Néstor Lertxundi

Sin Estado no hay libertad: por qué recuperar Nabarra lo cambia todo

En un artículo anterior defendíamos que Nabarra no es una utopía romántica ni un capricho identitario: es un Estado ocupado. Hoy vamos un paso más allá: ¿por qué es urgente recuperar el Estado de Nabarra?

Muy sencillo: porque sin Estado no hay manera de estar en pie frente a los demás. Sin Estado no puedes ejercer el derecho a la sanidad, a la educación, a tu lengua, ni siquiera a tu forma de vida rural. Solo un Estado te permite dotarte de un ordenamiento jurídico propio, con leyes propias, y con una constitución redactada desde un proceso constituyente real, no delegado.

Y, sin embargo, cuando el coordinador general de EH Bildu afirma que Euskal Herria es una nación sin Estado, lo dice defendiendo al mismo tiempo un Estado plurinacional. ¿A qué Estado se refiere? ¿Al Estado español? ¿Al Estado francés? ¿O acaso a un futuro ente difuso, sin sustancia jurídica, sin historia, sin poder real? Si reconoces que somos una nación sin Estado, ¿por qué no defiendes que Nabarra es ese Estado? El único Estado propio que ha tenido el pueblo vasco históricamente y el cual le ha servido para «ser» y ejercer como sujeto soberano. El único Estado que nos permitió «estar» en pie de igualdad con el resto de Estados europeos. Negar a Nabarra como eje no es una postura neutral: es aceptar, por omisión, la lógica del conquistador.

Negar a Nabarra como eje no es una postura neutral: es aceptar, por omisión, la lógica del conquistador.

¿Por qué se empeñan entonces en meter a Nabarra en el «grupo» de «naciones sin Estado» y no en el de «naciones con Estado»? ¿Por qué esa manía de ponernos en el mismo carro de pueblos como Gales, Tirol del Sur, Flandes o Alsacia, que nunca han conformado un Estado moderno propio −con su hacienda, su parlamento, su moneda, su territorio bien definido− como sí hicimos los vascones? ¿Por qué no nos agrupan con Eslovenia, Croacia o Dinamarca, que también fueron pequeñas naciones con Estado propio y hoy siguen en pie?

¿Por qué siguen jugando a chica y no a grande? Porque ya se sabe que al mus, como en la vida misma, si juegas siempre a pequeña, pierdes.

Como escribí en el artículo publicado en NAIZ el miércoles 11 de junio: ¿qué ocurrirá si gana el no? A lo que ahora añado: ¿y qué ocurrirá si gana el sí?

Cuando se vea que los mismos «políticos» que promueven «el derecho a decidir» pondrán mil excusas y todo quedará en nada, como en Cataluña o Escocia. Llevamos siglos luchando vascos contra vascos: desde la conquista castellana de la Navarra marítima, hasta la ocupación de Alta Navarra, las matxinadas, la llamada «guerra de independencia» española, las carlistadas o la guerra del 36... Sin Estado, todo se repite. Sin Estado, todo lo que decidimos puede ser anulado.

El Estado de Nabarra es la herramienta para que podamos volver a regularnos según nuestras propias claves: desde el derecho consuetudinario de los batzarrak, hasta la protección del comunal, del entorno natural, y del derecho a la vida entendido no como mera supervivencia, sino como dignidad y cuidado mutuo.

Cuando se desactiva un Estado, no se elimina solo un escudo o una bandera. Se destruyen estructuras jurídicas propias, como las que protegían el uso comunal de la tierra, los derechos de las auzoak (las dueñas de casa) o la soberanía de las buenas villas. La colonización jurídica impone otra lengua, otra forma de habitar el territorio, otra relación con la naturaleza. En lugar de vecinos, te conviertes en administrado. En lugar de justicia propia, recibes leyes ajenas.

Solo un Estado propio puede reactivar ese mundo abolido. Y eso implica redactar una constitución propia. Pero no cualquier constitución, ni escrita por catedráticos, ni dictada por parlamentos colonizados. ¿Qué significa entonces un verdadero proceso constituyente? Significa que el pueblo no ratifica una constitución ajena, sino que la constituye directamente, desde sus propias formas de organización. En Nabarra, eso implica volver a poner en pie las batzarrak, donde el pueblo −organizado en auzoak, herrixkak y elizateak− delibera, acuerda y decide. No se trata de importar modelos escritos en despachos lejanos, sino de construir un orden legal vivo, ligado a la tierra, a las casas, al comunal y a la palabra dada.

Ese proceso constituyente no empieza con juristas, sino con vecinas y vecinos. Se fundamenta en la costumbre viva, en los pactos vecinales, en la capacidad de autogobierno que ha sido transmitida de generación en generación. Desde ahí, se puede redactar una constitución con lenguaje propio, sin copiar a nadie, sin pedir permiso. Una constitución que no impone, sino que reconoce y articula lo que el pueblo ya ejerce.

Porque en Nabarra, el sujeto constituyente no es el Parlamento, ni una élite letrada. Es el pueblo organizado. Y eso es lo que nos hace libres.

Ejerciendo el derecho natural, el proceso constituyente puede comenzar hoy mismo

Esta es la clave: la libertad no espera a que le den permiso. Se ejerce. Y se ejerce organizándose, deliberando, decidiendo. Porque sin Estado no hay libertad, y sin pueblo organizado no hay Estado.


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