Sorgiña: la raíz nabarra de un nombre demonizado
Para comprender el verdadero significado del nombre sorgiña, no basta con situarlo en el marco de la caza de brujas, porque el término y el oficio son muy anteriores a las persecuciones inquisitoriales.
En uskara, sorgin se relaciona con sortu –«nacer, engendrar, crear»– y designaba originalmente a la mujer que dominaba el arte de sanar, asistir a partos y mediar con el mundo natural.
La Inquisición no inventó esta figura: criminalizó una función ancestral de la cultura nabarra-vascona, reinterpretándola bajo el prisma de la herejía.
El contexto represivo explica la carga negativa que adquirió el término, pero no su significado originario.
El contexto político e histórico
Tras la muerte de Sancho III el Mayor, el Reino de Pamplona-Nabarra fue dividido por sus hijos: Fernando Sánchez en Castilla y Ramiro en Aragón.
Ramiro I, fundador de la dinastía aragonesa, fue el punto de partida de una línea monárquica que, con sus descendientes Sancho Ramírez y Pedro I, consolidó el modelo feudal.
Varias generaciones más tarde, Pedro II de Aragón heredaría esta evolución y la llevaría a su forma jurídica más explícita.
En un momento de gran expansión del catarismo en Occitania y bajo la mirada de Roma, Pedro II promulgó las Constituciones de Lérida (1197) y Gerona (1198), que ordenaban la confiscación de bienes y la hoguera para los herejes pertinaces.
Estas leyes no surgieron aisladas: reforzaban la tendencia creciente de la casa aragonesa hacia la ortodoxia romana.
Desde entonces, el reino aragonés se convirtió formalmente en hijo de la Iglesia.
Este sometimiento político y religioso fue el preludio de la imposición de la Inquisición y del modelo patriarcal romano en los territorios vecinos, incluida Nabarra.
El orden nabarro y las dueñas de las casas
En Nabarra, la religión era católica, pero no necesariamente romana ni apostólica, y la estructura social mantenía rasgos autóctonos.
Las etxeak (casas) eran la base política, económica y espiritual del país.
Cada casa tenía una buru-jabe —literalmente «cabeza propietaria»—, mujer que administraba la economía, la medicina, la espiritualidad y la vida comunal.
Estas mujeres eran las ugazabak, atsoak, sorgiñak, iruleak y otros oficios casi perdidos hoy, roles adaptados a las capacidades y al lugar de cada una en el orden comunal.
Eran figuras de alto estatus social, responsables de la continuidad del linaje y del equilibrio entre personas, tierra y comunidad (auzoa).
La transmisión de la casa seguía una norma matrilineal: a la muerte de la madre, la hija mayor heredaba la propiedad, siempre que cumpliese las condiciones y se uniese con un caballero del ejército nabarro, garantizando así la continuidad del linaje de la madre y dueñamde la casa "ABA, AMA".
En el Parlamento de Nabarra, el pueblo estaba representado por doce hombres y doce mujeres, además del estamento eclesiástico –el obispo de Pamplona y algunos clérigos–.
Esta estructura comunal, compartida y equilibrada entre sexos, resultaba incompatible con el feudalismo que Roma impulsaba en la Península.
La caza de las dueñas de las casas
Cuando el nuevo orden feudal-cristiano impuso su autoridad, la estructura comunal nabarra –femenina, autónoma y soberana– se convirtió en un obstáculo.
La llamada caza de brujas fue, en realidad, la caza de las dueñas de las casas.
Bajo la acusación de herejía o brujería se escondía una operación política: despojar a las mujeres nabarras de sus tierras, su conocimiento y su poder ancestral.
No se perseguía al demonio: se perseguía la organización matrilineal y comunal que sostenía la soberanía del país.
El cambio semántico refleja ese cambio político:
las buru-jabeak (cabezas de casa) pasaron a ser «brujas», y las sorgiñak, atsoak y ugazabak se transformaron en «enemigas de Dios».
El cristianismo feudal degradó así los símbolos del poder femenino y nabarro.
Raíces lingüísticas: bruja, buru-jabe, ugazaba
En la toponimia y morfología del euskara se conserva la raíz bur- / bru-, que significa «cabeza» o «principio».
De ella derivan formas como burutza (“jefatura”), buruntza (“corona”) o bruzagi (“jefa”).
En este mismo campo semántico se sitúa bruja (buruja), cuyo sentido original habría sido «cabeza», «dueña», «autoridad», y no «hechicera».
Del mismo modo, ugazaba –hoy entendida como «amo» o «dueño»– conserva huellas de una antigua filiación femenina:
ugatz significa «seno», y aba, «madre»; por tanto, ugazaba pudo significar originariamente «madre nodriza» o «la que nutre».
Estas voces –sorgiña, atso, ugazaba, buru-jabe– forman una red léxica que describe una sociedad matrilineal, donde la mujer era el eje vital, económico y espiritual.
Esto se ve también en abizena, donde aba es «madre» e izena «nombre», y en los términos de parentesco: arreba, osaba, izaba, amagiñarreba, etc.
Los reyes aragoneses –y en especial Pedro II– promulgaron ordenanzas antiheréticas con penas de hoguera.
La Inquisición formal y las persecuciones sistemáticas llegaron mucho después, sobre todo entre los siglos XV y XVI.
La sorgiña no fue una simple hechicera, sino la partera, la creadora, la mujer que daba vida y sostenía el orden comunal nabarro.
Sin sorgiñak no hay nacimientos: los niños nacerían muertos o mal, sin quien cuide del parto y de la madre.
Por eso, antes de ser temida, la sorgiña fue respetada: símbolo de un mundo donde la autoridad nacía de la casa, de la tierra y de la mujer.