Javier Juanes
Profesor de la UPV/EHU

Póntela, pónsela

Después de milenios de esconder a la mirada de los demás los orificios de salida corporal, ahora se nos exhorta a cumplir diligentemente tapándonos también los orificios de entrada. Si incluimos los guantes, entonces se nos obliga a cubrir adecuadamente, en cercanía físico-social, tres de los cinco sentidos corporales. Solo se libran dos.

En algún momento de su pasado remoto el ser humano pasó de estar desnudo a cubrirse. Ese cambio fundante fue recogido en uno de los textos más antiguos de la tradición occidental. En el Génesis, primer capítulo de la Biblia, se relata cómo Adán y Eva sintieron vergüenza y tuvieron miedo (no sabemos si más miedo que vergüenza) cuando se vieron desnudos al abrir los ojos tras atreverse a conocer, a saber.

Un saber hacia afuera, conocimiento del mundo, pero sobre todo hacia dentro, un conocerse surgido de tener conciencia del otro, de los otros. Digamos que es el ser consciente del otro lo que nos hace ser (vernos a través de su mirada) y esa mirada, que nos ve desnudos, pone la base a la necesidad de cubrirnos. Un cubrirse que se concretó en tapar ciertas zonas del cuerpo, aquellas que expulsan partes del mismo (de nuestro yo): bien con telas en el caso del área ano-genital y del pecho lactante, bien con gafas oscuras en el caso de los ojos llorosos. Todo esto sería más una manera de definirnos, de definir un yo, que una reacción por pudor sexual. Al cubrirnos escondemos nuestra fragmentación y así nos construimos constituyéndonos en individuos.

Este ocultamiento se ha mantenido de manera casi universal hasta nuestros días integrado en un conjunto de reglas morales y convenciones sociales que se pueden considerar normalizadoras y normalizadas. Porque los seres humanos, seres sociales, somos en una sociedad-grupo y en un espacio-tiempo, inmersos en una cultura cuyas leyes y preceptos nos delimitan y definen determinando quién forma parte del grupo (el que cumple las normas, el prójimo, el compañero) y quién no (el salvaje, el extranjero).

Taparse los orificios expulsores es una obligación asumida e in-corporada en el nuevo credo humanista con vocación global que considera a los dioses tradicionales como un complemento estético (cuando el creyente está entretenido) o como un recurso tranquilizante (cuando se siente enfermo o angustiado) y que ha situado a cada uno, a sí mismo, a su cuerpo, en centro de adoración, en templo sagrado.

Esta visión corporalizante de lo sagrado nos revela lo importante de la vida (la misión, la vocación, el porqué y el para qué) en uno mismo, en su ser, en su naturaleza, en su existencia, en sus derechos (humanos). De tal manera que hoy en día no se le encuentra sentido a dar la vida por algo o alguien (un ideal, Dios...), sino que la propia vida es el sentido.

Así, la biopolítica, volcada en la protección de los cuerpos de los ciudadanos, se está convirtiendo en una prioridad universal de gobierno. Se antepone el mantenimiento obligatorio de la supervivencia de los ciudadanos a la decisión de entrega de la vida de cada uno, tal y como se ha revelado con la prohibición, en tiempos de confinamiento, de visitar, abrazar y besar a familiares terminales con covid-19. De ahí, el amor propio, el amor a la propia vida como primera ley, mandamiento obligatorio del nuevo código ético actual.

La nueva creencia, gestada en la modernidad, y pandémica en la época de la globalización, nos agrupa con normas universales que aceptamos como fieles solidarios y comprometidos con una humanidad mejor. Además, se presenta avalada por la razón lógica de los expertos técnicos sanitarios y está dirigida por unas autoridades, creyentes en un bienestar sin límites, que nos quieren proteger con un nuevo mandato transcendente: te taparás la nariz y la boca en presencia de otros y tocarás con guantes.

Cada ser humano-imperfecto podrá llegar a ser, entonces, más humano-perfecto si cumple abnegadamente la norma de taparse aquellos orificios que le exponen indefenso a males externos invasores y destructores que le castigan con dolor y muerte. Podremos tener consuelo y salvación si cumplimos y nos ponernos un escudo defensor de lo externo: la mascarilla. Un profiláctico que me protege, y te protege. Nos viste por necesidad y por obligación. Nos cierra más y nos constituye mejor. El mensaje es sencillo: los seres humanos llevamos mascarilla, los que llevamos mascarilla somos seres humanos.

Después de milenios de esconder a la mirada de los demás los orificios de salida corporal, ahora se nos exhorta a cumplir diligentemente tapándonos también los orificios de entrada. Si incluimos los guantes, entonces se nos obliga a cubrir adecuadamente, en cercanía físico-social, tres de los cinco sentidos corporales. Solo se libran dos.

En el estudio de los fenómenos físicos macroscópicos se utilizan dos modelos matemáticos, el modelo de partículas y el modelo de ondas. Uno, el de partículas, es materialista, con masa y dimensiones definidas. El otro, el de ondas, es un modelo inmaterial sin masa, sin localización definida. Pues bien, tapando la nariz, la boca, las manos, reduciremos el contacto material (modelo de partículas) y quedaremos abiertos al mundo a través de la vista y del oído, interactuando sólo con ondas inmateriales. Reducir el contacto con el mundo exterior a estos dos sentidos sería, entonces, avanzar en un proceso de desmaterialización y de purificación; de superación de imperfecciones materialistas y de progreso hacia un modelo ideal de angelización y desanimalización.

Esta di-visión, en la que las personas se encuentran tensionadas en una partición polarizada entre el cuerpo-animal y el alma-ángel, genera una disociación que no tiene solución en ningún punto de equilibrio y que habrá que gestionar como armonización oscilante de extremos. Pero no hay, no puede haber, síntesis. Cuantas más normas nos imponen en la vida real, menos normas admitimos en la vi(d)a de escape virtual. Así, en las redes sociales compensamos la normatividad creciente con un afán acrítico e ilimitado: cedemos nuestra privacidad irreflexiva y gratuitamente, nos mostrarnos y demandamos a los demás sin ningún recato y con la urgencia de lo efímero. A más norma moral en la vida real, menos en su espejo virtual. El lema es el mismo: se hace porque se puede, pero la interpretación es radicalmente distinta. En la vida real se hace porque la moral establece que está bien y en la virtual porque la tecnología lo permite.

Puede que la obligatoriedad de ponerse la mascarilla en la llamada nueva normalidad tenga a su favor la espontaneidad de los fenómenos fisicoquímicos de cobertura de superficies, pero tiene en contra la pulsión de realizar actos que la mascarilla pretende ocultar, tales como besarse, chuparse o morderse. Acciones que muchos adultos mayores consideran provocadoras, insolidarias y de mal gusto y que los jóvenes, aunque solo sea por llevar la contraria y, sobre todo, porque se sienten inmortales, seguirán realizando. La juventud en edad de procrear, aunque no lo busque conscientemente, está indefectiblemente atraída por el contacto entre cuerpos (tocar, sentir, desear, amar) aderezado con un apetitoso intercambio de fluidos (adhesivos que nos ligan y nos hacen uno). Aunque pueda parecer políticamente incorrecto, la mascarilla, y sus normas, no son de ese mundo.

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