Julio Pérez

La soledad ideológica de una generación y el auge del populismo

En un mundo sin referentes ideológicos actuales, el populismo toma fuerza y se abre camino. El otro día, saliendo de la ducha para ir a la universidad, me quedé pensando en qué leer. Justo me había terminado la primera trilogía de "Dune" y buscaba qué leer a continuación. En ese momento me volvió a surgir la misma pregunta que me despierta al mirar la estantería de una librería y ver solo a autores muertos: ¿dónde están los referentes ideológicos de hoy en día? ¿Por qué no tenemos un faro intelectual al que seguir?

Llevamos mucho tiempo sin un gran pensador reconocido que deslumbre a la juventud. No tenemos una Rosa Luxemburgo, no tenemos una Escuela de Frankfurt, mucho menos un Marx.

Sin embargo, he de decir que contamos con figuras como Žižek, pero estos forman parte de un nicho; el ojo público no los conoce ni los huele. Desde la muerte de Camus y Sartre no ha existido una figura tan pública de un pensador famoso por lo que escribe. Y esto es, en parte, culpa de la falta de ganas de leer sobre política, de la pérdida de fuerza de la ideología marxista −la cual en este país está casi desaparecida− y, en gran medida, de la pérdida de esperanza en un sistema que no parece mejorar.

Los partidos políticos no cambian ni irrumpen con fuerza, los sindicatos están subvencionados por el Estado, las huelgas solo hacen ruido y el capitalismo ha devorado toda forma de disidencia. La ha convertido en parte del sistema, como advertía Herbert Marcuse allá por los años 60.

La falta de grandes pensadores nos ha derivado en un auge del populismo, de las mentiras y de las fake news. Los referentes de los jóvenes son El Xokas, Pablo Motos o Llados. Lo cierto es que el populismo ha absorbido cada discurso, no solo el de la derecha, sino también el de la izquierda. El discurso político se ha mercantilizado, masticado, para que todos tengamos una opinión rápida y nos posicionemos sin pensar demasiado.

Dejamos de vivir experiencias reales por simples imágenes, noticias, programas y vídeos en redes sociales, todo hecho para captar nuestra atención, simplificando toda vivencia y opinión. Una sociedad del espectáculo peor que la que describió Guy Debord.

La política ha sido absorbida por esta tendencia: no leemos los programas de los partidos, en el Parlamento se insultan unos a otros para ver quién suelta el mejor zasca y han aparecido agitadores haciéndose pasar por periodistas, como Vito Quiles. Hemos dejado de votar por lo que los partidos pretenden hacer, y votamos, en cambio, por la personalidad del político, por ver quién nos cae mejor.
 
Acabamos en una política de masas, en un episodio de “Black Mirror”.

También la pérdida de la URSS ha influido mucho en este sentido. La Unión Soviética servía para visualizar que la revolución podía llevarse a cabo, que podía haber un cambio. Llevamos 34 años desde su disolución, y desde entonces ese «faro» de esperanza ha parecido difuminarse. La complicidad política se ha reducido.

El discurso de la extrema derecha ha tomado gran fuerza en las redes sociales. En una extraña tomadura de pelo, parecen haberse apropiado del concepto de hegemonía de Gramsci. Figuras como Elon Musk o Alvise Pérez son conscientes de lo rentables que son los discursos de odio, el miedo y la simplificación de la realidad usados para sus campañas políticas. Estos mismos personajes se alimentan de noticias falsas y del engaño.

El propio Elon es el artífice de una de las campañas mediáticas más grandes en redes sociales, usando la plataforma que compró (Twitter antes, ahora X) para promover su discurso y el de sus aliados, dando rienda suelta incluso a activistas nacionalsocialistas como Alberto Pugilato.

Creo y planteo que esta gran sequía de intelectuales se debe a la falta de implicación en la política. La vemos como un mundo aparte, que nos da cierta pereza. También influye la falta de voluntad para compartir nuestras ideas de forma formal: no nos vemos con la implicación suficiente como para investigar y desarrollar nuestras tesis ideológicas, y menos aún para algo tan serio como un libro o un artículo.

Deberíamos, como juventud, empezar a salir de este letargo: investigar, leer, escribir y compartir. Implicarnos con nuestros pensamientos.

Necesitamos comprender el mundo que nos rodea, dar explicaciones, indagar en lo que nos genere curiosidad o incluso odio, querer aportar algo.

Lo cierto es que nosotros somos quienes tenemos que moldear este mundo. Somos nosotros quienes debemos encender esa chispa. Quién sabe, quizá en 5, 10 o 20 años surja una nueva oleada de ideólogos.

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