la democracia. Las intenciones del personaje son conocidas: nos anuncia que pretende perseverar incluso después de 2028. Las aspiraciones de este señor se resumen en la fórmula latina «Princeps legibus solutus est» −el príncipe está liberado de las leyes−, es decir, él las hace y no las sufre: ¡y de hecho Donald Trump ha declarado que no sabe si respetará la Constitución!

El fin de la democracia liberal es parte integrante del programa «Dios ha muerto» −que sugería Nietzsche refiriéndose a la muerte de lo divino y sagrado−: el fin del respeto a la dignidad de las personas. La actualidad le da la razón.

El vicepresidente de los Estados Unidos, un hombre de inteligencia mal empleada, ha llegado incluso a ofrecer a los católicos estadounidenses la base ideológica que justifica el apoyo a Donald Trump: ha convertido a San Agustín de Hipona en promotor de la exclusión, de las políticas migratorias restrictivas y de la discriminación entre compatriotas y extranjeros.

¡Una vergüenza, una porquería, una obscenidad respaldada incluso por alguna eminencia cardenal que prefiere el verbo trumpiano a la predicación evangélica! Por favor, que alguien, el mismo papa León XIV, agustino, le ayude a repasar, siquiera someramente, «La ciudad de Dios», libro XIX, cap.14, 19, 20.

La demolición en curso de las democracias liberales es lenta, subrepticia, gradual, casi imperceptible para evitar peligrosas inquietudes entre los electores. El camino parece haber sido sugerido por dictadores de renombre: desplumar al pollo democrático una pluma a la vez para que no grite demasiado fuerte.

Es decir: una vez elegido, el aspirante a autócrata se encarga de restringir poco a poco las libertades y los derechos de los ciudadanos. Y, cuando los pollos, es decir, nosotros despertemos, la transición autoritaria habrá concluido y será demasiado tarde para remediarlo.

El proceso también está en marcha en las democracias occidentales: estruendoso en los Estados Unidos de América, y más sigiloso en Europa: el parlamento se va dejando de lado poco a poco y se avanza mediante decretos ejecutivos, se apunta al presidencialismo, se desacredita al poder judicial, se limita la libertad de prensa, se controla la educación...

¿El antídoto? El antídoto somos nosotros, los ciudadanos, si logramos vencer la apatía y la indiferencia.

El imbecilismo soberanista y ultranacionalista, con vigorosas pinceladas de neofascismo, está destrozando el mundo para devolverlo a los tiempos oscuros en los que los ciudadanos eran súbditos a merced del delirio de unos pocos.

Debemos volver a aprender a indignarnos y rebelarnos con el voto y, si es necesario, con protestas en voz alta, pacíficas pero inflexibles y enérgicas. Por desgracia, aún no hemos llegado a ese punto: hay crímenes contra la humanidad que cubren el mundo de cadáveres y nosotros nos quedamos callados.

En Gaza se está cometiendo un genocidio −¿alguien lo duda a estas alturas?– y nosotros nos quedamos callados. En Ucrania, Putin ha pisoteado el derecho internacional y nosotros callamos. Los migrantes se ahogan en el mar y son tratados como objetos sin humanidad, y nosotros callamos.

Incluso el equilibrio, la equidistancia, la prudencia..., se han convertido en la justificación para callar y encubrir nuestro pusilánime oportunismo o nuestra apacible indiferencia.

Las puertas de lo peor están entreabiertas y nosotros seguimos callados e indiferentes.


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