Pedro A. Moreno

Sociedad –falsamente– polarizada

La falsa polarización de la sociedad europea es el mayor cáncer social que vive nuestro tiempo histórico y el mayor aliado del capitalismo

El mundo moderno se mueve más rápido que nuestras propias creencias o valores, lo que lleva a las élites neoliberales a generar confusión entre la sociedad y a zambullir a la misma en un mar de dudas donde las “nuevas creencias” impuestas, son profundamente beligerantes y no entienden de puntos intermedios, pese a que estas no cuestionan el principal motivo de nuestros males: el sistema capital-productivista. Por otro lado, es importante destacar que esta “polarización” de la sociedad, más intensamente, se vive en el ámbito de la gente politizada, ya que la inmensa masa de la sociedad no vertebra las conversaciones de sus eventos sociales en torno a analizar en profundidad los claros u oscuros de, por ejemplo, la ley trans, simplemente se posicionan «de oídas» dentro del actual contexto de polarización.

El contexto presente va de polos opuestos y de paquetes completos, donde si uno, por ejemplo, se encuadra dentro del progresismo, tiene que comprar todo aquello que defiende este espectro ideológico, por el contrario, si no eres progresista, directamente eres de ultraderecha o en su defecto rojipardo, pero ¡ojo! para la casta progresista los rojipardos también son fascistas.

El problema de este absurdo, es que tanto la ultraderecha neoliberal como el progresismo neoliberal, son parte de y defienden un mismo sistema: el neoliberal. Por lo que podemos argumentar, al hilo de esto y con todo lujo de detalles, que lo que nos venden es una «falsa polaridad». Ahora bien, no pretendo ponerme profundamente teórico, ni pedantemente filosófico, ya que soy consciente que a día de hoy la sociedad vive dentro de una polaridad, al igual, que reconoce, en una inmensa mayoría, los ejes de izquierda y derecha, como dos referentes ideológicos de cómo entender el mundo.

En los años veinte del siglo XXI, si no estás a favor del «feminismo» que se posiciona a favor de abolir los géneros y los sexos, eres un tránsfobo, de la misma manera, que para otros/as, si apoyas la libertad e igualdad de las personas trans o la importancia histórica de la lucha feminista eres un progre, ergo no existen los matices; o estás a favor del ecologismo mainstream progresista y de todo su relato actual o, por el contrario, reniegas radicalmente de la ecología y de la defensa del territorio, negando simultáneamente y de manera vehementemente, que el ser humano altere el medio natural con sus prácticas productivistas. Algo similar sucede con el relato sociológico que viene desde Estados Unidos y que defiende el partido demócrata y sus aliados empresariales como Soros, es decir, o estás a favor de las cuotas raciales y de la teoría sobre los sujetos «racializados» o eres un racista supremacista. Ahora bien, si criticas los males del neocolonialismo actual y comprendes, en paralelo, el papel opresor que ha jugado Europa y el conjunto de Occidente en los países del Sur, pasas a ser para muchos catalogado como un blanco acomplejado. En otro orden de cosas, pero intrínsecamente ligado con lo anterior, estar en contra de la OTAN implica estar a favor de los BRICS, es decir, criticar el neocolonialismo occidental y repudiar el mismo, debe hacerte ciego frente a los intereses económicos y de recursos naturales que tiene China o Rusia en el continente africano.

Matrix, el Mundo Feliz o 1984 de Orwell, todo a la vez y mezclado en un buen cóctel, parece ser la sociedad a la que nos dirigimos de manera irremediable a no ser que alguien ponga fin al desvarío teórico y filosófico en el que nos estamos sumergiendo sin una bombona de oxígeno que preserve nuestra supervivencia. Decía Machado, que «la verdad es la verdad dígala Agamenón o su porquero» y es que, defender con argumentos y mediante datos científicos que este modelo migratorio de masas es una locura demográfica no te hace de facto un fascista despiadado, más que nada, porque el contexto histórico no tiene nada que ver con los años treinta del pasado siglo XX, de hecho y tirando un poco de la Historia ficción, seguramente serían muchos los comunistas y anarquistas que se opondrían al actual modelo migratorio. Tampoco podemos considerar a Cristóbal Colón un fascista, será otra cosa, pero un fascista no era, simplemente, porque el fascismo no existía en el siglo XV. Este maldito presentismo que tiene su origen en el mundo estadounidense, es el que nos lleva a considerar al «hombre blanco» como el creador de todos los males y a dejar fuera de esta ecuación las tropelías que cometieron en un pasado cercano los imperialistas árabes -los primeros esclavistas en el África Subsahariana-, los turcos otomanos en los Balcanes o el papel que jugaron los hunos en el Este de Europa. Por otro lado, es cierto que el relato sobre los «no blancos» que ha surgido en Estados Unidos, tiene su sentido, si tenemos en cuenta que los blancos protestantes prácticamente aniquilaron a los pueblos autóctonos de América del Norte al igual que esclavizaron a cientos de miles de afroamericanos, para después, imponer una política de segregación. De todas formas, conviene no ser demagogos y entender que no todos los blancos han sido iguales en la Historia de Norteamérica; italianos e irlandeses, principalmente, por su condición de católicos y en el caso de los primeros por su menor blanquitud, han sido siempre considerados blancos de segunda. Ahora, no tiene nada que ver la Historia de Estados Unidos con la de Europa, ya que en Europa como antes mencionaba, se da la paradoja de que los «sujetos racializados» a ojos de la sociología estadounidense, han cometido invasiones, represión y demás ignominias que cometieron los blancos en otras partes del globo. Esto por no mencionar, lo que hicieron los japoneses en China en la Historia contemporánea o los aztecas en Mesoamérica en la época precolombina.

Estamos en un tiempo de cambios donde la izquierda europea deberá resurgir de sus cenizas y luchar para que Europa no se convierta en Estados Unidos, con todo lo negativo que esto implica. Esta nueva izquierda, que ha de ser nacional, no tendrá que dejarse llevar por mantras del pasado y caer en falsas dicotomías donde todo aquello que está en confrontación con la OTAN y Occidente es per se bueno. Me estoy refiriendo al papel que ha de jugar la izquierda europea respecto a Estados autoritarios y poco democráticos como el chino o el ruso. Este primero aparte de autoritario y poco democrático, es uno de los Estados más esquilmadores del medio natural y de sus recursos, poniendo por encima de la salud de los chinos y la resiliencia del entorno natural los intereses económicos.

Esta nueva izquierda, ha de ser radicalmente comunal y defensora de las culturas populares, dejando bien claro, que la nación y la comunidad son las etiquetas más inclusivas a las que nos podemos adherir como individuos, ya que, independientemente del color de piel, la orientación sexual o el género -o no género en su defecto-, estas dos etiquetas colectivas cobijan a cualquiera que así lo desee. Huyendo de los planes del capital que prefiere separarnos por cuestión de etnia, género u orientación sexual con el objetivo de que el capitalismo siga girando y solo nos quede el consumo como identidad colectiva a la que agarrarnos; los planes del capitalismo occidental pasan por construir en Europa lo mismo que existe en Estados Unidos, es decir, una sociedad multicultural y ultraneoliberal.

En último término, esa nueva izquierda europea deberá ser decrecentista de manera integral y es que, pese a lo impopular del término, el decrecimiento económico y demográfico de Europa, es una oportunidad para transitar hacia otro modelo de sociedad más justo que evite las migraciones forzosas, facilitando con este, el crecimiento sostenido y resiliente de las naciones del Sur y la preservación de las naciones europeas y su idiosincrasia. O decrecemos por las buenas o lo haremos por las malas y en ese proceso de desaceleración por las malas en las próximas décadas, nuestras sociedades habrán desaparecido tal y como las conocemos y la precariedad que ahora percibimos como sangrante, no será más que un aperitivo de lo que está por venir. Distópico futuro que se dará en el seno de un Estado policial donde seguramente el que cerrará las fronteras a cal y canto o aquellos policías y militares que las defenderán, serán personas «racializadas» que no querrán que sus antepasados entren en una Europa en la que sólo quedarán unas cuentas migajas y donde los ricos serán cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. De hecho, esto que menciono no es ninguna película fantástica, actualmente lo vemos en Estados Unidos y sin ir más lejos, la propia Harris, perdedora de los últimos comicios en este año 2024, ya dijo de endurecer las medidas contra la inmigración. Esto por no mencionar que fueron cientos de miles los afroamericanos, latinos o «racializados» que votaron por Trump. Por lo que dejémonos de falsas polarizaciones y enfrentémonos a la verdadera dicotomía que vive Europa en este siglo XXI o comunidad y nación o globalismo «multicultural»* y neoliberalismo salvaje.

“El futuro que intentan imponer las élites económicas en Europa, reposa sobre un «multiculturalismo» neoliberal que lo que verdaderamente representa, es una sociedad rota y segmentada por etnias, donde el mercado capitalista de consumo será el único vehículo «cohesionador» de la sociedad, por eso y frente a esto, seremos muchos y muchas las que levantaremos la voz para defender el futuro de nuestras naciones y las conquistas sociales que consiguieron nuestros antepasados».

Por la comunidad y la nación…

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