Lectura de la dignidad

Vivimos un mundo inmundo, una sociedad sucia, unos poderes inciviles. No solo aquí, sino allá y aún más allá

11/12/2019

Como es obvio suponer un verdadero izquierdista –si hemos de admitir honradamente tal pretensión ideológica– no visita a un preso político de izquierdas si no es para animarle en su sufrimiento carcelario, mostrarle su adhesión de compañero y animarle con su presencia. Pero renuncio por mi parte a multiplicar el alcance político de lo que acabo de decir como muestra de respeto al encarcelado. El momento político que vivimos no es apropiado para una lección teórica sino para proponer acciones y asistencias. Y en eso estoy. Me limitaré, pues, a hablar de dignidad.

¿Cómo es posible que los secretarios generales de UGT y Comisiones Obreras acudan a la celda del Sr. Junqueras con el fin de solicitar únicamente el apoyo de Esquerra Republicana para la instalación sólida del Partido Socialista Obrero Español en la gobernación del país aduciendo únicamente que se trata de «acabar con la interinidad del gabinete presidido por el Sr. Sánchez para que se pueda recuperar la normalidad política con un ejecutivo que pueda al fin aprobar unos presupuestos para impulsar la economía española, paliar los problemas de los servicios públicos y ayudar a la superación de la pobreza y desigualdad que según los sindicatos se están enquistando en España»? Este largo y por tantos motivo turbador párrafo lo he extraído de ‘‘El País’’, que es sorprendentemente el abrevadero de la llamada izquierda española ¿O acaso se habló de algo más en esta notable visita? Por ejemplo: la superación de unas insolentes sentencias, la recuperación del diálogo en torno al problema catalán, la reinstalación de los condenados en el Parlament, la recuperación de la soberanía nacional hoy delegada en el poder judicial… Si contuvo todo eso la visita hay que decirlo con claridad, pues la calle ha de recibir esperanza democrática y seguridad de que las libertades han de primar sobre las leyes ya que, de no ser así, sabremos con certeza que vivimos un régimen que creíamos superado. Como decía don Juan a don Luis en el ‘‘Tenorio’’: «Los muertos que vos matais/ gozan de buena salud».

Repaso términos contenidos acerca de la despreciable pretensión sindical, si se limitó a lo publicado, mientras rememoro con nostalgia la figura de un Marcelino Camacho, incluso de un Nicolás Redondo.

«Recuperar la normalidad política». ¿Qué entienden por normalidad política los Sres. Sordo y Álvarez? ¿Cabe hablar de la recuperación de esa normalidad cuando nada menos que los dos grandes dirigentes obreros han de acudir a la celda de uno de los más significados conductores políticos de Catalunya que soporta cadenas por pedir que se respete la libertad de su pueblo para elegir destino?

«Impulsar la economía española». ¿En qué dirección cabe realizar ese impulso cuando riadas de parados, de pensionistas, de médicos y sanitarios, de universitarios, de transportistas, de jóvenes desorientados bloquean calles y carreteras sin saber siquiera por dónde cae el norte de su existencia?

«Paliar los problemas de pobreza y desigualdad» ¿Cómo paliar la desigualdad ante la generalizada penuria que hace iguales a más de la mitad de la ciudadanía española, que sufre la pobreza como maldición estructural, lo que supone continuada situación de vida?

«En España no se puede instalar una mayoría de izquierdas sin las izquierdas catalanas». ¿Y eso lo dice usted engoladamente, Sr. Álvarez, desde su sillón de la UGT, cuando es patente que usted ha tenido que ir a visitar a esa izquierda en los centros penitenciarios donde extingue largos años de reclusión? ¿Pero cómo no le echan a usted a patadas de su cargo esos ugetistas que dice conducir? Porque ser sindicalista es situación y ejercicio que obligan ante todo a ciudadanía.

Lenguaje soez moralmente hablando, proceder inicuo políticamente interpretado, burla política si nos referimos a la claridad necesaria… Leo todo eso con mis lentes de común uso, a no ser que me oculten cosas tan principales en la visita que nos sitúen a todos los ciudadanos en una clandestinidad de cuyo contenido no haré descubrimiento, ya que este se certifica por si mismo.

Mientras hayamos de recurrir a sobre interpretaciones o a contenidos supuestos no es válido recurrir a exhibiciones democráticas ni a discursos de victoria de las libertades. El Sr. Junqueras ha de recuperar la libertad por petición abierta en el marco supremo del Parlamento. Y después de esto digan dueñas lo preciso acerca de procederes en la gobernación o las mejorías a lograr. Porque, además, esas mejorías serían hacederas con tal de superar poderes que se ocultan y rescatar riquezas viajeras. Vivimos un mundo inmundo, una sociedad sucia, unos poderes inciviles. No solo aquí, sino allá y aún más allá. Pero de todo ello no vale hablar en una celda, pues si se procede así puede quedar asimismo presa la palabra.

Yo iría a ver al Sr. Junqueras para decirle que preciso su libertad para garantizar la mía. Mientras alguien carezca de libertad para decir yo no tendré capacidad de eco para engrandecer lo dicho. Después de conseguir esa libertad debatiríamos a campo abierto de economía, de moral, de necesidades; pero al aire libre, con la paz ya lograda, el horizonte ya liberado, la simple y hermosa claridad alumbrando. ¿Simplezas? Pues sí. Pero si son simplezas, ¿por qué armar tal barullo con emociones tan desmedradas como esa visita ? Un filósofo en apariencia tan oscuro como Heidegger escribe lo que sigue nada menos que en su ‘‘Introducción a la metafísica’’: «La lucha es combate originalísimo, pues solo ella permite que surjan los combatientes como tales. La lucha aloja y desarrolla lo inaudito, lo hasta entonces no dicho ni pensado. Los creadores, es decir, los poetas, los pensadores, los hombres de Estado soportan esa lucha y con ella seducen al mundo de modo manifiesto. Solo así el ente o ser llega a ser mundo y constituye la historia propiamente dicha». Pero también se puede decir, asomados al balcón distinto de lo bufo, que vivir es en ciertas manos ‘‘Ópera de dos Centavos’’: «Samuel Meier y otros ricos/ nadie sabe dónde están./ Mackie tiene sus riquezas/ ¿pero quién lo probará?». Con todo esto en la mano podemos entender lo que nos pasa y tranquilizar así a Ortega, que no sabía lo que nos pasaba.

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