Activista de Ongi Etorri Errefuxiatuak
¿Un final feliz?

Los imperios mediáticos actuales, igual que esconden o magnifican noticias a demanda, fomentan este tipo de periodismo superficial.

11/06/2019

Hace tiempo que los valores, la humanidad de las personas que habitamos esta Europa marchita parecen funcionar exclusivamente al ritmo que nos marcan los medios de comunicación. No sólo porque ellos controlan qué nos muestran y qué no, sino porque con sus formas de presentar una noticia nos dirigen y manipulan exactamente hacia donde les marcan sus «dueños». Pasó hace años con Aylan, el niño sirio que amaneció muerto en una playa. La escena, cadáveres ahogados en una playa o en el mar, es, y ya entonces era, habitual. Los medios de comunicación lo sabían, pero la existencia de una foto, casualmente de un niño, lo convirtió en producto rentable y durante días removió levemente hasta las conciencias más abotargadas.

Hace unos días nos sorprendieron con la noticia del abandono de un niño en un carrito de bebé por su madre inmigrante. Por suerte, para los cazadores de basura morbosa, y para la madre, que de lo contrario habría sido demonizada hasta el infinito, el niño venía acompañado de una emotiva carta que prometía encoger hasta el más desalmado corazón. Y así fue. Por unas horas, el mundo entero pareció conmoverse con esa mujer desvalida, sin recursos.

Cualquiera puede imaginarse que como esa mujer hay miles en nuestro país y en toda Europa pero, una vez más, los periodistas tenían el «pack completo» para convertirlo en un producto rentable sin más, sin profundizar, sin empatizar, sin explicar las causas. Hasta tal punto esto es así que, para cerrar la noticia, escuché por televisión a una presentadora que decía literalmente: «Por suerte, todo ha tenido un final feliz», y me imaginé la sonrisa cómplice, aletargada y tranquila de miles o millones de televidentes confirmando la opinión que les ofrecían. Todo había tenido un final feliz.

¿Feliz para quién? ¿Para la madre, destrozada de dolor y detenida por un delito de abandono de menores? ¿Para el bebé, que pasa a ser custodiado por los servicios sociales? ¿Es esa su idea de felicidad? Un análisis periodístico profundo habría exigido resolver otros muchos interrogantes. ¿Cuál era la realidad de esa mujer? ¿Cuántas están en su misma situación y cuántas han abortado sin haberlo querido? ¿Cuáles son las razones que les mueven a venir aquí? ¿Qué deudas dejan en sus países para conseguirlo? ¿Por qué no consiguen un trabajo digno? ¿A cuántas las explotan en locales de prostitución o internas en casas sin ningún tipo de derechos?

Sin embargo, los imperios mediáticos actuales, igual que esconden o magnifican noticias a demanda, fomentan este tipo de periodismo superficial; periodismo «fast food» que oculta la verdadera esencia de la noticia, aliándose con la ignorancia y el conformismo de muchas personas, y manipulando sin disimulo el, para mí, trágico abandono de un niño por su madre hasta convertirlo en una buena noticia simplemente porque ese niño no ha muerto.

Es nuestro deber, por tanto, como sociedad madura investigar, preguntar y buscar, porque justo detrás de cada noticia existe un mundo. Ese mundo es precisamente el que deberíamos conocer y entender para, de esa forma, cultivar y fortalecer la humanidad que nos define y que parece haber entrado en letargo.

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