José María Pérez Bustero

La otra pandemia del País Vasco

Esta serie de hechos nos obligan a poner sobre la mesa la necesidad de tener conocimientos lo más acertados posibles sobre nuestra tierra, sus gentes y los diferentes procesos. Campo en el que nos queda mucho por recorrer y analizar.

Al leer en la prensa que en la semana del 17 al 23 de este mes de agosto se han detectado diecinueve muertes con el covid-19 como causa directa, y que el martes día 25 fueron setecientos los nuevos positivos en la CAV, resulta difícil llevar la atención a otros temas. Sin embargo, esa tremenda realidad de la pandemia que nos afecta desde hace meses, nos hace pensar en otras pandemias, también actuales. Sobre todo, a nivel de mentalidad y de ideología. Entre ellas, la que nos lacra a muchos políticos vascos, incluyendo a los abertzales.

¿En qué consiste? En que manejamos un conocimiento insuficiente de este país. Que podemos comprobar en la percepción insuficiente que tenemos de las diversas zonas geográficas, junto a la escasez de conocimientos de su proceso histórico.

Muchos tenemos visualizadas la tierras de la costa: desde Baiona hasta Santurtzi. También nos suena la franja intermedia que se inicia en el pantano de Yesa, se ensancha en la cuenca de Pamplona, cruza la Sakana y desemboca en la llanura alavesa. Pero nuestra percepción se hace escasa en las tierras que bajan al Ebro. Nos repican los nombres de Olite, Tafalla, Tudela, Estella, e incluso Viana y Laguardia con sus murallas. Pero tenemos en la penumbra el resto de docenas y docenas de pueblos, con sus zonas de cría de ganado y pastoreo, sus tierras de cereales y de huertas, sus viñedos, sus talleres de manufacturas, sus fábricas.
Otro campo en el que sufrimos un conocimiento exiguo: el devenir histórico de esas diferentes tierras y gentes. Hecho transcendente, pues los procesos siembran de contenido mentes y sentimientos.

En ese campo, nos toca subrayar el escaso conocimiento que muchos tenemos de la historia de Navarra. Desde que la llamaban tierra de los vascones, hasta la época en que sus reyes dieron fueros a quienes vivían junto al monasterio de San Sebastián, y a Vitoria levantada sobre una aldea llamada Gasteiz. Así que nos resulta difícil comprender que mucha gente navarra actual lleve dentro un sentido de identidad muy marcado. Y por qué muchos no quieren siquiera llamarse vascos, temiendo figurar como una simple parte del resto de tierras del País Vasco.

Entramos en las tierras de Iparralde. Cada una con su devenir histórico. Sin entrar en las diferentes épocas, podemos citar un tema poco presente entre nosotros: el apresamiento de miles de personas el año 1794 por no tomar parte en el drama de la revolución francesa nacida en otros ambientes y zonas. Y su posterior deportación hacia las Landas en tales condiciones que, a lo largo de los meses que duró ese destierro, muchos enfermaron y murieron. Décadas más tarde, en pleno siglo XIX, nos toca analizar más a fondo el rol que adquirió la costa con la llegada de aristócratas franceses para tomar baños de mar revalorados a lo largo de ese siglo. Y que cambió costumbres y perspectivas de mucha gente.

Pasando a Bizkaia, nos encontramos con su lejanía de los reyes navarros durante siglos, y ya en el siglo XIX con el desarrollo industrial y la sucesiva llegada de trabajadores, que han hecho de esa «provincia» la tierra más poblada. Que para muchos incluye la autovaloración y egocentrismo respecto al conjunto de Euskal Herria.

La historia de Gipuzkoa, por su parte, tiene capítulos que también debemos sopesar. Por una parte, la llegada de veraneantes hispanos buscando baños de mar que le dieron un rol especial como zona de costa y veraneo. Por otra, su desarrollo industrial paralelo a Bizkaia. Y en tercer lugar, que es zona contigua a Iparralde, a Navarra y a Araba, que indica su posibilidad y tarea de jugar un papel importante en la relación con el resto de tierras vascas.

Pasando al proceso de Araba, tenemos el dato de que la población se ha ido concentrando en la capital, con la ruralización y actual despoblamiento de muchas otras tierras, y con la zona de Rioja Alavesa, separada geográficamente del resto por la Sierra Cantabria. Y desconocidas para muchos de nosotros.

En ese devenir histórico vasco debemos mirar también las tragedias que en parte que marcaron la realidad social, y hasta rompieron la unidad social vasco-navarra. Con profundas repercusiones todavía hoy. Por una parte tenemos en el siglo XIX las guerras carlistas, con dramáticos choques entre gentes y zonas. Y en siglo XX la guerra civil franquista en la que hubo gentes que tomaron parte como requetés, y otras como socialistas, o como nacionalistas vascos. Con el resentimiento y rencor que dejaron aquellos regueros de sangre en muchos pueblos. Y que nos deja la tarea de examinar y tratar de suavizar y curar. Sin limitarnos a declarar con todo énfasis que es zona vasca.

Vamos a la dictadura franquista. Y ahí tenemos otro hecho a analizar a fondo, y no sólo mencionar. La sucesiva nueva llegada de gentes, sobre todo a Bizkaia y Gipuzkoa, que venían a buscar trabajo. Y que aportaron una nueva población. Con el triste efecto de que muchos pasaron a diferenciar a los nacidos aquí e hijos de nacidos aquí, y a los de fuera o hijos de venidos de fuera. Y que nos deja la tarea de rechazar abiertamente la diferencia entre nacidos aquí y nacidos fuera o ser hijos de éstos. Y deshacer la tesis de que los vascos somos un etnia antiquísima y diferente, que a veces se vuelve a afirmar o insinuar.

Paralelamente debemos recordar un tercer factor: la tensión que produjo la lucha de Euskadi ta Askatasuna, y la diferente actitud política entre las personas que habitamos en este país. Hilado a ello, hoy día tenemos votantes de partidos nacionalistas, votantes del PSOE, de Podemos, de Geroa Bai, de UPN, del PP. Y asimismo gentes que no votan.

Esta serie de hechos nos obligan a poner sobre la mesa la necesidad de tener conocimientos lo más acertados posibles sobre nuestra tierra, sus gentes y los diferentes procesos. Campo en el que nos queda mucho por recorrer y analizar. El precioso apelativo de abertzales, que indica apetito, pasión por esta patria, nos debe empujar a conocernos lo más amplia y profundamente posible. Sin parecernos a una persona que se dice enamorada de otra pero que la conoce poco.

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