Juan de Gaztelu

Por tantos... pero para tan pocos

Iniciado abril, la campaña de la renta ya está en marcha una vez más, y con ella, el sempiterno anuncio. No me refiero al de Hacienda Somos Todos, sino a ese de la proclama de «Por tantos». En él se afanan en mostrar la cara más amable de la iglesia católica. Para ello centran su imagen en la labor de las iniciativas sociales que lideran, donde el voluntariado es la columna vertebral. La ayuda desinteresada al prójimo es el mensaje que se empeñan en difundir para que cale en la mente de los contribuyentes y marquen la casilla de la iglesia en su declaración.

No obstante, detrás de esta campaña propagandística se esconde otra realidad más siniestra, la de una institución que solo piensa en el beneficio propio. Cuando hablan de la acción social de la iglesia, deberían explicarla en toda su amplitud. Si esta persiste, es gracias al esfuerzo denodado que hacen miles de voluntarios y voluntarias que forman la comunidad cristiana, pero no su jerarquía. Me explico.

En multitud de ocasiones la institución religiosa pone fin a proyectos solidarios que han venido desarrollándose durante años con relativo éxito y arraigo en la comunidad, porque la subvención que venían percibiendo de las instituciones públicas desaparece. Aun así, en numerosas ocasiones el personal voluntario muestra su compromiso con las diferentes causas y decide seguir adelante con los proyectos. Es en este punto donde la jerarquía eclesial muestra su verdadero rostro, negándose a ceder su infraestructura e instalaciones a proyectos consolidados, pero sin subvención. No deja de ser paradójico, pues pese a poseer la infraestructura material y humana necesarias se niega en rotundo a seguir.

De este modo queda patente que dentro de sus esquemas la solidaridad es sinónimo de negocio. A nadie debería sorprender, pues es una práctica que han llevado a cabo durante siglos, hablando en nombre de la caridad, que raramente han practicado, pero, sin embargo, sí que ha contribuido a engordar sus arcas.

Si quisieran ser realmente solidarios con el común de los mortales, deberían comenzar por pagar impuestos por el sin fin de propiedades, inmuebles y negocios que poseen, como hace el resto de la sociedad y que contribuye al sostenimiento del andamiaje público. Hablar de «por tantos», cuando uno es una casta privilegiada, no deja de ser una hipocresía de mal gusto que tiñe de vergüenza a ese voluntariado que día a día dobla su espalda para ayudar a los demás. O es que, ¿Sin subvenciones públicas que ningún voluntario o voluntaria percibe ni sabe dónde van a parar, no se puede seguir construyendo comunidad?

Como decía una vieja pintada a las puertas de la vieja universidad de Oñati: Eliza. Dena da dirua!


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