Víctor Moreno
Profesor

Monumento a la discordia

Carlistas y falangistas, al decidir la construcción del Monumento a los Caídos, no estuvieron de acuerdo en nada. Ni en el fin, ni cómo, ni dónde. Primero fue la oferta del cura Yzurdiaga, limitada a erigir un obelisco en la Plaza del Castillo. Segunda, la de Esparza, J. E. Uranga y Antonio Membibre, canónigo, a favor de la basílica de Eunate o Leyre. El canónigo añadía que «sería de todo punto necesario una comunidad de profesores dando lecciones de bachillerato a los hijos de nuestros Cruzados en un edificio ad hoc» (26.10.1940). Propuesta didáctica parecida a la del tripartito actual. En vez de un edificio ad hoc, resignificado. Querían un «edificio modesto» y «alejado del ruido de la ciudad». Tercera. Los carlistas replicaron que «ni Leyre, ni Eunate. Discrepamos de la idea y votamos en contra». ¿Razón? Porque «si nuestros mártires protagonizaron una gesta monumental, merecen un edificio monumental para honrar su memoria» (30.10.1940).

Al bendecirse los terrenos destinados al edificio, repitieron: «Será digno del esfuerzo que los hijos de este antiguo Reino hicieron en la Cruzada, porque si Navarra se siente orgullosa de ellos debe corresponder con algo que esté a la altura de aquel gigantesco sacrificio. Y así será el monumento» (16.8.1942).

El Ayuntamiento de 1943, al ver el proyecto del Colegio de Arquitectos, juzgó que «la obra proyectada era desproporcionada». Aconsejó estudiar la posibilidad de «construir un monumento menos suntuoso, pudiéndole dedicar un espacio en una de las parroquias a construir en el II Ensanche». Toda una ofensa.

Los únicos defensores de un Monumento ostentoso fueron los carlistas, sobresaliendo en esta apología Francisco López Sanz, director de "El Pensamiento", que firmaba como SAB y Lopezarra. Los golpistas de "Diario" y "Arriba España" nunca defendieron un edificio que fuese lo más parecido al actual mamotreto.

Sin la cabezonería carlista, no se habría construido. Fue «su» monumento. SAB no se cansó de airear dicha genealogía arquitectónica, ubicación y finalidad, exaltar a los requetés golpistas. Porque sin ellos, la «gesta de la Cruzada» no hubiera sido posible: «Es ese templo por el que rompimos lanzas cuando se pretendió con criterio asustadizo o entorpecedor que no se levantase, ese gigantesco monumento dedicado a la memoria de los que, como gigantes de Navarra, se condujeron en la epopeya más emocionante de nuestro tiempo» (18.6.1948).

Denunció la tibieza de sus correligionarios recordándoles que «cuando se alzaron voces y opiniones contrarias a la erección de dicho monumento, fuimos los únicos que lo defendimos secundando la idea de los que lo habían planeado y aprobado».

Argumentaba que «no se podía ser tacaño con los que generosamente sacrificaron el mejor tesoro que es la vida, por lo que sentimos una íntima satisfacción al ver que ese templo no podrá ser otra cosa que monumento a los mártires de la Cruzada y sede de los Caballeros de la Cruz que fueron sus compañeros y representan sus ideas y sentimientos» (5.11.1950). Miguel A. Astiz puso la guinda al pastel añadiendo: «Decían unos que su realización era perpetuar un motivo de disputa de guerra. Decían otros y tal vez lo sigan diciendo que fuera mejor emplear ese dinero que cuesta la basílica en obras sociales, de utilidad pública». Para Astiz, «la construcción del monumento a nuestros mártires era, también, una obra social, dando trabajo noble a muchos necesitados de él» (30.11.1950).

Añádase que Diputación pidió a Stolz que no pintase atributos franquistas o falangistas; solo enseñas propias del Carlismo. Así fue. En el monumento no hubo yugo, flechas, ni el águila de San Juan.

Con el tiempo, la indiferencia general hacia el monumento entró en coma beatífico. Miguel Javier Urmeneta, en 1965, propuso un «proyecto de reconversión», pretendiendo que los nombres de los muertos que figurasen en el monumento fueran de ambos bandos. La propuesta fue fagocitada por la lógica imperativa de la narrativa requeté de Víctor Eusa, chófer de Mola, y compañía. Y, como aviso para futuros navegantes, Diputación advirtió a esta primera hornada resignificadora conocida que «la simple incorporación de los nombres o restos de muertos en el campo adverso no es solución suficiente, ya que la iglesia-monumento está concebida desde su raíz en honor y recuerdo exclusivo de nuestras bases ideológicas y políticas».

En cuanto a la reiterada idea de dar al monumento un uso pedagógico, recuérdese que tal performance ya se contempló en el imaginario de las derechas, ofreciendo Eunate como necrópolis y cátedra. De hecho, con Barcina ya se organizó en su interior la «Semana de la Moda de Pamplona» para escándalo de los suyos.

Atribuir tanta influencia axiológica al sistema educativo, cuando este ha sido incapaz de frenar al actual fascismo, resulta de una ingenuidad impropia de quienes conocen muy bien la inutilidad de tal conductismo didáctico. Ni siquiera los libros de textos de historia actuales contemplan esos contenidos didácticos que se quieren transferir por ósmosis al monumento. La coartada de la didáctica nunca resolvió los problemas que ella no ha creado.

¿No estaremos dando excesiva importancia ética al conocimiento del pasado, pensando que su posible verdad nos hará libres? Porque, si esta verdad emocional nos revela que nuestros abuelos fueron «golpistas», ¿cómo soportarla? ¿Mintiéndonos? ¿Quién no lo haría por sus abuelos, que pasaron por la puerta falsa a la historia como héroes y mártires?

En cuanto a la tan mareada «resignificación», me recuerda la anécdota de aquel académico de la RAE, quien, al revisar el Diccionario de la Academia, subrayó la definición de «fornicar», anotando al margen: «mejor suprimir». El hombre consideraba que, al borrar la palabra del diccionario, el «pecado» desaparecería. ¿Por pura magia lingüística made in Franco? Nada raro. Ahora, tapan el monumento y creen que la palabra fascismo desaparecerá de él por ensalmo, como si se tratara de un exorcismo.

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