Alex Larragoiti

Los Alejandros de todos los tiempos

La vida de mi abuelo Alejandro no fue fácil. Huérfano en el Bilbao de comienzos del siglo XX, tuvo que abrirse paso en un mundo cruel y acabó en un pequeño pueblo de Bizkaia, como tantos otros de su condición social, trabajando de criado para otra familia. Siendo muy joven y por su condición de obrero pobre, no tuvo con qué pagar la «redención en metálico» que permitía a los hijos de las familias pudientes «ajustar sus cuentas» con esa desgracia de patria, y poder librarse así del matadero que supuso la guerra colonial española en el Rif. No tuvo más remedio que combatir en el Gurugú, en 1921. Sobrevivió junto a su amigo Juan, vecino de Otxandio, pero ambos quedaron marcados de por vida. Fueron peones forzados a luchar, contra otros pueblos minorizados como el suyo. 

En aquella guerra, el pueblo rifeño luchaba junto a Abd el-Krim por su república y su independencia. España respondió matando a mansalva: los soldados que hoy desfilan como iconos en Semana Santa o en el Día de la Hispanidad se hartaron entonces de cortar cabezas y orejas y de arrasar mercados. Los pobres peones de España, sufrieron las consecuencias de esa guerra colonial con el resultado de decenas de miles de muertos y los asesinos e inmorales que les dirigían a la tumba, forjaron la estructura de abuso y dominación que volverían contra su propio pueblo. En ese contexto, pues, se forjó el orden social que ha llegado hasta nuestros días. Aquella fue, parte de una guerra de supervivencia de la España decimonónica contra los cambios sociales que se vislumbraban en el mundo, y de ella salió una estructura de poder fascista y enemiga de su propio pueblo. 

Ahí no terminaron los tormentos de Alejandro. Cuando esa estructura decidió que su tarea no debía limitarse a matar en el Rif y someterlo, la emprendió contra la República y sus anhelos de emancipación social y contra quienes luchaban por librarse del yugo español. Todavía joven para luchar, Alejandro fue movilizado de nuevo. Tras la derrota del ejército vasco, sufrió dos años de trabajos forzados, y el resto de su vida fue la de un obrero miserable hasta su muerte en 1956: traumatizado, humillado y siempre resistiéndose a la asimilación cultural y al desclasamiento. 

Esa España colonial, cruel y déspota, arrasadora de trabajadores y de pueblos, aplastó primero el anhelo emancipador del pueblo amazigh en el Rif; después hizo lo mismo con los trabajadores de su propio Estado y arrasó también Euskal Herria. Y cuando creyó haber acabado, entre otros con los pueblos vasco y rifeño, las clases dominantes de uno y otro lado del Estrecho consolidaron, porque así lo exigían los intereses de dominación capitalista, los Estados español y marroquí y, con ellos, su orden social. 

No deberíamos leer la actualidad solo desde nuestro rechazo a la idea misma de España, como si ese rechazo nos obligara a reconocer a Marruecos algún supuesto derecho sobre Ceuta y Melilla. Antes de la creación del Marruecos poscolonial y sus contradicciones actuales con lo que hoy es el Estado español, los pueblos, sus trabajadores y sus luchas ya existían. Los Alejandros de todos los tiempos y pueblos nos dan buenas razones para explicar las luchas de hoy. Así pues, no son nuestras ni Ceuta ni Melilla, ni Marruecos ni España: nuestra lucha es por sus alejandros: los pueblos minorizados y sus trabajadores. 

Somos lo que fueron nuestros antepasados y en cierta manera estamos en deuda con ellos. Si hoy estamos aquí, es porque ellos existieron y porque ellos lucharon. Sin ese asidero con el pasado, nos convertimos en una ameba ideológica muy vulnerable. 

Los mismos Borbones, el mismo capital, y el mismo sentido pútrido de España y de Marruecos, sinónimos de miseria y decadencia, tratan hoy de someter a los Alejandros de nuestro tiempo, sean vascos, españoles, rifenos o de dónde sean. Nuestro mejor homenaje a Alejandro y a tantos otros como él, es contar sus vidas y que éstas sirvan de ejemplo para que las nuevas generaciones, tan sibilinamente asimiladas por el orden social español, proyecten su futuro comprendiendo su pasado. 

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