Pablo Nabarro Lekanda

Momento atopía

En estos momentos de tensa incertidumbre, acrecentada por los recientes acontecimientos bélicos, la expansión ilimitada de la algoritmocracia reaccionaria, del desarrollo incontrolado de la IA, la angustia de la inmediatez y de un malsano individualismo creciente: ¿Ha lugar para las utopías?

Tenemos la tentación recurrente de describir este ciclo histórico e histérico como pesadilla distópica, negación absoluta de cualquiera de las utopías hasta ahora imaginadas. Es obvio que el futuro no ha sido el que soñábamos los utopistas hace 50 años (yo tenía 23). A día de hoy muchos y muchas jóvenes de esa edad ni siquiera se lo imaginan. No sueñan.

Últimamente me pregunto si no estaremos viviendo una atopía (a, «sin», y topos, «lugar»). Un «fuera de lugar» que representa lo inédito, lo extraño, una experiencia que rompe con los esquemas establecidos, fuera de la lógica y que trasgrede el orden establecido. Ese «sin lugar» es lo que le diferencia de la utopía, el «no-lugar ideal».

Buscando más contenidos sobre ese concepto hasta ahora desconocido para mí, he encontrado en la red un artículo del también desconocido filósofo y artista francés ya fallecido Jean-Noel Vuarnet titulado "Utopía y atopía". Un filósofo que, al igual que Sócrates, se le puede considerar un «atopos» dada su originalidad, su antidogmatismo y la crítica a la inmovilidad de las certezas.

Según él, existen los soñadores concretos que, a diferencia de los utopistas, solo sueñan una vez y con lugares (topos) universales y cerrados. Tampoco considera que todas las utopías son revolucionarias por sí mismas. Los utópicos son soñadores constantes, siembran sin cosechar, idealizan la revolución, pero no la garantizan y en cierto modo los critica. Los considera utopistas sistemáticos y los diferencia de los filósofos políticos. Así, mientras estos inventan y organizan nuevos sistemas, aquellos inventan nuevos valores.

Vuarnet reivindica la utopía puntual como «mantenimiento de un pluralismo sin síntesis, que impide saltar por encima o fuera de los problemas reales, resolverlos de una vez por todas. Esta utopía, política en ese sentido, escapa a todo pensamiento totalizador». Y concluye: «ya no se trata de soñar con un mundo cerrado cuyos habitantes estarían confinados en una reserva experimental ahistórica, sino de considerar el mundo real como ocasión para una crítica o un experimento: reserva de novedades inagotables. En la utopía viajera (atopía) los lugares no tienen sentido en sí mismos, lo que tiene sentido es el viaje y la errancia». Un viaje filosófico que permita la creación de nuevas ideas y ponga en cuestión las actuales certezas si es que existe alguna.

Sea incertidumbre, sea interregno gramsciano, sea utopía viajera... en la atopía, además de crear monstruos, también nacen genios, soñadores, utópicos sistémicos o puntuales, un escenario donde las personas que menos nos imaginamos –también entre nosotras –pueden crear cosas que hasta ahora nadie habría imaginado. Demos rienda suelta a la imaginacción dialéctica, a la filosofía política y apostemos por imaginarios de proximidad en el espacio y en el tiempo y no confundamos nuestros sueños con delirios quijotescos. Si no podemos llevar a cabo la República de Platón, construyamos la República Vasca de Arnaldo Otegi que también es filósofo, ¡qué carajo!

Hagámoslo desde la serenidad, sin ansiedad, con paciencia oriental, introduciendo en nuestras rutinas vitales y militantes momentos para la meditacción (meditación activa desde y para la acción), desde la solitud –soledad necesaria y deseada– y desde el silencio que nos abstraiga del ruido mediático tóxico. Una nueva humanidad para orden nuevo por llegar.

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