Sociólogo
Los perros del imperio

Tras el auge del neoliberalismo en la era de la globalización, el papel del Estado se ha limitado considerablemente, sirviéndose como institución vigilante y vigilada al servicio de oligopolios y poderes fácticos

13/08/2020

En los últimos años estamos presenciando que los movimientos soberanistas en Europa están alcanzando un ingente apoyo del tejido social, viéndose materializado en el resultado de las diversas elecciones que se han celebrado hasta hoy; desde la victoria del Sinn Féin en Irlanda, aupado por la desafección política de los jóvenes con el obsoleto modelo bipartidista que regenta el país desde la fundación del Estado, el apoyo plebiscitario al Partido Nacional Escocés que ya plantea la formulación de un nuevo referéndum de autodeterminación, hasta el ascenso de EH Bildu y BNG que tanto ha molestado tanto a la derecha como a la izquierda española, podríamos definir la hipótesis de que es posible que la nueva década quede marcada por la querencia de replantearse la relación Estado-nación. Y tras los ingentes intentos del Estado por detener al movimiento soberanista –como hemos visto en los últimos días–, diría que esta alternativa es hoy un gran elemento de contrapoder y la única alternativa.

Partiendo de una observación histórica, el Estado liberal construyó su existencia desde los valores comunitarios tradicionales con la intención de asimilar y reproducir un sentimiento patriótico único que serviría como elemento de cohesión entre la institución gubernamental y la sociedad civil, con el que el Estado legitimaría sus diferentes formas de dominación y violencia institucional. Sin embargo, la asimilación de un antiguo imperio convertido hoy en un Estado-nación «patriótico y fuerte» requería oprimir las características culturales, lingüísticas y consuetudinarias de cualquier región interna en sus fronteras porque suponían una amenaza para su legitimidad como estructura de poder, ya que todo sentimiento de pertenencia que no estuviera sujeto a los intereses del Estado podría generar ofensivas.

La construcción del patriotismo del Estado no se fundamentó a partir de la cultura y tradiciones, sino desde las herramientas imperiales bajo una represiva supraestructura con un apelativo, ejército, himno y bandera que impuso un único sentimiento a través de una única nación –sin realmente serlo–, con el objetivo de justificar cualquier tipo de violencia hacia las características culturales de las naciones colindantes. La monarquía y sus cuerpos y fuerzas armadas tienen hoy ese papel fundamental en la supraestructura española contra la cultura y tradiciones de Euskal Herria, o el genocidio contra las comunidades indígenas de América, por ejemplo. Por ello, cualquier movimiento soberanista que ponga en tela de juicio la cuestión organizativa de un país, podría abrir en canal la funcionalidad del Estado, haciéndole perder el componente social que legitima el uso de su fuerza represiva.

En la actualidad, tras el auge del neoliberalismo en la era de la globalización, el papel del Estado se ha limitado considerablemente, sirviéndose como institución vigilante y vigilada al servicio de oligopolios y poderes fácticos, ajenos al alcance de la sociedad popular pero que tienen mayor poder que los electores en las decisiones del gobierno. El Estado neoliberal tiene la obligación de vigilar que los medios de producción sigan en las manos de la patronal para que el neoliberalismo pueda campar a sus anchas en el territorio, mientras que paradójicamente ejerce un intervencionismo muy limitado y controlado a través del Estado de Bienestar. Aún así, sigue sirviéndose como elemento pedagógico que reproduce el sentimiento patriótico único como forma de legitimar su violencia estructural. Los partidos que entran a formar parte de las limitadas decisiones del Estado se someten a doblegar la cerviz y a cumplir con el programa que los poderes fácticos dicten, sometiéndose a la capacidad de absorción que tienen dichos poderes y destruyendo cualquier intento de oposición interna. Arnaldo Otegi dijo en la comparecencia del sábado que su detención no fue una operación jurídica, sino de Estado, que carecía de fundamentos legales porque la operación se legitimó desde fundamentos de carácter político.

El Estado se sirve como institución dominante que desde la violencia ejerce la apropiación cultural de las naciones periféricas y reprime a quienes hablen en nombre de una patria que no sea la que represente al Estado. Decía una pintada de un mural en Errenteria que cuando los perros del imperio aún no sabían ladrar, nosotros ya éramos una nación.

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