Nora Vázquez
Jurista y sanitaria

La granja de Maggie

Cuando la canícula del sur decide por fin aflojar su mordida y el cielo se tiñe de ese violeta amoratado propio de los moratones y de los atardeceres bíblicos, ella toma posesión del porche. No se sienta; se instala. Lo hace con la parsimonia de una reina en el exilio y la artrosis de una mujer que ha lavado demasiada ropa ajena. La mecedora, un artilugio de mimbre con más achaques que su dueña, la recibe con un quejido musical, un crac-crac sincopado que marca el ritmo del mundo: lento, predecible y ligeramente desafinado. Desde su trono de madera, vigila la llanura.

Hubo un tiempo en que todo eso era un océano de algodón. Una blancura hermosa y terrible que pedía sangre para mantenerse inmaculada. Hoy el paisaje es más aburrido. Hay soja, hay maíz transgénico que crece con la arrogancia de quien tiene la patente de la vida, y hay máquinas inmensas que se conducen solas por GPS. El progreso, piensa mientras espanta una mosca con desdén, consiste básicamente en que ahora te explota un satélite en lugar de un capataz a caballo.

La vida allí transcurre con esa épica minúscula de lo cotidiano: la lucha contra la gravedad que tira de las carnes y de los techos, el grifo de la cocina que llora con cadencia de tortura china, y la certeza de que Dios, si existe, es un burócrata que ha perdido nuestro expediente detrás de un archivador. Todo esto se lidia con una dignidad de hierro, la misma con la que se ponía el sombrero los domingos cuando todavía había que sentarse atrás en el autobús. Cuando todavía había fuentes de agua separadas que medían la sed por el color de la piel. Cuando todavía te podían escupir por querer votar.

Por la carretera estatal, esa lengua de asfalto que corta los campos como una cicatriz mal suturada, pasan a esta hora los autobuses blancos.

No tienen ventanas, o son tan oscuras que parecen ojos de tiburón muerto. No llevan publicidad. Son cápsulas de silencio rodante. Pero quien ha aprendido a leer el aire, sabe. Y el aire, cuando pasan esos autobuses, huele a miedo. Un miedo antiguo, fermentado, ese mismo que olía el algodón cuando lo tocaban manos que no eran libres de irse.

Los ve pasar y se le escapa una mueca irónica y amarga. «Ahí van», piensa. Seguro que no van de excursión al Gran Cañón en Arizona a comprar souvenirs y hacerse selfies con el abismo. No tienen pinta de ir a Las Vegas a gastarse la pensión en las tragaperras.

El sistema que una vez cazaba por ser propiedad, ahora caza por no tener papeles. Porque ese capricho de ser dictador siempre necesita a alguien a quien perseguir. Siempre necesita manos baratas y espaldas dobladas. Siempre necesita un enemigo que justifique el miedo.

Esos autobuses tienen la asepsia del mal moderno. Ya no se estila la soga en el árbol ni la antorcha en la noche. Dentro no se oyen cadenas porque ahora las cadenas son de plástico, esas bridas blancas tan limpias, tan prácticas, que te cortan la circulación con una eficiencia industrial.

La gente del pueblo dice que es por seguridad. Que hay que poner orden. La televisión muestra a señores, muy parecidos unos de otros, hablando de «flujos», de «contención». Usan palabras largas y suaves para no decir «jaula». Tienen biblias en el despacho y rifles en el armario. Predican sobre la santidad del trabajo mientras explotan el sudor ajeno.

Es el mismo discurso que se usó antes, con otros. Siempre hay un culpable conveniente. Siempre hay alguien a quien arrodillar. Siempre hay manos que deben permanecer útiles y bocas que deben permanecer cerradas.

Desde esa granja perdida en el corazón de América −la América profunda, la del sueño y la pesadilla−, se observa cómo el experimento más celebrado de la democracia moderna se tuerce de nuevo hacia sus demonios fundacionales. Y el mundo mira. El mundo siempre ha mirado a este país como quien mira un espejo: con fascinación y con horror. Porque lo que ahí germina, tarde o temprano, se exporta. Las ideas cruzan océanos más rápido que los autobuses blancos cruzan condados.

Mientras los escucha, se siente una extraña confusión en el tiempo, un vértigo circular. Con los ojos cerrados, casi se pueden oír los ladridos de los perros de caza de hace un siglo. Las siglas son otras: ICE, no KKK. Y la corriente mundial empuja en esa dirección.

Porque se sabe, desde lo más profundo del tuétano, donde habitan todas las memorias heredadas, que, aunque cambie el color de la piel del perseguido, el color de la injusticia permanece inmutable. Se sabe también que esto, sin lucha, no tiene remedio. Que la historia no es una línea recta hacia la justicia, sino un círculo vicioso. Que cada generación cree haber superado los horrores de la anterior, y cada generación se equivoca. Porque olvida que el monstruo nunca muere. Solo muda de piel. Es importante recordarlo y estar alerta. Es conveniente tener memoria y transmitirla.

Y Maggie −nieta de esclavos, hija de aparceros, madre de maestros, abuela de abogados− sigue meciendo su silla en el porche. Testigo perpetuo. Guardiana de una verdad amarga: que la opresión no desaparece, se recicla. Que mientras haya quien necesite sentirse superior, habrá quien deba ser aplastado.

Y ella seguirá ahí, meciéndose al ritmo de las injusticias que se repiten, dejando esa luz encendida. No como esperanza, sino como advertencia. Como faro que señala: aquí naufragamos todos. Una y otra vez. Eternamente. Mientras haya testigos, el opresor no puede fingir que no existe... aunque insista en encarcelar, silenciar o asesinar.

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