Parlamentario de EH Bildu
Romperse la cara por las víctimas

Quienes dan lecciones un día sí y otro también de superioridad ética guardan silencio ante los hechos que directamente les señalan. Urkullu nos habla de la doble vara de medir ante las violencias, porque efectivamente, emplea dicha vara con maestría.

07/07/2020

No es agradable, como si se tratara de tu ombligo, hablar de tu cara. Aunque sea una cara nueva. Aunque te la hayan roto, concretamente hace 25 años. Pero me animo a contarlo porque ejemplifica como proyectamos aquel pasado continuamente al presente. Y al futuro. Y porque Iñaki Soto me da pie a ello desde su artículo “Gu han geunden, eta ez da nostalgiarako arrazoirik”. Sí, estuve allí.

Hace 25 las calles estaban encendidas. Incluso incendiadas. Épocas de lazos azules y concentraciones de Euskal Herria Askatu. Habían aparecido los restos de Lasa y Zabala en una fosa en Bussot, Alacant, donde se les quiso hacer desaparecer en cal viva. Hombres al mando del nunca suficientemente laureado y condecorado narco-general de la Guardia Civil Rodríguez Galindo, los habían secuestrado, torturado y ejecutado años atrás. Repatriados sus cuerpos, la policía cargó en el aeropuerto de Hondarribia. En Tolosa en el cementerio la Ertzaintza se ensañó con sus familiares, en la calle con al resto. En la Paloma de la Paz, en Anoeta, concentración frente a frente. Tensión. Carga de la Ertzaintza. Gritos favorables de quienes se concentraban a convocatoria de Gesto por la Paz, jaleando la carga. Todo muy pacífico, democrático, éticamente irreprochable, por supuesto. Disparos, golpes, carreras.

Exámenes en la universidad. Una mochila repleta de libros de derecho laboral. Yo, como Izaskun, no estábamos para muchas carreras con aquel peso, por lo que solo acertamos a refugiarnos en un patio cercano... que resultó ser una ratonera. Nos cerró el paso la Brigada Móvil. Pelotazo a bocajarro en el brazo. Porrazos. Golpes reglamentarios con la culata de la bocacha, igualmente reglamentaria. Patadas en el suelo. Oía a Izaskun gritar, le romperían el brazo. Vecinos también gritando: ¡dejadle en paz! ¡Le vais a matar! Entonces, ya, balcones de dignidad. Pierdo el conocimiento. Ambulancia. Operación de urgencia, me esperan varios días de ingreso en el Hospital de Donostia. Parte de lesiones: múltiples contusiones en extremidades superiores, inferiores, tórax, espalda, parálisis facial, fractura con desplazamiento de tabique nasal y de pómulo. Literal, me han roto la cara.

Supe después que una pelota de goma había alcanzado a Rosa Zarra en el abdomen. Rosa, que como yo solo pretendía mostrar su solidaridad con las víctimas de terrorismo de Estado, moría días después. La versión oficial decía que por una infección masiva. Atutxa, responsable de la Ertzaintza, aseguró que aún sin recibir el pelotazo, Rosa Zarra hubiese muerto de forma inevitable. Una muerte natural. Toda una lección de asunción de responsabilidades.

Cambiemos los protagonistas. Pongamos que, en vez de ser un ertzaina, fuera un joven quien ataque (y mate) a una persona que muestra su solidaridad por las víctimas de ETA. Intuyan el escándalo, las rasgaduras de vestiduras, el volumen de las rotundas condenas sin paliativos, los masivos actos institucionales de repulsa.

Imaginen, incluso, que aquel parte de lesiones no es el de un joven (y rebelde) estudiante, sino el de una conocida fascista que viene a difundir su agenda igualmente fascista a un pueblo obrero de Bizkaia y haya recibido una presunta pedrada. O bien que la senadora sea abertzale que atestigua la detención arbitraria de los miembros de Herrira y un ertzaina le abra la cabeza, como sucedió en el caso de Amalur Mendizabal. Entenderán por qué en unos casos callan, en otro caso vociferan.

Porque esto no va de violencias, ni de víctimas. De igualdad en derechos de reconocimiento y reparación. De verdad y justicia. Esto va de imponer un relato, de establecer una agenda política por la que se demonizan unas expresiones de violencia, mientras se niegan otras. Porque esto va de sublimar responsabilidades ajenas, para ocultar las propias.

El de Rosa Zarra es un caso más que permanece en la impunidad, sin verdad, sin justicia. Olvidada por las instituciones en su doble rasero de total reconocimiento y reparación para algunas víctimas, y absoluto abandono y desprecio hacia otras. Una familia coraje que se ve obligada a seguir luchando para recibir un tratamiento de respeto por parte de las instituciones. Un caso por el que nadie adoptará responsabilidades, ni penales, ni disciplinarias... pero tampoco políticas.

Quienes dan lecciones un día sí y otro también de superioridad ética guardan silencio ante los hechos que directamente les señalan. Urkullu nos habla de la doble vara de medir ante las violencias, porque efectivamente, emplea dicha vara con maestría. Unas semanas después de la aparición de los documentos de la CIA, no le genera ninguna contradicción la responsabilidad de Felipe González, «X» del GAL y prohombre del partido con quien se sienta en el Consejo de Gobierno. El Día Internacional de la Tortura tuvo una gran oportunidad para recordar a las víctimas de la tortura, en especial a las 336 víctimas de la Ertzaintza, acogidas por el Informe de Tortura de Paco Etxeberria. Pero no lo hizo, a pesar de que debía conmemorarlo por decisión del Parlamento de Gasteiz. Prefiere desobedecer al Legislativo, que expresarse. Silencio atronador. Para otros casos, en fechas señaladas, en aniversarios redondos, Gogora organizará actos de memoria. No será para Rosa. Pondrán todos los recursos económicos, humanos, políticos, institucionales para conmemoraciones, días de memoria, actos de reparación de otras víctimas... no de aquellas que les interpelan directamente sobre sus responsabilidades.

En estos años he podido conocer a Xabier Irazusta, viudo de Rosa, padre de sus seis hijos e hijas. Y como no, a las familias de Joxi y Josean. Y otras muchas. Maddalen Iriarte y yo nos reunimos recientemente con varias víctimas del terrorismo de Estado. Nos trasladaron su enfado y frustración por el trato que reciben de las instituciones... y también su fuerza y determinación para seguir luchando contra la impunidad, por la verdad y la justicia. Un escándalo. Familias coraje, destrozadas, que tenemos que reparar. Tragedias que queremos atender, dignificar. Casos que se mantienen en la oscuridad, y que debemos sacar a la luz.

Me rompieron la cara por las víctimas del Estado. No recuerdo aquella nariz. La nueva, la que me acompaña estos últimos 25 años, no funciona igual. De vez en cuando la herida duele, se hace notar. Y cada día, esa cara ante el espejo me renueva el compromiso de reconocimiento y reparación para todas las víctimas.

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