Olga Saratxaga Bouzas
Escritora

Próxima parada: Palestina libre

«No tengo lugar, y no tengo paisaje, yo, que no tengo patria. Con mis dedos hago el fuego y con mi corazón te canto. Las cuerdas de mi corazón lloran...».

En las últimas horas de poniente, bajo el cielo iluminado de esta ciudad moderna con escudo de lobos, y ojos habitando un puente, transito una especie de laberinto esculpido por la memoria de los pueblos. Me acompañan los pasos de las «Hijas de la Nakba»: mensajes fortaleza que descubren el alma de la resistencia y desbaratan un juicio occidental que relega a las mujeres palestinas a la inacción, cuando en realidad son transmisión de lucha por su libertad e identidad.

La razón, sobrecargada de latidos, apenas respira si no es porque los pulmones siguen su propia ruta sin tenerme demasiado en cuenta. Ante la barbarie sionista, la evidente negligencia de la comunidad internacional sigue en bucle de cinismo, afectando gravemente a la seguridad civil palestina. Con su irresponsabilidad, además de aumentar la cota de poder otorgada a ultranza a Israel en las primeras décadas del siglo XX, manifiesta su carencia de ética humanitaria. Mercadea, asimismo, con asistencia (in)eficaz, permitiendo matar incluso en la recogida de un saco de harina, ya que ha concedido al estado opresor carta blanca para obrar todo tipo de atrocidad continua en su objetivo de exterminio. Mientras sigo escribiendo en dirección oblicua, a falta de versos amables con los que llenar el universo y celebrar la victoria, aguardo una línea soterrada que me llevará de vuelta a lo cotidiano. De nuevo, a ese fluir espacio-tiempo al que pertenecemos: el aquí y ahora que debería ser en conciencia todos los allí donde prevalece la injusticia, para cohesionar estructuras de oposición en respuesta a cualquier contexto de crímenes de lesa humanidad.

Hora punta. Vagones de Metro Bilbao repletos de circunstancias personales. Voces que se confunden con megafonía anunciando próxima parada. Cuerpos que se dirigen a la superficie estimulados por el regreso al hogar. Fuera de convenciones sociales acatadas en mayor o menor grado de aquiescencia durante la jornada. Fuera del campo de guerra; a cobijo de misiles que, en el sonido estremecedor de la muerte, rasgan los sueños in aeternum.

Apelo a vocablos de una mujer joven con kufiya clásica al cuello. Su discurso es un canto revolucionario a los derechos humanos vulnerados por la invasión israelí. «¡Que se vayan!», deja en el aire ese punto y seguido determinante de continuidad feminista en la lucha nacional. Tres palabras pueden desnudar la hipocresía institucional sin necesidad de analizar sintaxis. La angustia, intersección de cada cicatriz provocada por un estado colonizador genocida, se debe mostrar libre de falsos adornos, sin equilibrios de escaparate entre la emoción y lo presumiblemente «correcto». La rabia es lícita. No hay por qué disimularla. Mera cuestión de dignidad. A su lado, Jaldía lleva kufiya del color de la sangre. Nadia ha elegido envolver la tarde-noche de esta cita vestida del mismo tono. Activistas convencidas de que el futuro está de nuestra parte, las tres convierten la tragedia en labor comunitaria. Hablan de infancia: salían a escondidas a

limpiar los rastros de sangre que los asesinatos sionistas dejaban esparcidos en las paredes de las casas, para que las madres de los jóvenes ejecutados no los vieran al amanecer; apilaban piedras en las esquinas de las fachadas para ser utilizadas al día siguiente frente a los ataques armados israelíes. En el documental de Estel-la Falastín ocho mujeres más nos cuentan un decálogo de vivencias extremas en el transcurso del último siglo de historia del pueblo palestino: resumido «vademécum» que evidencia la distorsión intencionada del relato oficial, porque el 7 de octubre no empezó nada.

Desde este rincón, consciente de mis privilegios, imagino un lugar de ocupación donde la serigrafía de las bombas al caer esconde los nombres mutilados que no conoceremos. La opacidad de contabilizar cadáveres despoja de humanidad el proceso de duelo individual. Un elemento más del daño colateral que subyace en el entramado bélico, donde cifrar cadáveres desarraiga de significante a las víctimas asesinadas. Alguien más despertará mañana sin cuerpo −ni siquiera muerto−, al que abrazar, en tanto que deambula hacia la luz cegada del escombro. Desafío la tristeza en la búsqueda de recuerdos infantiles que atesorar en la hemeroteca de la nueva Palestina. Algún que otro cuaderno, casi intacto; tal vez un mueble cayó encima y protegió los dibujos infantiles. Quizá asomen peluches, biberones con restos de lo que fue un blanco leche sobre la cuna de un recién nacido y nuevas criaturas puedan utilizar en su añoranza...

Sobre manera, distingo paisaje de pertenencia mutua, donde una bofetada adolescente, a cabello descubierto y manos vacías, resquebrajó los muros patriarcales del ejército israelí al arremeter contra uno de sus soldados armado. Ahed Tamimi tenía 15 años y suficientes arrestos con los que defender su tierra del invasor. La indumentaria militar no fue suficiente traba para que una niña se enfrentara a él y dejara huella en su «reputación» masculina.

Tan necesario es apoyar la causa palestina como enfatizar el papel activo de sus mujeres a lo largo de su aciaga trayectoria en pro de la vida. Está llegando la generación libre. A través de torturas, tras humillaciones y violaciones. Entre los restos orgánicos mezclados con el olor de la esperanza, la matanza dentro de los hospitales, las caligrafías perdidas de las escuelas, las mujeres palestinas siguen pariendo lucha en plena impunidad sionista. Alumbrarán, solidarias, los nuevos mimbres de la resistencia, «desde el río hasta el mar».

Llegando a destino, diviso un rasgo de horizonte, aunque sea noche cerrada. Son murmullos caminando la Intifada. También elijo resistir hasta la próxima parada, que será Palestina libre.

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