Néstor Lertxundi Beñaran

Las dueñas del fuego: las mujeres del auzoa y la estructura comunal del Reino de Nabarra

Antes de ser un reino, Nabarra fue una comunidad de casas.

La soberanía no brotó de un palacio ni de un documento, sino del fuego encendido en cada hogar del auzoa. Esa palabra que significa “vecindad”, “barrio”, pero también “proximidad” y “ayuda mutua”— designaba la célula viva del orden social nabarro: el espacio donde se tejía la vida cotidiana, la justicia y la memoria.

En el auzoa, cada casa (etxea) era una institución. Tenía un nombre, una historia y una ugazaba al frente: la madre que daba pecho, la señora del hogar, heredera de una autoridad que no se fundaba en la fuerza, sino en el cuidado. De hecho, ugazaba proviene de ugatz (“seno, leche”) y aba (“madre”), no de “amo” o “jefe”, como traduce hoy la lengua colonizada.
Era la madre nutricia, garante del linaje y representante legítima de la casa en la vida comunal.

El tronco del Olentzaro y la ley del fuego común

En el viejo reino, la justicia nacía del fuego. Por costumbre, la ugazaba o la vecindad entera regalaban en Navidad un tronco —el Olentzaro— a la familia más pobre, para que no pasara frío. De esa práctica nació la figura del Olentzero, el leñador que corta y entrega el tronco solidario.

No era un mito pagano, sino una ley moral viva: nadie debía quedar sin fuego.

El auzoa aseguraba la supervivencia del débil, sin decretos ni órdenes reales. La soberanía nacía de la costumbre, y la costumbre del cuidado.

Ugazabak, madres y juezas

Ugazaba —madre lactante y autoridad doméstica— encarnaba el poder femenino de la casa. Era ella quien hablaba en nombre del hogar en el auzo batzarra, la asamblea vecinal que trataba tanto los trabajos comunales como los conflictos locales.

La vecindad era la primera instancia de justicia, el nivel donde se resolvían los pleitos (auziak) antes de subir a cualquier tribunal real.

Ese órgano, el auzo batzarra, era un verdadero tribunal comunal, formado por las casas vecinas, y muy probablemente presidido por las dueñas de los hogares.

Allí se juzgaban disputas de lindes, de agua o de deudas, pero también se acordaban ayudas, reparaciones y pactos.

El derecho nabarro no se basaba en castigar, sino en restablecer la armonía. La ley no era vertical ni masculina: era una palabra circular, compartida, nacida del sentido común de las vecinas y vecinos.

Del roble a la anteiglesia

En tiempos antiguos, mucho antes de la cristianización del territorio, las auzo batzarrak se celebraban bajo un roble o un fresno, árbol sagrado que simbolizaba la justicia y la palabra compartida.

El roble era el testigo del acuerdo, el guardián natural del pacto comunal.

Con la llegada del cristianismo, esas asambleas no desaparecieron: se trasladaron ante las iglesias, que asumieron el papel de nuevo centro de reunión civil y espiritual. Las campas o pórticos de las iglesias se convirtieron así en los nuevos foros del barrio, sustituyendo al árbol sagrado, pero manteniendo su función original de reunión libre y palabra común.

Ese espacio fue, siglos más tarde, el germen de las instituciones municipales modernas: los actuales ayuntamientos nacen directamente de las antiguas auzo batzarrak.

Cuando la monarquía absorbió las estructuras comunales, mantuvo su forma externa —la junta, la votación, el acta— pero despojó al pueblo de su poder soberano. Lo que antes era un acto vecinal, igualitario y moral, se convirtió en administración delegada del Estado.

Las sabias, auzoak

En torno a las ugazabak se organizaba un entramado de mujeres sabias que sostenían los ciclos de la vida:

Atsoak, matronas y consejeras, custodias de la memoria y del equilibrio moral del barrio.

Sorgiñak, cuyo nombre viene de sortu (“nacer”) + gin (“hacer”): las parteras, hacedoras de nacimiento. No eran brujas, sino las sabias de la vida.

Iruleak, tejedoras del hilo y del destino, uniendo la ropa y el relato del linaje.

Belagileak, herboleras y curanderas, de belar (“hierba”): conocedoras de la medicina natural, los ungüentos, la botánica curativa.

Eruskiñak o erizainak, medikue derivadas de eri (“enfermo”): las cuidadoras y enfermeras de la comunidad.

Todas ellas formaban el tejido de un saber que hoy llamaríamos ecosocial: un conocimiento integral del cuerpo, la tierra y la justicia.

No había división entre medicina, religión y derecho: la vida misma era el principio jurídico.

Auzo batzarra: la raíz de la justicia nabarra

Los fueros que más tarde codificaron el derecho nabarro no inventaron nada: solo recogieron lo que ya existía en el auzo batzarra.

Esa asamblea vecinal era el germen de la democracia directa, mucho antes de que existiera la palabra. Los jueces eran los vecinos, las testigos eran las ugazabak, y la sentencia no era castigo, sino acuerdo.

En cada auzoa se practicaba una justicia restaurativa que nacía de la palabra. Las decisiones se tomaban colectivamente, y la sanción no buscaba venganza, sino reparación.

El auzo batzarra representaba así la soberanía popular más antigua del Viejo Reino: la comunidad juzgándose a sí misma sin intermediarios.

Una soberanía de la vida

En esa estructura comunal, las mujeres no estaban “al margen” del poder: eran el poder cotidiano, las dueñas del fuego y de la palabra.

El Reino de Nabarra fue una sociedad donde la soberanía se entendía como equilibrio entre casas, no como dominio de una sobre otra.

Cuando la monarquía y la Iglesia extendieron su jerarquía, este orden fue desmantelado.

Las ugazabak pasaron a ser “amas de casa”, las sorgiñak se convirtieron en “brujas” perseguidas, y el auzo batzarra fue sustituido por el tribunal del rey.

Pero bajo las ruinas de esa colonización institucional, aún late la memoria del fuego compartido: el tronco del Olentzaro, la leche de la ugazaba, la palabra justa del auzoa.

Ahí comenzó todo:

en la casa, en el pecho que alimenta, en la palabra que une, en la soberanía femenina del cuidado.

Nabarra fue —y aún puede ser— una civilización de la vida.

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