Francisco Santos Bera
Kintoko lurretatik

Sociedades políticamente democráticas pero socialmente fascistas

No oponernos con toda la contundencia necesaria a los capitalistas y sus proyectos con el argumento de que hay que agotar las vías democráticas o que pueda afectar a la creación o al mantenimiento de unos puestos de trabajo, nos hace colaboradores necesarios de destrucciones y masacres.

Democráticamente ha invadido Rusia a Ucrania y democráticamente ha entrado Ucrania en guerra. Democráticamente se explotan los recursos naturales que están modificando todos los organismos vivos, transformándolos en mercancías e impediendo su reproducción autónoma. Las propias personas, junto a los otros animales no humanos, se adaptan gradualmente a las necesidades de la expropiación total por parte de los monopolios de las tecno-ciencias. Esto provoca nuevas adecuaciones que devastan los pocos espacios de autonomía y naturaleza salvaje que nos quedan, tanto a los seres vivos como a los ecosistemas. El remolino sin fondo de la innovación reproduce el sistema de destrucción, provoca el agotamiento de todos los recursos, la contaminación irreversible de los diferentes ambientes que nos enferman y activa conflictos cada vez más violentos y sangrientos e impulsa genocidios impunes.
Nos señalan interesadamente un único culpable: el «cambio climático», ocultándonos que éste es una consecuencia de la sociedad industrial. A la velocidad con que se imponen los actuales mecanismos de explotación, se destruyen de manera irrecuperable lo poco que queda de vida y de hábitat indómito. Es necesario interrumpir la definitiva centralización planetaria de la dominación. De lo contrario, asistiremos en el futuro inmediato al desmoronamiento total e irreversible de toda hipótesis de vida autónoma y convivencia en libertad, debido al desarraigo y al despojo de los rasgos histórico-culturales propiamente dichos. En Euskal Herriak, nos referimos al euskara, las formas comunitarias e igualitarias de organización que aún perviven en el imaginario colectivo, etc... No hay alternativa democrática.
¿Quién no ve que la democracia tiene trampa? Está más que claro que sólo se fija en la igualdad de derechos políticos, asegurando –y no siempre– el derecho a votar. La desigualdad política fundamental se convirtió en pseudo-igualdad, en la llamada democracia. Sin embargo, la desigualdad social y la falta de reparto de la riqueza han posibilitado hasta hoy un mundo donde unos son explotadores y otros –la inmensa mayoría– somos los explotados. El garante de todo ello son el Estado y su monopolio de los poderes legislativo, ejecutivo y judicial. Este sistema se basa en dinámicas centralizadoras que anulan todo lo espontáneo, lo incontrolado, y aún más, toda resistencia que estiman peligrosa. No creemos en la ideología de la victimización según la cual el Estado tiene la culpa de todo. Los grandes imperios no se construyen sólo sobre la opresión, sino tambien sobre el consenso de la muchedumbre que aplaude a su dictador de turno.
¿De dónde nos viene el aprecio al trabajo? Observamos que la trama del Estado-capital hizo madurar una verdadera cultura en la clase obrera, un «orden del mundo» donde todo gira en torno al trabajo como instrumento y lugar de producción de todo lo indispensable para la vida humana, como centralidad de la vida, del conocimiento, de las relaciones interpersonales y de la relación de las personas con la Naturaleza, entendida ésta como espacio-objeto inagotable. Así se ha impuesto una «razón de ser» de la vida humana fragmentada en «tiempo de trabajo», «tiempo libre» y «tiempo de descanso». Nada escapa a la regulación del mundo por el trabajo, siempre y cuando responda a las necesidades coyunturales del Capital y del Estado. De tal forma, se reduce la totalidad de la vida a una única función que varía según los propios flujos de producción. Esta organización social ha penetrado tanto en el inconsciente colectivo y en la concepción de vida de las personas que ha logrado estructurar nuestra forma de pensar y de comportarnos. Ha conseguido poner todo el conocimiento universal al servicio de la domesticación humana, impidiéndonos incluso la posibilidad de pensar en otra forma de vivir al margen de la sociedad producto del trabajo.

No oponernos con toda la contundencia necesaria a los capitalistas y sus proyectos, como por ejemplo los que destruyen el medioambiente o a los fabricantes de armas –pongamos por caso el presidente de un equipo de fútbol vasco como la Real Sociedad– con el argumento de que hay que agotar las vías democráticas o que pueda afectar a la creación o al mantenimiento de unos puestos de trabajo, nos hace colaboradores necesarios de destrucciones y masacres. Y por cierto, no necesitamos actuar como defensoros de la «los oprimidos» o en nombre de alguna clase social. Se trata de luchar por nosotros mismos pues cada persona rebelde es un sujeto revolucionario en una revolución que siempre habla en primera persona para luego construir colectivamente un «nosotros» en busca de la autonomía.

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