Fermín Vila Mitxelena
Preso político vasco

La verdad como exigencia y objetivo en la construcción del Estado vasco independiente y socialista

La teoría y la praxis de la «verdad» como exigencia y objetivo nos conduce a que la «posibilidad» no sea un ideal abstracto que hay que aplicar sobre la realidad, transformándose así en un ideal concreto a materializar en el desarrollo de las contradicciones reales intrínsecas al funcionamiento de los actuales regímenes políticos.

Hay que hablar de las armas del intelectual, pudiendo ser mutuaciones teóricas que impulsan el giro lingüístico de tal manera que el mundo social se vuelve pura imagen y representación, perdiendo de este modo su peso específico en aras de lenguaje y el mero discurso. De ahí que el éxito sea el descrédito a las principales armas del intelectual que siempre ha sido, a saber: las del «examen» y la «crítica».

Lo crítico no es solo una exigencia interna o una disciplina intelectual que pretende subsanar sus vicios más arraigados sino, sobre todo, un imperativo. Porque siempre llega el momento que al enfrentarse a la raíz de los conflictos sociales el científico social se verá obligado a elegir entre la falsa neutralidad o la beligerancia revolucionaria que nace de la indignación ante los horrores de este mundo capitalista.

Es esa obsesión que nace en el interior de determinados científicos sociales por una aséptica fuerza interpretativa, esa entelequia que se convierte en un activismo al objeto de promover la renuncia a la crítica de lo socialmente establecido, la que en infinidad de ocasiones somete a la ciencia social a los exclusivos intereses de quienes detentan el poder de la manera más feroz e ilegítima. Es por ello que cabe decir abiertamente que ese afán de neutralidad traiciona el propósito original que justificó el nacimiento de las ciencias sociales.

Si hiciéramos un recorrido por la historia del pensamiento social de los últimos siglos, observaríamos que desde tiempos muy antiguos los seres humanos trataron de dilucidad qué es lo que determina el régimen social y como se desarrolla la sociedad humana. Ya no solo por el simple deseo de comprender la sociedad en que se vive, sino también porque todo ello está relacionado de manera estrecha con problemas candentes de la vida.

En este sentido, es importante anotar que la vida social es extremadamente más compleja que el desarrollo de la naturaleza. Por consiguiente, captar esa regularidad, esa repetición en la vida social es una empresa muchísimo más compleja, a saber, cuando tratamos con la naturaleza tratamos con la acción de fuerzas impersonales y elementales. En la historia, sin embargo, el sujeto son seres humanos, provistos de conciencia y voluntad y que siempre persiguen determinados objetivos.

Es difícil, por no decir imposible, comprender, por ejemplo, el ascenso del cristianismo sin comprender el ascenso y caída del Imperio Romano. Como tampoco se puede comprender el florecimiento del arte durante el Renacimiento sin comprender las grandes crisis del feudalismo europeo y el avance de la civilización en las contiendas europeas. Lo mismo sucede si hablamos del movimiento obrero del siglo XX y no hablamos de la Revolución Industrial; asimismo, no se puede empezar a comprender la interrelación en que se hallan estos y otros muchos acontecimientos.

Cuando se quiere estudiar la marcha de la historia si no se es capaz de ir más allá de conjeturas acerca de los fines y medios que impulsan a cada individuo, convertiremos el proceso histórico en un cúmulo de fortuitas contingencias. Tal vez sea esta una de las razones por las que vivimos tiempos conformistas y pragmáticos donde las ciencias sociales han perdido su carácter y autoridad transformadora ya que su función se suscribe en hacer apología de la legitimación entusiasta de orden establecido. Se invierte una inmensa cantidad de recursos materiales y económicos al objeto de conseguir que lo aparente sea lo esencial de tal manera que los conflictos terminan siendo externos y ajenos al corazón de las relaciones sociales de capitalismo.

Es así como se aceptan y se persiguen las vías solucionables y superables en el horizonte de una supuesta y enigmática «democracia absouta» (según Negri) o «democracia radical» (según Laclau) que, ¡oh, casualidad!, dejan intacto el régimen capitalista.

Se trata de un concierto orquestado por corrientes posmodernistas, posmarxistas o postestructuralistas que hacen compatible un supuesto «respeto al otro», «el diálogo democrático», de tal magnitud que su último horizonte implica el abandono, no siempre explicitado, de la perspectiva de la construcción del Estado vasco independiente y socialista y, por consiguiente, de la lucha por el poder para la transformación radical de la sociedad.

Sin lugar a dudas, estamos en una rotonda en torno a la pluralidad de las relaciones cosificadas, cristalizadas y congeladas en su dispersión; son enaltecidos allí donde hacen que parezcan lo principal de tal forma que deriva todo ello en el carácter de singularidades irreductibles a toda convergencia política que la articule contra un enemigo común: la opresión nacional y la dominación del capital.

Muestra de todo esto está el dialecto «pluralista» que ha terminado reciclando en términos políticos la herencia liberal que colocaba en el ámbito de lo singular la verdad última de lo real. De la mano de un argot neorrevolucionario meramente discursivo y puramente literario se está relegitimando el antiguo credo liberal de rechazo a cualquier tipo de política emancipadora y de refugio en el ámbito supuestamente incontaminado de la esfera privada.

No es de extrañar por consiguiente que hayan existido aplausos que han representado la alienación conseguida por el capital mediante el instrumento neoliberal, ya que lo «muy humano» o lo «empático» de carácter postideológico y, por lo tanto, ideológico puro al interés del status quo capitalista ha conseguido enfocar sus cañones estratégicos en la voluntad de neutralizar o prevenir toda tendencia que apunte a conformar en el seno de la escena de los conflictos cualquier tipo de proyecto transformador y liberador que exceda la mera lucha fetichista de lo diario, de lo gradual.

No existe mayor expresión de la «convivencia democrática» que aquella que olvida la historia y cancela la lucha de clases evaporando el sujeto, anulando su identidad y archivando su memoria. Fruto de ello desaparece toda posibilidad de crítica y de oposición radical a la opresión y a su modo de vida mediocre, inauténtico, comercializado y cosificado.

Así, pues, esa ciencia social o ese academicismo que tanto le gusta tararear la «convivencia democrática» eleva en el terreno social a verdad universal, incluso a rango ontológico, la impotencia política de una época histórica estrictamente determinada; existe intelecto que elude la realidad y a transforma en discurso, haciendo de la necesidad virtud, de la debilidad fortaleza y de la derrota, victoria.

¡Qué falacia, ese conflicto, el de la ciencia y el compromiso! La parcialidad que siempre supone una toma de postura no tiene por qué eliminar la objetividad. Resulta aberrante pedir imparcialidad a quienes estudian la drogadicción, el abuso infantil o la tortura. Esto nos enseña que una posición crítica frente a la realidad social es una forma de introducir «desorden ordenado» y, al mismo tiempo, también nos dice que una crítica social resulta inútil en el caso de ser falsa y, por el contrario, existen ocasiones en las que la verdad acaba convirtiéndose en la más cerrada de las críticas.

Hablar de la «verdad» también exige conversar sobre el proceso de «institucionalización de la mentira» y de ocultación de la realidad social que viene sufriendo la clase trabajadora vasca así como los sectores populares de las últimas décadas. Esto está suponiendo una agravación de la «mentira colectiva», es decir, del ocultamiento de la realidad y de la distorsión sistemática de los acontecimientos por parte del poder establecido que ha agudizado la esquizofrenia de la población entre lo que vive cotidianamente y la definición social del objeto de su vivencia.

Sin embargo, pensar que esta mentira social es nueva, en lo que tiene de determinante, es un ejercicio de ingenuidad ya que esta mentira social es parte del ordenamiento estructural en el que de forma coercitiva convive Euskal Herria. De aquí que esta mentira social constituya la elaboración ideológica de la realidad en forma que sea compatible con los intereses de la clase dominante, fijándose así los límites en que se puede mover la conciencia colectiva.

Existen rótulos ofensivos como aquellos que afirman que «la verdad de cada individuo es la verdad única» o que «nuestra percepción de la realidad circundante es creación nuestra», ya que paradójicamente expresan un rechazo a la propia noción de la «verdad», una negativa a analizar la opresión nacional y social que sufre el pueblo trabajador vasco. Es decir, una praxis que al negar la verdad, impide el análisis o el propio análisis se vuelve un propósito ilusorio de tal manera que se nos presenta un «construccionismo social» que no tiene inconveniente en reconocer el desinterés de la realidad social que quede más allá de los límites del lenguaje.

En vista de ello, en la construcción del Estado vasco independiente y socialista la «verdad» debe ser concebida como exigencia y objetivo. Por consiguiente, la verdad de los pueblos oprimidos no casa con el relativismo ya que, para empezar, este rechaza la existencia o creencia alguna de la verdad; y, para seguir, se trata de una posición posmoderna que niega que la ciencia constituya ninguna perspectiva privilegiada sobre el mundo ni que la describa con mayor precisión que cualquier otro tipo de discurso.

Sin lugar a dudas, la «verdad» es un elemento emnacipador en la medida que está adscrita a determinadas coordenadas históricas, culturales, políticas e ideológicas. Este nexo íntimo e indisoluble nos permite no caer en el encanto venenoso del relativismo y del nihilismo.

Hay que hablar, trabajar y defender la «verdad» de y con conciencia nacional de clase; de la verdad que actúa sin titubeos contra la «verdad metafísica» del relativismo y el sofismo, de tal forma que se ponga al desnudo la falacia que representa poner todos los relatos en equivalencia e intercambiables al objeto que ninguno sea verdadero.

La forma de entender la «verdad», desgraciadamente, ya solo es concebida como producto directo de las competencias sociohistóricas propias del contexto bajo cuya influencia han sido formuladas. En consecuencia, no existe forma alguna de fundamentar el conocimiento científico, sino que este se considera un «juego del lenguaje» más cuyo valor depende únicamente del tipo de prácticas sociales que la teoría misma ayuda a generar.

Me resulta sumamente asombroso ver como todavía hoy sigue vigente la costumbre de mirar el mundo desde las ideas, desde teorías previas, cuando pienso que sería más aconsejable proceder de manera opuesta, mirando a a las ideas desde el mundo y juzgando aquellas a partir de este. Esta reducción de lo real a lo ideal empobrece la perspectiva y genera grandes distorsiones en el análisis, especialmente cuando las diferencias que existen entre el contexto de origen y el de aplicación son tan notables como las que distinguen a la sociedad vasca de la sociedad irlandesa, por ejemplo.

La necesidad, la libertad y el derecho del pueblo trabajador vasco a constituirse como un Estado independiente y socialista forman un solo cuerpo en lo que los tres elementos interactúan y se transforman entre sí de tal forma que, por ejemplo, un derecho negado debe ser entendido como una necesidad imperiosa o una libertad conseguida transitoriamente en una confrontación debe ser transformada en un derecho permanente.

Esto nos enseña que no existe clase trabajadora vasca sin contradicción antagónica, que no hay subjetividad histórica sin actividad política y de rechazo y enfrentamiento con su enemigo de clase.

La clase trabajadora vasca y, por consiguiente, también los sectores populares, forman su propia identidad en agonía, en lucha, en el enfrentamiento. Por lo tanto, la identidad nacional de clase se conforma en una relación diferenciada que deviene oposición y contradicción antagónica; a saber, la clase trabajadora vasca, en tanto sujeto colectivo que opera en la sociedad y en la historia, no se define únicamente a partir de sus atributos estadísticos y cuantitativos. En la medida que es sujeto deja de ser un mero conjunto de personas aglomeradas y coexistentes y pasa a constituirse en un colectivo dinámico, que sufre, existe y se desarrolla en un proceso histórico de confrontación que  conforma su propia identidad a partir del conflicto, de la lucha, el movimiento y el desarrollo.

Es urgente que el pueblo trabajador vasco comience a articular fuerza emancipadora al objeto de colocarse en condiciones estratégicas con la resultante material de conformarse como Estado independiente y socialista; a saber, si la contradicción no es desarrollada en la historia, no se despliega en la lucha política, la identidad nacional de clase no se configura como tal, permaneciendo en el ámbito de la multitud diferenciada, sin proyecto emancipador que articule y reunifique las diferentes luchas con la delimitación de un enemigo preciso a confrontar y bajo perspectiva de un horizonte político difuso.

Por otro lado, el conflicto y la lucha que emana de ella (consecuencia de la toma de conciencia), deviene de la contradicción antagónica de carácter nacional y de clase que, en ningún caso, se manifeiseta en la idea del sujjeto sino en la estructura coercitiva en la que vive el sujeto. Ese es, precisamente, el marco natural para coger y desarrollar la iniciativa política para encarar una primera acumulación de fuerzas que sirva para tomar una posición de fuerza que vaya transformándose en hegemonía independentista y socialista para así poder lograr la fuerza necesaria capaz de materializar la correspondiente correlación de fuerza.

Todo esto, además de presuponer una conciencia histórica sedimentada y toda una serie de recuperaciones d ella tradición acumulada por generaciones pasadas, exige conocer el «momento histórico» para determinar la «hora estratégica» y así luchar el «minuto táctico» y, por fin, el «segundo de la victoria».

Las actitudes surgen históricamente como la estructura psicosocial que expresa como los individuos y los grupos valoran algo a a partir de sus raíces de conciencia nacional de clase y su particular expresión. En otras palabras, son las personas las que tienen, asumen o adaptan actitudes; sin embargo, las raíces últimas de las actitudes no están en los individuos, sino en las estructuras sociales y de grupo de la que los individuos toman parte. De aquí emana que el conjunto de las actitudes fundamentales de las personas pueden concebirse como la estructura en la que el individuo articula psíquicamente la ideología social de forma de actitudes, como un conjunto «psicológico» de creencias y evaluaciones sobre el mundo.

Sin lugar a dudas, todas estas cuestiones demandan el uso de la «crítica» y el «examen» al objeto de superar el «idealismo ideológico», a saber: que no sean los conceptos los que convoquen a la realidad, sino que sea la realidad la que busque a los conceptos; que no sean las teorías las que definan los problemas del pueblo trabajador vasco, sino que sean los problemas los que reclaman la teoría.

En suma, no se trata de relatar una sucesión de contingencias políticas, de ideas, mayorías o gestas de personajes individuales y de pueblos. Se trata de que el pueblo trabajador vasco haga historia y, para ello, la primera condición es el ser capaz de reproducir desde un punto de vista materialista las condiciones necesarias al objeto de satisfacer las necesidades vitales de la identidad nacional de clase.

Se trata de transformar la actual «realidad circundante» en términos de «posibilidad» existente para la puesta en marcha de un proceso constituyente que culmine con la proclama pública del nacimiento del Estado vasco independiente y socialista.

La teoría y la praxis de la «verdad» como exigencia y objetivo nos conduce a que la «posibilidad» no sea un ideal abstracto que hay que aplicar sobre la realidad, transformándose así en un ideal concreto a materializar en el desarrollo de las contradicciones reales intrínsecas al funcionamiento de los actuales regímenes políticos.

Hablamos de la «realidad circundante», por tanto, de «realismo crítico»; al tiempo que este último no se adhiere a parámetros abstractos gobernados por la transversalidad; entre otras muchas razones, porque dicha gobernanza materializa la alienación mediante la articulación de un «realismo ingenuo» basado en la no menos ingenua suposición de que la realidad es diáfana y de que podemos acceder a ella de modo inmediato al objeto de materializar el fetiche del gradualismo como solución integral y duradera.

La «verdad» adherida a la independencia y el socialismo hace suya la responsabilidad histórica de cambiar de forma estructural todas aquellas condiciones que en la actualidad mantienen deshumanizadas a las mayorías populares, enajenando su conciencia y bloqueando el desarrollo de su identidad histórica. Así, pues, hay que hablar de una verdad que emancipa, de una verdad que expone una «realidad crítica»caracterizad por el predominio efectivo de la falsedad sobre la verdad, de la injusticia sobre la justicia, en definitiva, del mal sobre el bien.

En vista de todo ello, ha llegado el momento de marcar aspectos de las contradicciones antagónicas, fenómenos, tendencias, conocimientos y discursos con vocación hegemónica al objeto de aglutinar fuerza emancipadora capaz de desarrollar en toda su totalidad un proceso constitutivo que culmine con la aprobación de la constitución del nuevo Estado vasco independiente y socialista.

Por lo tanto, la cuestión radica en intervenir en la situación pero no bajo la óptica programática de ajustar la teoría a demandas «realistas» or medio de los necesarios compromisos oportunistas y pragmáticos, sino de tomar una posición inequívocamente radical desde la que solo es posible intervenir para conseguir que la vida cultural, económica, social y política de Euskal Herria sea la expresión de un Estado independiente y socialista.

Sin lugar a dudas, esto requiere una «memoria histórica» y una «conciencia nacional de clase» de carácter revolucionario que expresa, tanto en la teoría como en la praxis, madurez social y política con capacidad de poder enfrentarse a la violencia estructural que sufre el pueblo trabajador vasco; una violencia que no se reduce a una inadecuada distribución de los recursos disponibles que impiden la satisfacción y desarrollo de las necesidades del pueblo trabajador vasco. Asimismo, esta violencia estructural expresa un ordenamiento de esa deigualdad social y política mediante una legislación que ampara los mecanismos de distribución social de la riqueza y establece una fuerza coercitiva para hacerlo respetar.

Es así, precisamente, como los actuales sistemas jurídico-políticos de los estados cierran el ciclo de la violencia justificando y protegiendo aquellas estructuras que privilegian a los menos a costa de los más. Más aún si se tiene en cuenta que el control respecto a las instituciones sociales permite a los estados imponer los objetivos de la sociedad vasca e inclusive plantear determinado estilo de vida que refuerza la organización al servicio de sus intereses.

Estamos frente a una violencia que no es una violencia de individuos. Al contrario, se trata de una violencia de la sociedad en cuanto totalidad, y mientras no entra en crisis, se impone con una connaturalidad de la que no se es consciente en forma refleja. Pero que la violencia está ahí con el único objetivo de coercionar al pueblo trabajador vasco es una obviedad incuestionable.

Por lo tanto, si se puede manifestar categóricamente que existe una «violencia institucionalizada» en Euskal Herria es porque existe un tipo de violencia contra la población mayoritaria que está insertada al ordenamiento social y político, que es alimentado en el ordenamiento de los regímenes imperantes.

La «verdad» no consiste en un problema de «adecuación» (como afirmaban los fomistas medievales), como tampoco se limita a luna simple «correspondencia». Si nos planteamos la verdad como un elemento externo de las relaciones sociales, al margen de la práctica, dando por válido de un lado un sujeto puro y fijo y del otro, un mundo «objetivo» puro y también fijo, sin relación alguna entre sí, al margen de la praxis, de la actividad, de los conflictos, de la lucha, entonces la «verdad» perderá su carácter emancipador convirtiéndose en un dogma al servicio del status quo vigente.

En este sentido, me viene a la memoria un pasaje de la obra de teatro “Galileo Galilei” de Bertolt Brecht, cuando el personaje representado en un monje le pregunta a Galileo: «¿y usted no cree que la verdad, si es tal, se impone también sin nosotros?». Y Galileo responde: «no, de ninguna de las maneras, se impone tanta verdad en la medida en que nosotros la impongamos. La victoria de la razón solo puede ser la victoria de los que razonan».

Como bien se puede observar, este formidable pasaje describe a la perfección la concepción de la «verdad» como producto de la «lucha» insertada dentro de las relaciones prácticas. No casualmente, Antonio Gramsci, Rosa Luxemburgo y muchos otros revolucionarios marxistas hicieron suyo el lema «la verdad es revolucionaria». La verdad nunca está dada, sino que se conquista; constituye el producto de la lucha, el conflicto.

En conclusión, en la Euskal Herria del siglo XXI  la «verdad» devendrá en constituirse en elemento emancipador en la medida que sea exigencia y objetivo en el proceso constituyente para la creación del Estado vasco independiente y socialista y, por lo tanto, de un humanismo revolucionario que otorga a la dimensión humana una prioridad de alcance ontológico de manera irremediablemente histórica, dejando fuera de la ecuación cualquier tendencia o corriente del relativismo nihilista del posmodernismo que se nutre, por ejemplo, del pensamiento de Friedrich Nietzsche que afirma «que no hay verdad, lo único que hay son solo perspectivas de interpretaciones (que están en lucha entre sí y entrecruzadas por la voluntad del poder)».

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