Jonathan Martínez
Investigador en Comunicación

Sangre y dinero

El pasado miércoles, durante su encuentro con Benjamín Netanyahu en Tel Aviv, Joe Biden prometió cien millones de dólares en ayuda humanitaria para Palestina. Apenas unos días antes, Estados Unidos había empezado a abastecer a Israel con un urgente surtido de soldados, buques de guerra, portaaviones, todo lo que sea necesario para convertir la Franja de Gaza en un cementerio a cielo abierto. No sabemos cuánta pasta supondrá el desembarco, pero sabemos que Barak Obama firmó en 2016 un acuerdo que compromete 3.800 millones de dólares anuales en armamento para sus panas de Oriente Medio. Tiritas contra aviones de combate.

Cada vez es más difícil superar la plusmarca de dobles raseros, pero nadie podrá decir que la competición no está siendo ajustada. Hace ahora un año, Ursula von der Leyen aullaba contra la invasión rusa de Ucrania y denunciaba que los ataques sobre infraestructura civil solo pueden calificarse como crímenes de guerra. «Cortar a hombres, mujeres y niños el agua, la electricidad y la calefacción cuando está llegando el invierno es un acto de puro terror y así tenemos que llamarlo». El viernes pasado, Von der Leyen voló a Tel Aviv para respaldar que Netanyahu bombardee infraestructura civil y corte el agua, la electricidad y la calefacción cuando está llegando el invierno.

Hinchados de impecables estándares morales, hay políticos y periodistas que se han lanzado a la recolección de condenas, un deporte tan viejo como predecible donde lo único que cuenta es rasgarse con furor las vestiduras, darse puñetazos en el pecho, gritar siempre con más volumen y más lágrimas que el vecino, no sea que a uno lo acusen de tibieza o hasta de apostasía. El cazador de condenas se encarama a los más altos pedestales de la ética y nos alumbra en la oscuridad con su linterna en busca de las palabras oficiales, ¿condena usted el execrable y abominable terrorismo de Hamás? El haz de luz nos ciega y entrecerramos los ojos aturdidos, un signo inequívoco de nuestras simpatías terroristas.

He llegado a sentir lástima por nuestros gobernantes y sus alcahuetes de la prensa sobornada. Incluso el venerable Netanyahu ha empezado a darme cierta pena. Tiene que ser terrible dilapidar tantos millones en propaganda y comprar tantos titulares para después comprobar que las calles de medio mundo se abarrotan de solidaridad con Palestina. Qué cansancio prohibir en los estadios banderas que se multiplican como champiñones. Debe de ser extenuante jugar siempre la misma carta, yo no pulvericé ese hospital, yo no maté a esa periodista, debe ser agotador mover la bolita con la velocidad de un trilero para que después tanta gente se resista a que la tomen por gilipollas.

Me caigo de rendida admiración ante aquellos que consiguen sostener, contra toda evidencia, la simetría de los dos bandos que se enfrentan en igualdad de condiciones. Me fascina escuchar a aquellos que repiten sin un ápice de sonrojo sus estribillos de ocasión, palabras que brillan de tan manoseadas, ni los unos ni los otros, ni blanco ni negro, ni chicha ni limoná. Tiene un mérito incalculable equiparar todas las violencias cuando la balanza de muertos se hunde hasta el fondo de los infiernos en el lado palestino con una cantidad tan abultada de casquería humana que ilustraría con precisión las definiciones más sangrientas de la palabra genocidio.

Me pongo en pie y aplaudo a aquellos que conceden a Israel el derecho exclusivo a la legítima defensa. Los palestinos tienen, eso sí, el derecho a ser las víctimas perfectas, cabizbajas y piadosas, sin dar nunca una voz más alta que otra ni revolverse contra su propio destino, que es morir entre susurros, en lentos goteos de desatención humanitaria, en exhaustivos controles de carretera, en avasallamientos coloniales, una ráfaga de balas te vuela la sesera y nunca ocuparás una triste línea de ningún triste periódico europeo porque tu vida vale menos que una bolsa de basura en un vertedero y solo el último recurso de la fuerza te pone de nuevo ante el ojo de las cámaras y las conmiseraciones.

Leo que Netanyahu ha ordenado el cierre de Al Jazeera, la cadena donde trabajaba la reportera Shireen Abu Akleh antes de que el Ejército israelí la matara como a una alimaña en un campo de refugiados de Cisjordania. Leo también que sin electricidad será cada vez más difícil remitir información desde la Franja de Gaza. Si uno se para a pensarlo, solo encuentra ventajas, pues de esta forma cesará la cacofonía de datos contradictorios y podremos atender por fin a la única verdad que merece ser atendida, la de los ocupantes, dueños de todas las televisiones, suministro inextinguible de lemas simples y afilados que despejan nuestras dudas.

Aquí tienen ustedes a un leal defensor del apartheid y la limpieza étnica, no sea que algún portavoz del PP o algún embajador israelita me acuse de antisemitismo sin reparar en que los árabes son tan semitas como los judíos. Tengo que andar con pies de plomo, pues habrá quien retroceda hasta los tiempos de Auschwitz y Treblinka para responsabilizarme de las cámaras de gas y los hornos crematorios. Entonces ni siquiera mi nombre hebreo podrá salvarme, seré un decapitador de bebés, la mismísima reencarnación de Heinrich Himmler, igual que los centenares de judíos arrestados por pedir el fin de la invasión de Gaza en el Capitolio de los Estados Unidos.

Si la vida nos regaló un cuello con facultades rotatorias, es precisamente para poder mirar hacia otro lado cuando pinten bastos y no queramos comprometer nuestras conciencias. Al carajo las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU. A freír espárragos los Acuerdos de Oslo. Fuego a la Convención de Ginebra. Que se desplomen las bombas sobre Palestina mientras la clase dirigente se encoge de hombros y abrillanta las chequeras de la industria militar. Al fin y al cabo, la historia se ha escrito siempre con sangre y dinero. Unos ponen la sangre y otros nos roban el dinero.

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