La pérdida ambigua
Hace poco, en una reunión familiar, apareció entre nosotros Desiderio. No físicamente, sino a través de documentos que permitieron reconstruir su muerte y el proceso que la precedió. Habían pasado más de ochenta años. Nietos y biznietos que nunca lo conocimos recibimos la información con un impacto difícil de prever. Lo ocurrido pertenecía al pasado, pero la conmoción, al presente. El documento no había cambiado la historia de Desiderio, sino la que la familia conocía. Conocíamos que su pareja lo buscaba en Toulouse en el verano de 1939. Ahora sabemos que para entonces llevaba semanas muerto. Falangistas lo habían sacado de una prisión y colgado de un árbol.
Pensé entonces en Clara Valverde y en "Desenterrar las palabras, sobre la transmisión generacional de los efectos de la violencia política". Valverde se interesa menos por reconstruir lo ocurrido (tarea de los historiadores) que por observar qué dejaron la represión, el exilio, las cárceles y, sobre todo, los silencios. Una generación puede transmitir relatos incompletos, miedos, prohibiciones o fotografías silenciadas. No hace falta imaginar una misteriosa herencia biológica del trauma. La transmisión puede ser más sencilla y profunda. Un niño aprende que de determinado asunto no se pregunta, mientras otro escucha durante años «ten cuidado» sin saber de dónde procede aquel miedo. Los nietos reciben piezas sueltas y, a veces, empiezan a juntarlas.
Valverde habla también de duelos suspendidos: muertes sin funeral, desaparecidos sin cadáver, encarcelamientos de los que no podía hablarse, exilios convertidos en secretos. Aquí resulta útil otro concepto, desarrollado por Pauline Boss: la «pérdida ambigua». Designa una ausencia que no puede convertirse plenamente en muerte porque falta una certeza fundamental. La persona está físicamente ausente, pero psicológicamente presente.
Una muerte conocida establece un antes y un después. Hay una fecha, quizá una fosa. La desaparición rompe esa secuencia. Alguien estaba, deja de estar y aparece un signo de interrogación. Sus familiares envejecen. Él o ella, en cambio, permanece con la edad de la última fotografía. Hace unos años comprobé hasta qué punto esa imagen puede hacerse literal. Ayudé a Ikerne, hija de Txomin Letamendi, a localizar en Madrid los restos de su padre, muerto en 1950 después de las torturas sufridas bajo el franquismo. Al preparar el traslado a Euskal Herria, sus hijos acudieron al cementerio y un funcionario les permitió abrir el ataúd. El cierre hermético había momificado el cuerpo. Ante ellos apareció el padre con la edad que tenía al morir, 49 años. Sus hijos habían superado los setenta. Por un instante, eran mucho más viejos que su padre.
No es simplemente un duelo que «no se ha superado». Boss insiste en que la ambigüedad procede de una realidad exterior a la familia. Si no hay cuerpo y las circunstancias siguen sin aclararse, no puede exigirse a los familiares que resuelvan lo que la realidad mantiene abierto. Pueden vivir con la incertidumbre y continuar buscando.
En julio se cumplieron cincuenta años de la desaparición de Eduardo Moreno Bergaretxe, Pertur. Medio siglo después, siguen abiertas las preguntas esenciales: qué ocurrió, quién fue responsable y dónde están sus restos. José Miguel Etxeberria Álvarez, Naparra, desapareció en junio de 1980. Su ausencia también atraviesa generaciones. Con Naparra existe una imagen que explica mejor que cualquier definición la pérdida ambigua. Una información de un antiguo miembro de los servicios de inteligencia españoles señaló un posible lugar de enterramiento en Las Landas. En 2017 se excavó en una de las hipótesis que abría aquella investigación. En 2024, en la segunda. No apareció en ninguna. Durante aquellos días la posibilidad dejó de ser abstracta. Había un lugar, tierra removida y familiares esperando que, después de más de cuatro décadas, aparecieran unos restos. Pocas cosas producen mayor desasosiego que acudir al lugar donde quizá está enterrado tu hermano y regresar sin él.
A esa incertidumbre pueden añadirse rumores, reivindicaciones y pistas falsas. Pertur y Naparra conocieron esa dimensión. En el caso de Naparra, el BVE llegó a indicar distintos lugares donde supuestamente estaba el cadáver. Cada pista abre una expectativa y cada fracaso devuelve al punto de partida. América Latina conoce bien ese mecanismo. La Operación Colombo, en Chile, intentó encubrir en 1975 la desaparición de 119 opositores mediante informaciones que los presentaban como muertos en el extranjero o víctimas de disputas internas. La desaparición iba acompañada de una falsa biografía final. Una versión equivocada puede acabar convertida en memoria familiar.
Marianne Hirsch llamó «posmemoria» a la relación de hijos y nietos con acontecimientos que no vivieron pero recibieron mediante historias, imagenes, documentos y silencios. Desiderio no era un desaparecido y conviene no confundir experiencias. Conocer ahora las circunstancias de su muerte nos obligó a los nietos a incorporar algo sucedido antes de que naciéramos. El acontecimiento era antiguo y el impacto emocional, nuevo. Por eso desenterrar las palabras puede significar muchas cosas. Abrir una fosa, desde luego. Pero también una carpeta, localizar una sentencia o descubrir por qué alguien desapareció del relato familiar. Cada documento puede llenar un vacío y abrir preguntas, las de quién sabía, quién calló, qué se contó y por qué.
Quizá lo más importante de la pérdida ambigua sea eso. El tiempo no resuelve por sí mismo determinadas ausencias. Pertur lleva cincuenta años desaparecido. Naparra, 46. Sus familiares han seguido viviendo, pero la pregunta permanece porque una parte de ese pasado aún no ha podido conocerse. Valverde eligió para su libro un título extraordinario: "Desenterrar las palabras". Algunas familias esperaron generaciones para poder pronunciarlas. Otras continúan esperando un cuerpo, un documento o una verdad. Hay silencios que envejecen, pero no desaparecen, y ausencias que solo empiezan a cambiar cuando alguien consigue ponerles nombre.