Tolerancia hasta con los intolerantes
Empiezan los meses de la erre, la siesta ha sido larga, pues el tapeo y las conversaciones de barra andaluza lo propiciaban. Estamos en una de esas hermosas playas atlánticas, a la que todavía soñolientos nos dirigimos, cuando a la entrada de uno de esos caminos de tablones con barandilla de madera, que cruzan entre dunas de arena y lirios de playa, observamos un perrillo ratonero, blanco de cuerpo entero y cuya cara parece la de un pierrot: mitad negra y mitad blanca, que sentado, mira tranquilamente en lontananza hacia el final del sendero, le saludamos pero altanero y distante nos ignora por completo, pues tiene la mirada fija hacia el final del camino donde una figura humana se distingue frente a la rubia arena y el azulado mar. Seguimos nuestra entablada senda y justo cuando alcanzamos al humano caminante, este se vuelve en nuestra dirección. «Buenas tardes, nos parece que le espera allá alguien que se llamará Yin-Yan o algo así», le decimos. «También podría ser, pero nosotros le llamamos ’Pirata’», nos dice, añadiéndonos que efectivamente es perro viejo y sabedor de que todas las tardes hace el mismo recorrido, asomándose a la playa y volviéndose a continuación, lo cual le induce a ahorrarse la caminata esperando la vuelta de su humano compañero.
Allí es fácil entablar conversación y nos pregunta acerca de qué parte y de qué lado; yo ya soló, pues mi andarina pareja ha iniciado el rubio pisar hacia la ondulante orilla, le cuento al simpático lugareño que soy vasco y mi mujer soriana de un pueblo pequeño.«Hombre por aquí vienen muchos vascos», me dice. Y sigue indagando acerca de qué lado; «De Navarra», le contesto. «¡Cómo de Navarra! ¡Entonces usted no es vasco, es español!». «Bueeno… es que soy de la parte vasca de Navarra», le digo. «Bah», insiste: «¡usted es español!». Y mintiéndole, le digo con una picarona sonrisa que mi mente ha trazado en mi semblante: «Pero... ¡cómo voy a ser español si me apellido Iturri-berri-gorri-errota-goiko-etxea!». «¡Bah, pero eso no importa!». Y casi enfurecido me dice: «Mire, no sé si usted conocerá un libro que se llama ‘Amaya’». «Sí lo conozco, ‘Amaya o los vascos en el siglo VIII’, de Navarro Villoslada, fue uno de los primeros libros que me dio a leer mi madre cuando era mozo», le contesto. «Pues todo lo que dice ese libro es mentira, pura mentira, ¡usted, como navarro, es español!», me espeta con agrio semblante.
Mi sonrisa está a punto de desembocar en carcajada pero me aguanto y apoyando amigablemente la palma de mi mano en su hombro, le digo: ya conocerá usted también la canción esa de Gayarre: «Vasco-navarro soy, del valle del Roncal, donde la primavera, por vez primera vi florecer...», entonándola cual si fuera avezado tenor. «Bueno... hasta otro día, me voy rapidito, que ya puede ver usted que como no corra pierdo la mujer y el paseo».
Mis piernas se mueven al compás de mi cerebro: a paso ligero. Pienso en Voltaire cuando dice: «La paz es preferible a la verdad» y en Nietzsche, cuando hablando de la benevolencia dice: «esas manifestaciones de actitud amistosa en el trato, esa mirada sonriente, esos apretones de manos, ese contento... La bonhomía, la afabilidad, la cordialidad... han prestado una contribución mucho más poderosa a la edificación de la cultura que esas manifestaciones mucho más famosas del mismo que se llaman compasión, misericordia y abnegación».
Seguimos en septiembre y Andreu Buenafuente ha inaugurado su programa afeando esa forma grosera, agresiva e insultante que tienen algunos líderes políticos para intentar rebatir las afirmaciones de sus oponentes. El genocidio también sigue en Gaza y hasta les cortan el acceso a internet, quizás para que no puedan filmar sus atrocidades. Todo se encrespa, todo se polariza desmesuradamente. Y yo me acuerdo de la última estratagema de Schopenhauer para ganar los debates: «Cuando se advierte que el adversario es superior y uno no conseguirá llevar razón, personalícese, séase ofensivo, grosero... con el contendiente».
Tanto los patriotas fascistoides, como los genocidas israelitas, saben que no llevan razón. Por eso alzan la voz con proclamas altisonantes tipo: «no habrá Estado palestino; este lugar nos pertenece» o se dedican a recordar el cavado de fosas o mentar la moralidad de las madres ajenas. Pero así no vamos bien. La benevolencia en el trato y el aporte de razones nos salvan de la barbarie y nos llevan hacia la convivencia más pacífica. La prueba es que seis días más tarde me volví a encontrar con el lector de «Amaya...» y me saludó amabilísimo.
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