Sales Santos Vera y Julio Urdin Elizaga
Coautor de Comunidades sin Estado en la Montaña Vasca y autor de Encuesta etnográfica de la Villa de Uharte

Pasado y futuro de las comunidades de vida

La manipulación de los términos por medio de la gramática de cada idioma es una práctica de la experiencia que se vuelve ideología. A través de ella nos hace ver un mundo estructurado, procesado y reducido. Establece el lenguaje como sistema para poder vencer y mantener el poder. Quien manda, viene siendo aquel que determina el sentido de las palabras y, al hacerlo, refuerza su performatividad, consistente, básicamente, en la capacidad de las palabras y los textos no solo para describir una acción, sino de participar en su concretización material. No en vano, en este sentido George Lakoff, en "No pienses como un elefante" (referido al estadounidense símbolo del partido republicano), nos habla de los marcos «como estructuras mentales que conforman nuestro modo de ver el mundo», abusando de la elección de la palabra como instrumento de dicha visión. Lo cual debiera hacernos conscientes del hecho de que con cada concepto adoptado estaremos simple y llanamente proyectando una u otra práctica concreta. Debido a ello resulta tan importante, para el caso que nos trae, nos preguntemos sobre qué es una comunidad, primero, y una comunidad de vida, después.

Definir la comunidad, sin concretar más, daría para una tesis doctoral. La cotidianidad nos tiene acostumbrados a oír expresiones como «Comunidad Internacional», «Comunidad Económica Europea», «Comunidades Autónomas», «comunidad de propietarios», etcétera. En sus acepciones más técnicas, las diferentes versiones de la sociología, hablan de comunidades religiosa, científica, filosófica… Están, también, las «comunidades imaginadas», gobernadas por la filosófica intencionalidad (contempladas por D. R. Hofstadter por su capacidad de contener creencias, deseos y temores) como puedan ser la nación, la raza, el género o la clase. Y, por último, las más recientes, denominadas bajo el epígrafe de «comunidades virtuales» vertebradas en torno al «software libre». Esas pretendidas comunidades últimas cuentan, como rasgo común, con individuos que en su gran mayoría no se conocen entre sí y derivan de él un supuesto interés colectivo.

Aun siendo reales en su virtualidad, sin embargo, constituyen la antítesis de las denominadas comunidades reales: el conjunto social orgánico y originario opuesto a la sociedad tal y como las describiera Tönnies. Las ciencias sociales, particularmente la sociología, abordaron la discusión acerca de la comunidad desde la interacción social. Tanto Durkheim como Tönnies entendieron la comunidad como una forma orgánica de existencia común y duradera de la sociedad, sostenida por la tradición o, en el primero de ellos, la solidaridad orgánica. Desde la perspectiva de Weber la comunidad moderna, no obstante, es el medio por el cual se realizan los fines compartidos como resultado de una acción racional. La Comunidad, finalmente, habrá de ser curiosamente concretada por Jesús López Girón, en un Diccionario temático de antropología editado por el antropólogo de origen navarro Ángel Aguirre Baztán, como: «Agrupación de individuos, de efectivos generalmente reducidos, distinta y estable, cuyos miembros comparten ciertos caracteres específicos, así como unas determinadas funciones sociales, distintas, con respecto a otros».

Por tanto, la comunidad habrá de definirse en la interacción, la cual va cambiando de acuerdo al grado de racionalidad y modernidad de la sociedad, determinando a partir de sí toda categoría explicativa de los procesos de evolución social.


Visto lo cual, habrá de ser dentro de las comunidades reales donde situemos las comunidades de vida y bienes, representadas por aquéllas primitivas, rurales y precapitalistas. Un sistema donde los seres humanos, las plantas y animales, el agua, el aire y la tierra, se encuentran intrincadamente interrelacionados, dependiendo unos de los otros en imprescindible interacción cosmogónica. En nuestros territorios, sobre todo en la montaña vasca, aún quedan rescoldos, a la espera de que un soplo prenda la llama que los reanime. Lumbres que adoptan la forma en palabras como auzolan, artelan y batzarre. Ejemplos palmarios de un hacer comunitario y del cómo, también, tradicionalmente y a futuro, su uso lograra transmutar «las palabras del poder en el poder de las palabras».

Junto a estas expresiones, ha sido la Casa/Etxea, hasta la desaparición de esta como comunidad de vida y, sobre todo, de bienes, un ejemplo de Comunidad de Vida, mientras que una fábrica es una asociación que puede organizarse como una cooperativa o colectivizarse. La tierra, por otra parte, puede ser de propiedad privada, comunal, autogestionada por los vecinos, colectivizada por el estado o por los propios usufructuarios, lo que en modo alguno implica la forma interesada en que se asocia lo comunal a lo instituido como dominio público bien sea estatal, autonómico o municipal.

La diferencia esencial entre la colectividad y la comunidad radica en que, en la primera, no hay un «nosotros», porque tampoco hay un «Tú». Puesto que el Yo y el Tú no existen el uno sin el otro, de modo aislado, sino que lo son siempre dentro de la dinámica particular del Nosotros, tal y como remarcara Martin Buber, añadiendo el «Ello»:

«La vida comunitaria del ser humano no puede, como tampoco el ser humano, renunciar al mundo del Ello, sobre el cual planea la presencia del Tú como el espíritu sobre las aguas. La voluntad de aprovechamiento y la voluntad de poder del ser humano actúan de forma natural y legítima en tanto que van ligadas a la humana voluntad relacional y sostenidas por ella […] Las estructuras de la vida humana comunitaria adquieren su vida a partir de la abundancia de la capacidad relacional que poseen sus miembros, y su forma auténtica a partir del vínculo de esta fuerza en el espíritu».

Las comunidades de vida no pueden desarrollarse sin una vinculación real con un superior «Todos y todo» constituyente de «la Comunidad de comunidades».

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