Txema García
Periodista y escritor

«Periodismo de investigación» o el nuevo negocio de la verdad

Al periodista que investiga se le aplaude... siempre que no moleste. Se le premia... mientras no señale a los más poderosos. Se le nombra como especie valiente y necesaria, aunque todo el ecosistema esté diseñado para extinguirlo. En esta época de escándalos diarios, titulares manoseados y denuncias a la carta, el periodista que investiga −el de verdad, el que incomoda, el que no sabe callarse cuando conviene− ha desaparecido del relato oficial. No porque haya dejado de existir, sino porque ya no cabe en el encuadre.

Lo han sustituido por otra criatura más dócil, más productiva y sobre todo más útil: el periodista de la primicia filtrada. Un profesional sin escrúpulos. Que publica lo que le llega, lo que conviene, lo que otros le permiten saber. Un periodista con acceso, pero sin autonomía. Con altavoz, pero sin voz.

Y así, mientras los poderes ensayan nuevas formas de blindarse, y los medios practican la coreografía del escándalo bajo la atenta mirada del clic, el periodismo de investigación −el que exigía zapatos gastados y cuadernos sucios− ha sido desalojado del centro mismo del oficio. Exiliado a blogs con poco tráfico, a redacciones precarias o, simplemente, al silencio.

Llaman «investigación» a lo que no es más que «puesta en escena». Lo estamos viendo en el caso «Koldo», en el de «Ábalos», en el de «Santos Cerdán» y en la recua de los que les precedieron y en la de los que, a buen seguro, vendrán. Una filtración interesada, una primicia cocinada en los pasillos de alguno de los muchos poderes que trafican entre sí, y una supuesta redacción que mastica y publica sin digerir. El periodista no busca, recibe. No pregunta, transcribe. La verdad viene empaquetada, con título incluido. La noticia ya no se descubre: se reparte como un comunicado con destinatario preferente. Y así, se confunde a conciencia la denuncia con la entrega planificada, y el público aplaude pensando que asiste a una exclusiva, cuando en realidad presencia un acto más del gran teatro del Poder.

Investigar es demorarse, incomodar, resistirse a la agenda. Pero en la redacción del presente manda el ritmo del clic: lo rápido vence a lo riguroso, lo viral suplanta lo veraz. El periodista que quiere seguir la pista del dinero, hurgar en papeles, contrastar fuentes y escarbar donde el sistema no quiere que se escarbe, es una figura incómoda. Molesta. Sale cara. Desentona.

No caben los tiempos largos, ni las hipótesis arriesgadas, ni los silencios necesarios. Porque investigar, hoy, no cotiza. Y sin financiación, sin respaldo legal, sin redes colaborativas, el periodista que insiste en hacerlo se queda solo, sin micrófono ni salario. Apenas con una libreta medio llena y una sospecha cada vez más certera de que nadie quiere escuchar.

El verdadero periodismo de investigación no tiene cabida en las portadas coreografiadas. Y no es, ni de lejos, lo que hacen "Ok Diario", ni "Vozpópuli", ni "El Confidencial", ni "Libertad Digital", ni "El Español", pero tampoco, por ejemplo, "El País", "La Vanguardia", "El Correo", "Diario Vasco"... por mucho que quieran dárselas de prensa independiente.

El verdadero periodismo de investigación, vive, mejor dicho, malvive, en los márgenes, a veces en periódicos marginales, en fanzines, en blogs discretos o en medios asfixiados. Y cuando aparece, lo hace sin que ninguno de todos los anteriores se haga eco de ello y comience a tirar de los hilos. Al revés, esconden esas informaciones para proteger a sus propios valedores.

Porque señalar al poder sigue siendo un acto subversivo. Pero hoy esa subversión no la protege nadie. Ni los medios de comunicación, que firman convenios con quienes deberían vigilar, o se dejan subvencionar por ellos. Ni los partidos que incluso se dicen progresistas, más preocupados en no incomodar a sus socios que en financiar e impulsar estructuras que descubran los cimientos podridos del sistema. Ni las facultades, que fabrican comunicadores multimedia pero no periodistas rebeldes.

Ya lo decíamos hace un tiempo y volvemos a insistir en ello. En las universidades, el Periodismo de Investigación es, por decir algo, una optativa tardía, casi una excentricidad académica. Como si el espíritu fiscalizador del oficio fuera un lujo, y no su esencia. Se enseñan técnicas de edición, redes sociales, storytelling... pero no cómo resistir una amenaza legal. No cómo construir una fuente. No cómo enfrentarse a un director que censura o a una empresa que quiere comprar tu silencio.

Y así, salen al mundo profesionales preparados para informar, pero no para molestar. Y sin molestia no hay investigación. Solo una sucesión de notas, de ruedas de prensa, de rumores elevados a noticia. Un periodismo de trámite, domesticado.

Y, sin embargo, sigue habiendo quienes resisten. Pocos, aislados, golpeados. Francotiradores informativos que, sin apenas medios, siguen mirando donde no se debe. Que escriben sabiendo que sus textos no abrirán noticieros. Que no aspiran al reconocimiento, sino a reconocerse en la valía de su profesión.

El Periodismo de Investigación, entonces, ya no es solo una especialidad. Es una forma de desobediencia, de vida incluso. Un acto de dignidad. Una conspiración contra el silencio impuesto por la comodidad y el miedo.

Muchos de estos «bombazos» que se venden como «periodismo de investigación, no tienen valor periodístico, pero sí bursátil. Sirven, en todo caso, para hundir reputaciones, levantar o retirar candidatos, mover encuestas o simplemente encender tertulias. Un negocio en toda regla. Y la búsqueda de la «verdad» se torna secundaria: lo importante es que el relato sea verosímil, que la indignación dure al menos dos días, y que el algoritmo haga el resto. Que luego se desmienta... bueno, eso ya no genera clics.

Estos «bombazos» no van contra los poderes ocultos, los fácticos, aquellos que se mueven en las sombras. Solo raspan la superficie de la podredumbre, pero su esencia permanece intacta.

El periodista idealizado como fiscal de la democracia convive hoy con su reverso: el vocero del interés filtrado. A menudo ni se da cuenta. Le llega el material, lo publica, se lo agradecen... y, al rato, otro sobre con más «materiales de derribo». Mientras, ese denominado «periodismo de investigación» se convierte en la coartada perfecta para lo que, en realidad, es un sistema de entregas con remitente pero sin firma.

Porque si hay algo que no vemos, es autocrítica. Nadie dice «nos comimos un bulo», «esto era una operación» (que se lo pregunten a un tal Ferreras, por ejemplo), o el tal manido: «publicamos por presión». Al contrario: se premia al reportero estrella de filtraciones, se multiplica el número de columnas incendiadas y se aplaude el «valor de informar» con una ingenuidad que da escalofríos o asco, según el día.

El periodismo de investigación ya no muere de censura: muere de hambre, de desdén y de un silencio perfectamente administrado. Le han tapiado las ventanas, le han soltado los perros y luego le han echado la culpa por no ladrar. Mientras tanto, los que aún lo ejercen son como mineros sin casco, excavando en la mina de un sistema que premia la obediencia y expulsa la sospecha.

Porque hoy, investigar es profanar el altar del consenso. Es romper la liturgia del titular complaciente. Es ensuciarse las manos donde todos prefieren guantes blancos. Y así, cada artículo riguroso se convierte en una herejía y cada dato verificado en un acto de rebelión.

La prensa, ese supuesto Cuarto Poder, ya no vigila: vigila que nadie mire demasiado. Pero aún hay quien afila la pluma, quien cava trincheras con teclado, quien escribe como quien lanza bengalas en medio de una noche informativa espesa, para que alguien vea −aunque sea por un instante− la magnitud del apagón.

Porque sin verdad incómoda, el relato se convierte en paisaje vacío, en árboles sin ramas. Y aunque todo parezca natural, ya nadie se pregunta que hay detrás del bosque y, sobre todo, quién dibujó el mapa. La verdad, en este escenario, es apenas un actor secundario con líneas prestadas. Y el periodista, cuando no es iluso, actúa de cómplice necesario en un drama donde el poder se disfraza de altavoz.

Luego está la opacidad de las fuentes cuando no se verifica el origen ni la motivación de la información publicada. Y también, acompañando todo este siniestro decorado, otros muchos mecanismos cada vez más recurrentes: a) la judicialización del periodismo: el uso de sumarios y escuchas en fase de instrucción como «scoop» mediático, sin contexto, ni contraste, ni responsabilidad ética. b) los periodistas como correas de transmisión del Poder, cuando el medio reproduce lo que conviene a ciertos sectores sin ejercer el más mínimo control editorial. c) la espectacularización de la denuncia: titulares escandalosos, piezas basadas en documentos anónimos y una narrativa adictiva que busca clics más que verdad. d) o la ausencia del trabajo de campo. e) o la falta de investigaciones sostenidas en el tiempo, contrastadas, con fuentes múltiples y documentos verificados.

Así que no nos vendan humo con olor a exclusiva. Lo que hoy muchos llaman «periodismo de investigación» no es más que la puesta en escena de un truco aprendido: mostrar el conejo sin que nadie mire la chistera. Y mientras los medios se pelean por ver quién tiene la filtración más jugosa, nadie pregunta quién mueve los hilos, ni para qué.

Igual ha llegado la hora de que nos tomemos esto en serio en lugar de solo mirar el espectáculo.


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