Los sueños del Papa Francisco

A pesar de esta decepción, no sería justo calificar su exhortación como conservadora, aunque así haya sido en este aspecto. Francisco ha asumido los decisivos desafíos que la Amazonia plantea y que implican a las diferentes regiones de la tierra.

19/02/2020

Con cierto interés mediático, pero sobre todo con expectación en los ambientes cristianos, no solo de la Amazonía, sino de la Iglesia en general, se esperaba el documento del Papa Francisco sobre el pasado Sínodo (octubre de 2019) que acaba de hacerse público con el título ‘‘Querida Amazonía’’.

Los desafíos que contenían las propuestas de aquella asamblea habían suscitado expectativas de todo tipo. Un libro del conservador cardenal africano Robert Sarah, con supuesta firma –luego desmentida– del Papa dimisionario, Benedicto XVI, defendiendo el celibato de los sacerdotes, contra una propuesta del Sínodo de ordenación de hombre casados, había provocado alarma ante la posible superación de esa ley medieval.

Pero las líneas de aquel Sínodo iban mucho más allá y pedían no sólo cambios eclesiásticos para aquella emblemática región del mundo. Ante todo planteaban una profunda renovación que afectaba a la Iglesia entera y abría caminos de amplio alcance y consecuencias «escuchando el clamor de la tierra, el clamor de los pobres, de sus culturas colonizadas y anuladas; escucharlas y aprender de ellas… del pensamiento de los pueblos indígenas que ofrece una visión integradora de la realidad, que es capaz de comprender las múltiples conexiones existentes entre todo lo creado».

El Papa se ha tomado su tiempo para comunicar su posición en la exhortación apostólica ‘‘Querida Amazonía’’. El texto publicado va a suscitar muchos comentarios y reacciones. Para unos supone un retroceso, cediendo ante el sector conservador de la Iglesia, donde el Papa ha perdido una excelente ocasión y momento para abrir caminos de la necesaria renovación de una Iglesia estancada y para actualizar aquel, para muchos olvidado, concilio Vaticano II. Para otros ha triunfado la tradición que veían amenazada en una de sus leyes por ellos más valoradas: ministerio sacerdotal sólo para hombres célibes.

El Papa ha dado la razón a estos últimos en este punto. No ha tenido la audacia para iniciar un cambio cuyas consecuencias ha preferido, con calculada prudencia, no afrontar por ahora. Según su curiosa expresión: «No he sentido que el Espíritu Santo esté trabajando en eso ahora mismo».

A pesar de esta decepción, no sería justo calificar su exhortación como conservadora, aunque así haya sido en este aspecto. Francisco ha asumido los decisivos desafíos que la Amazonia plantea y que implican a las diferentes regiones de la tierra. Emulando a Martin Luther King («I have a dream», 1963), los ha expresado en cuatro grandes sueños:

«Sueño con una Amazonia que luche por los derechos de los más pobres, de los pueblos originarios, de los últimos, donde su voz sea escuchada y su dignidad sea promovida. Sueño con una Amazonia que preserve esa riqueza cultural que la destaca, donde brilla de modos tan diversos la belleza humana. Sueño con una Amazonia que custodie celosamente la abrumadora hermosura natural que la engalana, la vida desbordante que llena sus ríos y sus selvas. Sueño con comunidades cristianas capaces de entregarse y de encarnarse en la Amazonia, hasta el punto de regalar a la Iglesia nuevos rostros con rasgos amazónicos».

Y, al menos en este caso, no son solo sueños. El Papa, siguiendo al Sínodo amazónico, los concreta en «denuncia de la injusticia y crimen», «indignación», «grito profético», «lucha por la justicia». Es una apremiante llamada al «dialogo», al respeto del valor de todas las culturas, al encuentro intercultural, contra toda colonización, a una ecología integral. Estos «sueños» implican compromisos, luchas, solidaridad que afectan y comprometen a personas, pueblos, instituciones, gobiernos, estados. Su voz se ha alzado con contundencia por la justicia social, cultural, ecológica en la Amazonía, con resonancia mundial.

También comprometen decisivamente a la Iglesia en su implicación por la justicia, en su inculturación, en su espiritualidad, en sus ministerios, en sus estructuras, en el puesto de la mujer… A mi entender, se esperaba que Francisco hubiera abierto nuevos caminos en estos campos, como lo propuso el Sínodo. Pero no ha respondido a las expectativas creadas que no se limitaban a aumentar el número de sacerdotes con varones casados u ordenar diaconisas, sino a abandonar todo clericalismo y renovar unos ministerios al servicio de la comunidad, abiertos, sin desigualdades. Servidores, en última instancia, en una Iglesia pobre, inculturada, sinodal (que camina en común) para crear relaciones de fraternidad, luchar por la liberación contra las opresiones, defender la tierra, casa de todas y todos. El tema, una vez más, queda en suspenso, a pesar de su urgencia apremiante.

De todas formas y sobre todo, el documento del Papa Francisco es una profunda y exigente interpelación social, cultural, política para la ecojusticia integral en la Amazonía y en toda la tierra, también en nuestra Ama Lur.

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