Filósofo
La trampa de la diversidad de los Estados nación

Si hay que construir una Europa de soberanías compartidas, y hay que federalizar estructuras, es necesario previamente construir soberanías donde no las haya

22/05/2019

En una entrevista reciente, el filósofo Daniel Innerarity subrayaba que «el Estado español soberano ya no existe», que las fronteras se han diluido y que los movimientos independentistas «entran en una contradicción que supone aspirar a una Europa integrada reclamando al mismo tiempo un reconocimiento estatal». Según Innerarity, de lo que se trata es de compartir soberanía, federalizar Europa y los Estados nación actuales (esto último no lo dice, pero se deduce de lo dicho).

¿Qué estructuras hay que federalizar? ¿Están los Estados superados en el siglo XXI? Vayamos por partes. El Estado es una estructura de relaciones políticas territorializadas, que contiene una serie de monopolios legítimos sobre ciertos recursos de la sociedad: la coerción (monopolio de la violencia), monopolio sobre los recursos económicos y legitimación del poder simbólico (consenso social). Estas hegemonías son imposiciones que cohesionan sociedades mediante violencias «olvidadas» y reconocidas como «normales», que actúan en todo momento en el día a día. El Estado impregna, condiciona y modifica las vidas, relaciones e ideas de una población, pero opera de manera fantasmal; está en todas partes, y a su vez, en ninguna.

Es cierto que, en el siglo XXI, las funciones del estado han cambiado; no es cierto que se haya diluido o desaparecido. Las fronteras estatales solo desaparecen para las grandes corporaciones que campan a sus anchas y privatizan recursos comunes y estructuras soberanas por encima de las voluntades populares (no hay que olvidar que estas superestructuras reciben ayudas económicas estatales cuando «lo necesitan»). En cambio, para el común de los mortales, las fronteras existen, de forma física (que se lo pregunten, por ejemplo, a los inmigrantes que saltan las vallas de Ceuta y Melilla) y de forma simbólica (basta cruzar de Irun a Hendaya a pie para comprobarlo).

Más allá de las fronteras, la fuerza de los Estados para reproducir realidades sociales es incuestionable: el Estado tiene la capacidad de naturalizar (hegemonizar) una nación, haciéndola fantasmal, y al mismo tiempo, politizar sus «diferencias internas» (vascos, catalanes, gallegos…). De lo anterior se deduce su «derecho natural» de regionalizar o federalizar a otros pueblos; la España federal, como gestora natural de la diversidad, sueño húmedo de la izquierda nacionalista española. Es esta la mayor trampa de la diversidad de los Estados nación, que elude el siguiente debate: ¿quién es el sujeto (la unidad) y cuáles las diferencias (la diversidad)? ¿Por qué?

En primer lugar, es evidente que aquel que tiene los recursos y la fuerza, ergo, quien posee estructuras de Estado, es más capaz de reproducirse como sujeto y de construir (y destruir) sus diversidades internas. Así ha sido históricamente el proyecto nacional español: una unidad fundamentada de forma incuestionable, pre-estatal y religiosa, previa a cualquier referéndum, que «se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades…». Una unidad que la izquierda española propone (si no me equivoco) defender mediante un referéndum dentro de un proceso constituyente español, con el efecto más que posible del refuerzo de esa unidad, que pasaría a ser laica, fundada en un «consenso social» impuesto desde el marco «legal» estatal.

¿Por qué para Innenarity y tantos otros pensadores de izquierda, un Estado vasco o catalán y un proyecto europeo federal son incompatibles, y, en cambio, un proyecto federal europeo basado en los actuales Estados nación excluyentes no es incompatible? Si el problema es la gestión de la diversidad, qué mejor territorio que Euskal Herria para gestionarla: es su espacio natural, por cercanía, conocimiento, estructuras y tejido social, capaz de garantizar una gestión más democrática, y capaz de equilibrar sus asimetrías sociales de forma más eficaz, y ser mas solidarios con los pueblos y Estados vecinos.

Hablar de cosmopolitismo y de diversidad abstracta como solución a problemas de soberanía en un pueblo históricamente aculturizado, desterritorializado y hecho trizas como Euskal Herria es, cuanto menos, bastante pobre en términos políticos. Si hay que construir una Europa de soberanías compartidas, y hay que federalizar estructuras, es necesario previamente construir soberanías donde no las haya: poseer estructuras o competencias estatales (hacienda tributaria, judicatura, sanidad, seguridad…) territorializadas y no sujetas a otros Estados. En ese sentido, aunque sea cierto que la soberanía de los Estados nación se ve hoy mermada por las estructuras supraestatales y europeas, el Estado español sigue jugando en igualdad de condiciones con Alemania, Holanda, Estado francés… Ni más ni menos. De ahí que el grado de dependencia de los pueblos sin Estado sea todavía mayor.

Para terminar, la soberanía no está opuesta al poder y al Estado; al revés, es necesario poseer poder material y formal sobre un territorio para poder ser ejercida; para poder democratizar y reproducir ese territorio. Y ese poder, en el siglo XXI, se llama Estado. Como dice Jule Goikoetxea, «la soberanía nacional, popular y estatal» es un «mecanismo para democratizar el mundo». Los Estados sí existen y son importantes ¡vaya que sí! Por eso algunos todavía, cuando un pueblo que jurídicamente todavía les pertenece les plantea un referéndum democrático para crear un Estado propio, siguen defendiendo el suyo armados hasta los dientes.

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