Peio Salazar

La siempre hipócrita «condena de la violencia»

El pacifismo no existe como planteamiento coherente. Permanecer en actitud pacifista (pasiva en realidad) frente a una situación de violencia generalizada, sistemática e institucionalizada es ser cómplice de la misma.

Una vez más, periodistas, tertulianas y políticos de todo signo político (aquellos y aquellas que ocupan todo el espectro mediático hegemónico) han salido a la palestra a rechazar enérgicamente todo tipo de violencia, haciendo gala de un cinismo infinito que a nadie puede sorprender a estas alturas. En realidad, pese a su vehemente condena de toda forma de violencia, apoyan y han apoyado habitualmente formas de violencia que son mucho peores que la que pretenden condenar.

Para empezar, no se pude uno llenar la boca de forma tan impostada condenando «todo tipo de violencia» a la vez que se defiende la intervención policial, que es, por definición, una institución cuya principal función es la de ejercer la violencia directa contra la ciudadanía con el ánimo de controlarla. ¿Qué ha quedado de aquello del «monopolio legítimo de la violencia» que define al Estado en términos weberianos? Lo mismo se puede decir del ejército y de su uso por parte de las democracias liberales para guerras ofensivas cuyo único sentido son los intereses económicos y geopolíticos. Tampoco eran tan vehementes condenando la violencia cuando ésta se daba en forma de disturbios contra la democracia bolivariana, con decenas de asesinatos que incluían quemar vivas a personas que consideraron chavistas.

Pero, la cuestión es más rocambolesca: en los disturbios que estamos observando estos días, ¿Quiénes son realmente los violentos? Quién observe los sucesos desde cierta objetividad (en la medida de lo posible), y no a través de los diabólicos prismas de los medios de comunicación, sabrá perfectamente que la mayoría de los disturbios empiezan cuando un grupo de hombres y mujeres armados y completamente pertrechados para el enfrentamiento, empiezan a apalear a ciudadanos que acuden inermes a protestar. Después de esto, es lógico que estos últimos reaccionen defendiéndose y, si tienen que cruzar contenedores y quemarlos para protegerse de los disparos y de las cargas violentas de la policía, su actuación es perfectamente legítima y ni siquiera puede ser considerado como violencia. Si lo es cuando atacan a la policía arrojando lo que encuentren a mano, pero, aun así, sigue tratándose de auto-defensa.

Tampoco se puede considerar violencia la destrucción de sedes bancarias, cajeros y otro tipo de desperfectos materiales ya que, según la propia RAE, la violencia se ejerce sobre personas, no sobre cosas. En cualquier caso, en todo lo ocurrido, el mayor acto de violencia ha sido el que ha provocado la pérdida de un ojo a una joven a manos de la policía. Todos los daños materiales ocasionados no son nada comparados con esta agresión, y quienes se preocupan más por los segundos que por el primero describen su calidad humana al hacerlo.

No es sorprendente que en estas situaciones no falten las y los moralistas que, con su pedante pacifismo condenatorio de toda violencia, pretendan dar lecciones de civismo cuando realmente no están aportando nada, solo haciendo gala de un cinismo aún más nauseabundo que el de los propios políticos de derechas (que al menos son más coherentes y honestos). Si tan pacifistas son, que sean consecuentes y renuncien a todos los derechos se han logrado con el uso de la violencia, a ver cuántos derechos les quedan. Recordemos que en Francia tuvo que haber semanas de disturbios violentos para que lograsen detener la reforma que pretendía elevar dos años la edad de jubilación. O en EEUU, donde sólo después de semanas de disturbios se logró que disolviesen el cuerpo policial que estranguló hasta la muerte a George Floyd.

«Hay que protestar pacíficamente» nos dirán, a lo que responderemos: ¿de qué sirven las manifestaciones pacíficas? ¿Cuándo los políticos han tomado alguna determinada medida presionados por una manifestación? De los cientos de manifestaciones a las que he acudido a lo largo de mi vida, no recuerdo ni una sola cuyas reivindicaciones hayan sido medianamente atendidas por las autoridades «democráticas» de turno (salvo las impulsadas desde arriba, que no nombraré para no herir sensibilidades). ¿Qué hubiera pasado si en las manifestaciones por Pablo Hasel no se hubiera plantado cara a la policía? Hubieran sido mediáticamente ignoradas y relegadas al olvido porque los mecanismos democráticos de presión ciudadana han sido anulados, si es que alguna vez llegaron a funcionar.

El pacifismo no existe como planteamiento coherente. Permanecer en actitud pacifista (pasiva en realidad) frente a una situación de violencia generalizada, sistemática e institucionalizada es ser cómplice de la misma, y sólo quienes están libres de sufrir esta perversa violencia pueden permanecer tan alegremente bajo el amparo moralista del pacifismo, que es la actitud más cómoda de todas.

Las y los jóvenes (y ya no tan jóvenes) son quienes están protagonizando este estallido social y tienen muchos motivos para hacer arder las calles: un paro superior al 40%, precariedad para los «privilegiados» que logran trabajar y unas escandalosas tasas de pobreza que deberían avergonzar a todo el país. Esta generación de hijos de la crisis no ha conocido otra cosa que la miseria en esta «democracia plena» y, por mucho que estudien o trabajen, apenas podrán evitar las funestas expectativas de futuro que les aguardan. Y, mientras tanto, tienen que aguantar que los gobiernos de turno rescaten bancos y empresas o atiendan solamente problemáticas impulsadas por el posmodernismo, que no es más que el aspecto ideológico del neoliberalismo. No solo tienen motivos para salir a protestar, están impelidos por la Historia a hacerlo y, si nada cambia, tendrán que buscar la manera de ser más contundentes.

¿Es que acaso alguien cree que la «democracia» que tanto valoramos se alcanzó por medios pacíficos?

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